9 nov. 2018

NELSON RODRÍGUEZ: He tenido una vida hermosa

Foto: © Diana Montero.
Una tarde de principios de los años 80, alguien subió al albergue de la Escuela Nacional de Arte, en Cubanacán, con la noticia de que una guagua nos estaba esperando para llevarnos a una proyección de Memorias del subdesarrollo. Cuando llegamos a la pequeña salita del ICAIC, nos esperaba Nelson Rodríguez.
Le hicimos muchísimas preguntas y él las respondió todas con una sencillez avasallante. Para mí, que en ese momento creía que iba a ser director de teatro, fue una gran lección ver cómo aquel individuo, que era considerado uno de los más grandes editores de cine en Latinoamérica, daba uso de lo simple, de lo directo.
En un momento del diálogo, contó cómo había resuelto la secuencia final de la película. Gutiérrez Alea no estaba conforme con lo que tenía filmado y ya estaba decidido a repetirlo. Nelson le pidió que lo dejara editar el material, como hacía Godard, en diferentes planos y con cambios de eje.
En una entrevista reciente, volvió a contar ese momento clave: “Al día siguiente lo vimos y Titón se entusiasmó: ‘Oye, está bueno esto, y mira, si le integramos planos de la crisis en las calles, los tanques de guerra, los militares en las trincheras, redondeamos la idea’. Y así fue y así se quedó la secuencia y no tuvo que filmar nada”, recordó.
Muchas veces, cuando no he encontrado un final convincente para un poema, un cuento o un reportaje, recuerdo a Nelson. “Usa diferentes planos y cambios de eje”, me digo. Nunca nos presentaron. Después de aquel día, jamás lo volví a ver en persona. Fue Facebook quien nos puso en contacto.
Una noche me dio un toque. Al respondérselo, le propuse esta conversación. “Sí, claro —me respondió—. Pero ahora no. Son las 7 de la noche. Voy a cenar y después veré películas”. Aun así, tres minutos después (Messenger no me dejaría mentir) le envié las preguntas.
“Me tomaré algún tiempo en contestarte —me respondió a la mañana siguiente—. El día 14 cumplo 80 años. Debes tener paciencia”. Esa misma tarde empecé a recibir las respuestas. 

Eres el editor de las dos obras cumbres del cine cubano, Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968) y Lucía (Humberto Solás, 1968). Se asegura que tus aportes en ambas fueron decisivos. Vistas desde hoy, ¿qué le debes a esas películas?
Vistas ahora, me han dado muchas satisfacciones. Ambas cintas, en copias restauradas, fueron exhibidas en recientemente en el Festival de Cannes. Con Memorias… fui invitado, junto a Daisy Granados, a Los Ángeles para el estreno de la copia restaurada en el Teatro de la Fundación Getty. 
Luego, en la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, nos entrevistaron a ambos para la memoria histórica y oral de la institución. Eso fue en marzo del 2017. Hace un par de meses presenté la copia restaurada de Lucía en el Coral Gables Art Cinema de Miami. En verdad fue un hermoso acto.
Ambas películas se filmaron y se editaron una detrás de la otra. A propósito de eso, Humberto resumió una vez lo que, según él, significó mi labor en ellas: “Nelson tuvo la sangre fría para editar Memorias… y la sangre caliente para editar Lucía”.

Tu labor en el cine cubano abarca cinco décadas. Teniendo en cuenta tanto conocimiento de causa, ¿cuáles son para ti el mejor y el peor momento de nuestra creación cinematográfica?
Los mejores años fueron los 60, por aquel impulso inicial, tan novedoso, que se produjo en nuestro país. Creo que hubo dos momentos fatales para la creación cinematográfica. Primero, el comienzo de los años 70. 
La famosa parametración que empezó por el teatro, luego pasó a la televisión, después a la universidad y finalmente a donde quiera que hubiera un artista. En el ICAIC no fue tan grave por una actitud muy inteligente de su director Alfredo Guevara.
El segundo fue los 90, por el llamado Periodo Especial. Prácticamente se paralizó la producción de películas por falta de recursos económicos. Para mí, en lo personal, el “caso Amada” significó un gran disgusto. Pero me olvidé del asunto y unos años después prácticamente abandoné el ICAIC. 
Me fui de profesor para la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, donde descubrí que la docencia me encantaba. 

Has dicho que el cine es cortar. ¿Cómo se corta lo cubano en el cine?
Esa frase me la escribió el chileno Miguel Littin en el cristal de la ventana de mi cuarto de edición. Me encantaba cortar lo que consideraba que sobraba en una secuencia. Lo que quedaba, si la película era cubana, ¡eso era lo cubano en el cine!

Hablemos ahora de La Habana, la ciudad donde transcurrió la mayor parte de la película de tu vida. ¿Cómo es tu relación actual con ella? 
Aunque la recuerdo con mucha nostalgia, hoy tengo una relación muy lejana con ella. Estuve en el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de 2014, invitado como presidente del Jurado de Ficción. 
Realmente lo disfruté mucho y sentí un gran orgullo de que el Premio a la Mejor Película lo mereciera Conducta, de Ernesto Daranas, y el Premio al Mejor Actor, Armando Valdés Freire, el niño que la protagoniza.

¿Qué te sigue fascinando y que te hastía? ¿Qué le agradeces y qué le reprochas? Sigo hablando de La Habana, claro.
¿Hastío? ¿Fascinación? ¿Reproches? Nada de eso. Tengo una vida diferente ahora. La disfruto y no pierdo mi tiempo recordando cosas que me entristecen. Soy un nombre feliz, Camilo. 
He recibido grandes satisfacciones en el plano profesional, por mi labor en el cine como técnico profesional, y encima dicen que soy excelente docente. He tenido una vida hermosa, plagada de mucho amor y cariño. Se terminó, ¿verdad? ¡Fin!

1 comentario:

Miguel Lavandeira dijo...

MUCHAS gracias por publicar esto.