15 ene. 2019

El día que Gillette traicionó a mi padre

Una semana después de dejar a mi viejo Serafín junto a sus padres y hermanos muertos, en la bóveda que tienen los Venegas en el cementerio Colón, viajé a Manicaragua para recoger sus pertenencias. Vivía con lo básico: tres o cuatro mudas de ropa, avíos de pesca, herramientas…
En su mesa de noche aún permanecía su fiel Sanyo (un enorme y viejo radio capaz de sintonizar emisoras de la Patagonia) y dos libros: Las nieves del Kilimanjaro El viejo y el mar. Por esas dos historias, Gregory Peck y Spencer Tracy siempre fueron sus actores preferidos.
En una de las gavetas del escaparate, dentro de una antigua caja de habanos, atesoraba varios paquetes de Gillette. Era 1993 y una Cuba incapaz de levantarse entre los escombros del muro de Berlín. Aun así, mi padre se las ingenió para que nunca le faltara sus cuchillas preferidas a la hora de afeitarse.
Cuando vi “Lo mejor que los hombres pueden ser”, el más reciente anuncio de Gillette, pensé en mi padre y en la decepción que se hubiera llevado. Me apena que la epidemia de corrección política, que amenaza con hacer del mundo algo muchísimo más aburrido de lo que ya es, lograra afeitar a un ícono. 
Una marca no es una ONG. No todos tenemos que defender (ni combatir) todo. No concibo a Gillette políticamente correcta. Es como si Hemingway se volviera feminista o se arrepintiera de haber cazado. Afortunadamente ya estoy viejo y me perderé ese futuro donde no habrá lugar para hombres como Harry Street, el viejo Santiago o mi padre.
—Lo maravilloso es que no duele —diría Serafín Venegas, como si tuviera Las nieves del Kilimanjaro entre las manos—. Así se sabe cuándo empieza.

10 ene. 2019

MENSAJE PARA NUESTROS AMIGOS VENEZOLANOS

En la Loma de Thoreau tampoco reconocemos el gobierno ilegítimo de Nicolás Maduro. Como cubanos libres, repudiamos el apoyo de la dictadura de nuestro país al régimen que ha empobrecido tanto a la rica Venezuela.
Estamos orgullosos de que República Dominicana, el país que nos devolvió todos los derechos que perdimos en Cuba, no reconociera al gobierno ilegítimo que se ha impuesto hoy en Caracas. Venezuela tendrá que agradecerle siempre ese gesto y toda la hospitalidad que ha tenido con su gente.
A todos los venezolanos que queremos, les enviamos un fuerte abrazo y nuestra solidaridad. Tarde o temprano volverá a florecer el araguaney de la libertad en su tierra. Entonces, haremos leña con el legado de oprobio del chavismo.

5 ene. 2019

El año que acabé como John Hurt

Los últimos días de 2018 me vi como John Hurt en la célebre escena de Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979). A mediados de diciembre empecé a sentir un pequeño ardor en la cintura. Luego apareció una pequeña mancha roja. Entonces el ardor ya era en un dolor punzante.
La culebrilla es una erupción de sarpullido causada por el mismo virus de la varicela-zóster. Después de atacar en la infancia, se mantiene hospedado en el cuerpo y espera a que tengamos más de 50 años para una contraofensiva. Mantuve a mi virus por 42 años. 
En el verano de 1976 conocí a Isabela de Sagua, un pueblo del norte de mi provincia al que alguna vez llamaron la Venecia de Cuba. Fui con mi primo Alahím, en un tren que primero pasaba entre lomas de sal y luego hundía sus ruedas en el mar para poder llegar hasta la estación de Concha.
A lo largo de la costa había una hilera de casas abandonadas y las fuimos recorriendo una a una, lanzándonos de cabeza desde sus muelles. Fue Alahím quien descubrió que tenía la espalda llena de ampollas. “¡Te picó tremenda aguamala!”, me dijo.
Después de contagiar a mi primo, regresé a Camarones con mucha fiebre. Mi peor recuerdo de la varicela, fue la tarde en que mi prima Lazarita (a quien también contagié) y yo empezamos a retozar y caímos encima de la sobrecama de yute del último cuarto. Esa ha sido la picazón más desesperante de mi vida.
No tengo constancia de que ningún guajiro de mi pueblo haya ido al hospital por una culebrilla. Me resistí a ser el primero, pero el domingo pasado no pude más. 
“Se dice que los dolores de la culebrilla son peores que los de parto”, dijo el médico mientras yo miraba a Diana con cara de héroe.
En el peor momento de la dolencia, me sentí aludido por unas declaraciones del presidente de mi país. “Mal nacidos por error en Cuba” nos llamó a todos los que nos oponemos, de una manera o de otra, al régimen opresivo e inoperante que él encabeza. 
Aunque no pueda probarlo científicamente, el mensaje de odio de Díaz-Canel acabó aliviándome tanto como el ketorolaco. El lugar donde nací y al que sigo perteneciendo es ya intangible. Nadie me lo puede quitar. Vivo en un país libre, donde me han devuelto todos los derechos que me quitaron en el mío.
Por eso pude volver a subirme en el tren que pasaba entre lomas de sal y hundía sus ruedas en el mar. Tengo todo lo que necesito para seguir viajando en él. Lo único diferente es mi cara. Más que al niño que fui, ahora me parezco a John Hurt en el momento en que estalla de dolor.

4 ene. 2019

Mosquiteros

Dormí toda mi infancia dentro de un mosquitero. La hora de dormir llegaba cuando mi abuela Atlántida empezaba a cerrar las enormes ventanas de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Solo dejaba abiertas las de la sala y la saleta. Cada habitación tenía dos postigos, por ellos respirábamos.
La cabecera de mi cama daba para el andén. Como vivíamos en la línea que comunica al centro de la isla con el puerto de Cienfuegos, pasaban largos trenes de carga durante toda la noche. Entonces el mosquitero se convertía en una pantalla de cine en la que se proyectaban las sombras de los vagones. 
Antes de irse a dormir, mi abuela Atlántida calculaba el trayecto de la luna. No le gustaba que entrara su luz por los postigos. Luego se aseguraba de que mi mosquitero estuviera bien metido entre el colchón y el bastidor. “Me da terror que un alacrán se meta y pique al niño”, decía mientras hacía su última ronda. 
Al final, me pasaba el dorso de su arrugada mano por la cara. Me encantaba sentir el roce de sus nudillos a través de la gasa. “Ya se durmió”, susurraba. Cuando daba la espalda, yo abría los ojos para ver su silueta irse. En ese momento, los 40 watts de su lamparita de noche era toda la luz que le quedaba al mundo.  
Jorge y Elia, los padres de Diana, están con nosotros en la Loma. Siempre que tenemos visita, María duerme en un colchón inflable junto a nosotros. Pero esta vez prefirió estrenar el sofá cama que hemos puesto en el mezzanine. La condición fue que lo hiciera dentro de un mosquitero.
Mientras ponía los clavos, recordé la pantalla de cine en la que se proyectaban las sombras de los vagones. Luego busqué a la luna por las ventanas y calculé su tránsito. Nunca hemos encontrado un alacrán dentro de la casa. Aun así, me aseguré de que el mosquitero estuviera bien metido entre el colchón y el bastidor.

31 dic. 2018

Mal nacida

Miguel Díaz-Canel Bermúdez es un hombre de pocas palabras. No es que hable poco, es que su vocabulario es muy básico. Uno de sus últimos tuits prueba su rudimentaria relación con el idioma y su verdadera naturaleza. A las 10:30 de la mañana del 30 de diciembre, el presidente cubano escribió: 
“Vimos en familia la película «Inocencia», de Alejandro Gil, un capítulo muy doloroso de nuestra historia. No olvidemos jamás que así como abundan los héroes, no faltan los mal nacidos por error en #Cuba, que pueden ser peores que el enemigo que la ataca. Viva siempre #CubaLibre!”.
Le he pedido al corrector de Word que omita los errores para poder citar textualmente. Desde que Díaz-Canel activó su cuenta en Twitter (@DiazCanelB), el pasado 10 de octubre, ha publicado 295 post. La mayoría de ellos parecen contenidos hechos para una estrategia de comunicaciones.
Como está al frente de una nación inviable y en ruinas, casi siempre mira hacia atrás o hacia delante. Se refiere a las glorias del pasado o a las promesas del futuro. Da clases de historia o hace ejercicios de prestidigitación. El presente se pasa por alto o se adorna con algún que otro eufemismo.  
A las 10:30 de la mañana del 30 de diciembre, sin embargo, el subconsciente y la punta de los dedos traicionaron al presidente cubano. Aunque sus asesores le han recomendado compartir contenidos “cálidos, humanos, creativos…”, se le salió el odio que lleva por dentro y lo reprodujo textualmente. 
“Mal nacidos por error en #Cuba”. Elijo esos 30 caracteres (con espacios) para resumir mi vínculo con la revolución. Aunque fue un embarazo de muchos y un parto celebrado por tantos, acabó traicionando a la mayoría. Desde entonces, nadie ha desilusionado, dividido y empobrecido más a los cubanos. 
Mañana, 1 de enero de 2019, cumplirá 60 años y en Cuba no habrá ni pan para recordar el día en que mal nació.

29 dic. 2018

Nuestros propósitos para 2019

Diana no tiene tiroides y yo tengo Trastorno Obsesivo Compulsivo de la Personalidad. Somos una tormenta perfecta. Hasta el más optimista hubiera apostado que en menos de tres años lograríamos destruirlo todo. Siete años después, sin embargo, seguimos construyendo.
A los pocos meses de habernos conocido le diagnosticaron cáncer. Las semanas que nos pasamos en Coral Gables, previas a la operación, debieron ser dramáticas y tensas. Pero, vistas en la distancia, acabaron siendo una singular luna de miel.  Una larga cicatriz en su cuello nos la recordará para siempre. 
“Miami”, la canción de Calamaro, resume muy bien aquellos días: “Vivo el mejor tiempo de mi vida,/ transformaste mi pena en poesía,/ ahora puedo lo que no podía,/ y también quiero eso que no quería./ Gracias por tu confianza/ y por tu inteligencia/ por toda tu belleza, amor”.
Acabamos riéndonos de las cosas más serias y nos tomamos muy en serio todo, incluso las bromas. Como cualquier otra pareja, hemos tenido problemas, situaciones y discusiones difíciles, incluso graves.  Pero nada que el Synthroid o el Brugal Extra Viejo no pudieran remediar. 
Hace tres días que estamos solos en la Loma de Thoreau. Ayer en la tarde, un enorme arcoíris se armó sobre nuestras cabezas. Iba desde la otra orilla del Yaque hasta el Mogote. Salvo una breve visita que le hicimos a Mario Dávalos, hemos compartido el resto de nuestro tiempo con la neblina. 
Tenemos muchos propósitos para 2019. Comenzaremos a trabajar en ellos desde los primeros días de enero. Pero lo que más nos ilusiona es seguir disfrutando de la vida juntos. Sembrar lo que podamos cosechar y estar siempre atentos para que no nos perdamos ninguna de las maravillas que nos pasen por delante.
No hay mayor riqueza que tener tiempo suficiente para pararse debajo de un arcoíris y esperar a que la lluvia o la noche lo borren.

27 dic. 2018

Mami

Ya no recuerda mi nombre, aunque todos los días me besa como si lo estuviera diciendo. Su mundo sigue vivo, pero muchos años atrás, tantos, que yo todavía no he nacido. Esa es la razón por la que no sabe cómo llamarme ni aparezco en ninguna de sus conversaciones.
Habla muchísimo, todo el tiempo, pero con Papá (mi abuelo Aurelio), Mamá (mi abuela Atlántida), Cary, Titita y Aldo (sus hermanos). Hay momentos en que aparece Lucy (la sobrina mayor). A veces vive en el Paradero de Camarones, otras en San Fernando de Camarones, San Andrés o San Juan de los Yeras.
Todas esas casas fueron estaciones en las que mi abuelo llegó a ser nombrado como jefe y la familia tuvo que mudarse con él. Por eso ahora sus recuerdos están llenos de andenes, viajeros y trenes a punto de llegar o de irse. El reloj de nuestro comedor le sirve para mantenerse pendiente de los itinerarios.
Si hay flan, me pregunta si Papá ya comió. Si hacemos torrejas, las prueba, cierra los ojos y asegura que esas son las más ricas del mundo, porque nadie las sabe hacer como Mamá. Cuando le pongo delante un pedazo de tortilla de papas, mide su grosor: “¡Casi tres dedos y cocinadita por dentro, esa galleguita es la mejor!”. 
Durante mucho tiempo creí que era preferible estar muerto a seguir vivo con Alzheimer. Ahora no pienso igual. Yo no solo tengo los besos de mi madre. Gracias a ella, también me paso todo el día rodeado de mis abuelos, mis tíos y del mundo que ellos vivieron antes de que yo naciera. 
Todas las noches me pregunta cuándo me voy a pasar unos días con ella en Camarones. Ayer, después de darle muchos besos, le dije que ya estábamos en Camarones. Abrió los ojos, miró bien cada detalle de la casa y sonrió. “¡Es verdad! —Me dijo—. ¡Qué cabeza la mía!”.