NARRATIVAS

GOOGLE EARTH

El único punto fijo de partida es el presente. En algún sitio leí que esa frase es de Manuel Moreno Fraginals. Mi único punto fijo de partida son los 22º 18' 41,80" de latitud Norte y los 80º 18' 45,32" de longitud Oeste. Esas son las coordenadas exactas donde empieza el andén de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. En ese sitio oí, vi o sospeché todas las historias que aquí aparecen.
Con el puntero intermitente del cursor recorro todo el pueblo y es así que, de alguna manera, vuelvo a él y establezco la actualidad, esa necesaria vigencia que reclamaba Moreno. La vista aérea de Google Earth no me permite descender lo suficiente. El satélite no alcanza a captar a nadie, pero su definición logra establecer una realidad que va desde el primer día de 1959 hasta eso que llamamos el hoy por hoy.
Si me dirijo hacia el sur, doy con las ruinas del ingenio Hormiguero (que se llamó Espartaco después de su intervención por el Gobierno Revolucionario). Un poco más abajo, están Portugalete (Elpidio Gómez) y Soledad (Pepito Tey). Si regreso por encima de la línea del ferrocarril, con apenas pequeños desvíos, puedo llegar hasta San Agustín (Ramón Balboa), Andreíta (Mal Tiempo), Caracas (Ciudad Caracas), San Francisco (Martha Abreu), Santa Catalina (Carlos Caraballo), Santa María (Efraín Alfonso), Santa Rosa (10 de Octubre) y Pastora (Osvaldo Herrera).
El peso del azúcar en Cuba puede calcularse, antes que nada, por una recopilación interminable de cifras y tabulaciones. En una rudimentaria calculadora, Moreno Fraginals sacó las cuentas más que claras de El ingenio (el libro que establece los logaritmos culturales de la plantación en el Caribe). Él mismo recordó, en uno de sus últimos artículos, una frase publicada en La Revue Economique de París en 1902: “…el azúcar es la única mercancía moderna presa en sus cifras”.
Como en matemáticas siempre he sido menos que un cero a la izquierda, cuento aquí las palabras que hallé entre en tantos por cientos y diferenciales. Nací en una porción de tierra rodeada de cañaverales por todas partes. Aún hoy, que la veo inmóvil y a través de una pantalla líquida, puedo oler sus mieles, sus sudores y su vapor. Por eso mi único punto fijo de partida es este, donde los golpes de mis dedos contra las letras del teclado suenan como un machete.
Aunque la memoria no es de fiar, creo que estos recuerdos siguen intactos. El Paradero de Camarones está debajo de mí, un movimiento circular con el mouse me basta para volver a recorrerlo. Allí, donde, todo es absolutamente previsible, lo único que no puede asegurarse es cuándo pasará el próximo tren de azúcar. El resto de las cosas, incluyendo al presente, es pura inmovilidad: un píxel que se borra si la imagen se aleja.


AÑOS

Una mañana se bajó del tren que venía de Santo Domingo un señor con una guayabera de hilo, un pantalón de dril cien y unos zapatos de dos tonos. Tenía el pelo aplastado por la brillantina y una mota enorme que le empezaba en la mitad de la frente y se le hundía en la espalda.
Una vez que el tren se fue retrocediendo para internarse en el ramal Cumanayagua, el señor caminó hasta una punta del andén y sin mirar a ninguna parte regresó a la otra. Llevaba consigo una antigua maleta de viajante de medicina y un paraguas deshecho.
La frente le sudaba y hacía un raro gesto al apoyar el pie derecho, como si le molestara algo dentro del zapato. Pero estuvo caminando sin parar, de un extremo al otro, hasta que Aurelio lo detuvo balanceando los brazos en el aire, con la misma señal que les hace a los maquinistas cuando los trenes tienen que detenerse.
–¿Busca usted algo?
–No.
–¿Éste era el lugar para donde venía?
–No sé.
–¿Quiere algo?
–No.
–Yo me llamo Aurelio, soy el Jefe de Estación.
–Yo vendo almanaques.
–¡Ah!
–¡Anjá!
–¿Del año que viene?
–No, de todos los años. Tengo desde 1914 hasta la fecha.
–Mi esposa, Atlántida, nació en 1914.
–Pues aquí traigo todos sus días contados, uno detrás del otro.
–Creo no hace falta, ella los recuerda… tiene una memoria de elefante.
–Los almanaques de antes eran muy cómodos, tenían el santoral, las fases de la luna, señalamientos bíblicos y encima de eso uno podía arrancarle los días que pasaban, sólo se quedaba con el tiempo que le iba faltando. Era una cuestión de matemáticas.
–Ahora son más cómodos, se puede ver el año entero y sacar cuentas.
–¡No hay cuentas que hacer! Mire, éste, es un almanaque de 1926. Era de mi abuelo, le faltan los días que él vivió. El 20 de mayo lo mató un trueno, por eso el almanaque empieza el 21.
–Y si fue de su abuelo ¿por qué no lo guarda?
–Ya lo hemos guardado bastante, primero mi padre y ahora yo. Si lo vendo en  cincuenta centavos estará bien, estoy seguro de que mi abuelo dio menos por él.
–¿Cuánto vale el de 1914?
–Era muy barato, pero si su esposa nació ese año le saldrá más caro. Es una cuestión de matemáticas.
–¡Ah!
–¡Anjá!
El teléfono de la oficina sonó y Aurelio se apresuró a responder, el hombre de la guayabera de hilo reanudó su marcha de una punta a la otra del andén. Alguien pasó a caballo por la línea y el recién llegado, sin mirarlo y sin detenerse, le dijo que vendía almanaques. Pero el jinete no lo entendió o no lo tomó en cuenta, porque hizo un chasquido para que la bestia apurase el trote.
Aurelio primero habló con la estación de hormiguero, luego con la de Cruces y después entre las tres hablaron con el despachador de Santa Clara para hacerle la vía a un tren de miel de purga. Cuando terminó de escribir la orden de vía, la enrolló como si fuera un pergamino, la ató con un hilo que pasó a través de los extremos de un arco de madera y salió al andén para interponerse otra vez en el camino del vendedor de almanaques.
–Déme uno del año que viene.
–Para el año que viene falta mucho, hoy estamos a seis de enero.
–No importa, seguro que este año se va volando. Déme uno del que viene.
–Hay de dos tipos, unos tienen a un Jesucristo extrañísimo, colgado de una horqueta, y otros el paisaje de un pueblo con guajiros, caballos y creo que hasta gallos finos.
–Déme ese.
–¿El de los guajiros?
–Sí.
–Son dos pesos.
–Aquí los tiene.
Cuando Aurelio terminó de pagarle entró de nuevo a la estación y el vendedor de almanaques miró por primera vez a un lugar fijo. Por la línea se acercaba el hombre que pasó a caballo, detrás de él, avanzaba una multitud que mantenía el mismo paso de la bestia. Todos hablaban a un mismo tiempo y era muy difícil entender siquiera una palabra. El jinete detuvo al caballo, cruzó un pie por encima de la montura y se quitó el sombrero para que los que le seguían hicieran silencio.
–Es ese que está ahí –dijo y escupió sobre un monte de romerillos.
Todos se abalanzaron sobre el vendedor de almanaques, los primeros compraron los  del año en curso, después, los vencidos hasta llegar al de 1914 y por último el de 1926.
–Este almanaque no tiene el tiempo de zafra –dijo Bencho Llerena mirando por encima de los espejuelos.
–Sólo le faltan cuatro meses, yo le hago una rebajita.
–¿Y para que sirve un almanaque que sólo tiene el tiempo muerto?
–¡Hombre! Para saber cuando empieza y cuando se acaba, lo que está fuera de él es la molienda.
–¡Madre del verbo!
¬–¡Anjá!
–¿Y cuántos meses me vienen quedando ahí?
–Bueno, si faltan cuatro, por lógica tienen que quedarle ocho.
–¡Tantos!
–El año tiene doce meses, ¿no?
–Oye eso Cebollón, dice el vendedor de almanaques que el año tiene doce meses.
–Por gusto –respondió Cebollón con uno de 1945 en la mano–, nada más debería tener los de la zafra.
–¡Eso mismo digo yo!
–Nunca oí decir que los años fueran tan largos –dijo Lito Quinto revisando un almanaque que decía “Happy New Year 1918!” en letras doradas. 
–Es que no da tiempo, caballeros. Si fuera así, se empataba una zafra con la otra.
–Oye Bencho –dijo Cebollón–, yo le voy a decir a Dolores, mi hermana, que revise la parte de arriba de los periódicos, allí ponen la fecha siempre, cuando pase un año yo mismo te aviso.
–¡Madre del verbo!
–Oiga, vendedor –dijo Lito Quinto–, ¿usted está seguro de eso que está diciendo?
–Es una cuestión de matemáticas.
–Bueno, pero es que una cosa son las cuentas y otra es el tiempo.
–Al final son la misma cosa, suma o resta.
–Pero el tiempo no vira para atrás.
–¿No hay zafra todo los años?
–¡Coño, eso es verdad!
–¿Qué dijo, Lito, qué dijo?
–Nada, Bencho, que el tiempo lo mismo le da pa’lante que pa’trás.
–Por eso ¬–dijo sorprendido Cebollón–, a mi hermana Dolores le pasan cosas que según ella ya le pasaron.
–Bueno, Bencho, si es verdad lo que él dice, cómpraselo.
–Sí, Bencho, sí, cómpraselo, si no, tu casa va a ser la única sin almanaque.
–No te preocupes, yo le digo a mi hermana Dolores que le vaya diciendo a tu mujer los días de tiempo muerto.
–Bueno, si es así, démelo.
–Son cincuenta centavos.
–Cuarenta.
–Cuarenta y cinco.
–Negocio cerrado.
Cuando Bencho le pagó al vendedor, todos a la vez dieron la espalda y se fueron a casa de Florián el Zapatero a pedirle clavos, puntillas, grampas o cualquier cosa que sirviera para colgar el almanaque. Algunos lo pusieron en la sala, a la izquierda de la Última Cena del Señor con los Apóstoles, que también eran doce, como los doce meses o las docenas de aguacates. Otros en la cabecera de la cama, junto al Corazón de Jesús. Pero la gran mayoría prefirió colgarlos encima del radio, para ir enmendando las fechas. Cada cual sacó los días de atraso o de adelanto de su almanaque y se aprendió la cuenta de memoria, para no tener problemas cuando saliera del pueblo y alguien le hablara de una semana en particular o de un día preciso.
–¡Caballero, al almanaque de este año no hay que hacerle nada! –Dijo Masacote asombrado–. No tiene ni un jueves de adelanto ni un martes de atraso. Cuando el locutor dice el día de la semana y el mes, corresponde con lo que está escrito, no hay diferencia alguna.
Angelina, la madre de Gustavo el maestro, abrió una escuelita en el patio de la bodega de Chena para enseñar el orden de los días y el nombre de los meses. A muchos les encanta aprenderse el truco de cerrar el puño y contar el año con los nudillos: los meses que caen arriba, tienen 31 días y los que caen abajo tienen 30, o menos, si se trata del mes que nadie quiere pronunciar. Porque si se habla de febrero hay que decir la explicación de los años bisiestos y esa si que nadie se la sabe. Todos se quedan pálidos cuando tienen que responderle a Angelina la razón de que una vez cada cuatro años, se repite un fenómeno que no volverá a ocurrir hasta dentro de 1460 días. Por eso es que Edelmira Cabrera no envejece, porque nació un 29 de febrero, en lo que ella cumple un año, el resto del pueblo cumple cuatro.
–Aprenderse la cuestión de los años bisiestos es casi imposible –dijo Mariquita–, y si a eso se le suma la mala suerte que dan...
El vendedor de almanaques contó el dinero que había hecho, separó las monedas de cuarenta centavos de las de veinte, y empezó a caminar otra vez de una punta del andén a la otra. Pero cuando se oyó pitar al tren de miel de purga se detuvo, se mojó en saliva la punta de los dedos y rectificó el recorrido de su mota hasta el final, dentro del cuello de la guayabera.
–¿Ese tren para aquí?
–No, es de carga –le respondió Aurelio.
–¿Y para dónde va?
–Para Isabela de Sagua.
–Me voy en él.
–No, no puede, tiene que esperar que salga de Cumanayagua el mismo tren en el que usted vino.
–¿Y a qué hora sería eso?
–Todavía falta bastante, aún no ha pedido vía.
–Entonces no puedo esperarlo, a mí no me alcanza el tiempo.
–¡Ah!
–¡Anjá!
–Apártese, que le tengo que dar la vía al paso.
El maquinista saludó a Aurelio con un pitazo corto y el fogonero pasó el brazo entre las dos astas del arco para llevarse el cordel con la vía. Un olor repugnante a miel de purga avanzaba a la par del tren y hacía que las vacas, los caballos y los puercos restregaran el hocico contra la hierba. Cada vez que pasaba un tren de miel de purga, las moscas del pueblo se juntaban y formaban una nube espesa que revoloteaban alrededor de los tanques anaranjados. Cada vez que se acerca el tren que va para Isabela de Sagua, el cielo zumba de una manera insoportable.
Cuando estaba pasando el caboose, el vendedor de almanaques se acercó lentamente, estiró el brazo, se agarró del último estribo y se fue flotando en la cola del tren. Con la mano que le quedaba libre, sujetaba la maleta de viajante de medicina y el paraguas deshecho. De lejos, mientras hondeaba como una bandera, el vendedor de almanaques parecía hacer un gesto que Aurelio interpretó como una señal de adiós y le respondió con un breve manotazo.
En el apartadero había otro desconocido. Al parecer se lanzó del tren que acababa de pasar. También tenía puesta una guayabera de hilo, un pantalón de dril cien y unos zapatos de dos tonos. El pelo aplastado por la brillantina, sostenía una mota imbatible, idéntica a la del vendedor de almanaques.
El señor caminó por el apartadero hasta una punta del andén y sin mirar a ninguna parte regresó hasta la otra. Llevaba consigo una antigua maleta de viajante de medicina y un paraguas deshecho. La frente le sudaba y estuvo caminando sin parar, de un extremo al otro, hasta que Aurelio lo detuvo balanceando los brazos en el aire, con la misma señal que se les hace a los maquinistas.
–¿Busca usted algo?
–No.
–¿Éste era el lugar para donde venía?
–No sé.
–¿Quiere algo?
–No.
–Yo me llamo Aurelio, soy el Jefe de Estación.
–Yo vendo periódicos viejos.


OCHO ONZAS DE TASAJO

El viejo La Fayé nunca en su vida había oído el nombre de Manuel Moreno Frajinals. Al cabo de treinta años como maestro puntista se acaba de enterar de que ese tal Frajinals era el hombre que más sabía de azúcar en Cuba y que escribió un libro llamado El ingenio.
Todavía faltan tres horas para que llegue el mediodía y ya todo está ardiendo. El viejo La Fayé lo único que tiene en el estómago es un pedazo de pan que sobró de ayer y un vaso de refresco de naranja agria. “No había más ná”, piensa mientras el cítrico se ensaña con su úlcera.
El aula fue construida dentro del coche Pullman, el antiguo vagón de los dueños del ingenio. Ya no queda nada de todo el lujo que hubo en su interior. Ni las lámparas de araña, ni la vajilla del alquimista alemán Friedrich Böttger, ni los muebles de maderas preciosas. Lo único que permanece es el armazón oxidado, revestido por dentro con tablas de bagazo y adornado por fuera con un cartel de letras góticas: Cursos de Superación para Trabajadores Azucareros.
En la zafra de 2002 fueron clausurados 84 centrales azucareros en toda Cuba. Los obreros y los trabajadores agrícolas de esas industrias fueron enviados a estudiar.
“Por primera vez se pone en práctica el concepto del estudio como empleo, y seguramente uno de los más importantes empleos. Un contingente de varios miles de trabajadores azucareros, excedentes, podemos decir, como consecuencia de la reestructuración de la industria azucarera, se inicia en un ambicioso y grandioso programa de superación”, dijo Fidel Castro en el acto inaugural del curso.
Mientras el calor y el ácido de la naranja agria desvanecían el cuerpo del viejo La Fayé, el maestro comentaba el capítulo Trabajo y sociedad de El ingenio.
−Como pueden ver −dijo el maestro mirando por una de las ventanillas del vagón, como si deseara que aquel hierro varado se pusiera en marcha−, las raciones diarias para los negros esclavos del camino de hierro Habana-Güines eran de ocho onzas de tasajo, ocho plátanos y dieciocho onzas de harina de maíz…
−Oiga, maestro −dijo el viejo La Fayé quitándose el sudor de encima con las dos manos−, ahora mismo, por ocho onzas de tasajo, yo solito chapeo la línea de aquí a Palmira y después me dejo dar cien latigazos.


EL ZOOLÓGICO DE CRISTAL

En el batey del ingenio Hormiguero había un zoológico. Al final de un laberinto de hiedras y arbustos desconocidos, estaban las jaulas. Como una de las hijas de don Fernando De la Riva padecía de claustrofobia y aborrecía cualquier tipo de encierro, tuvieron que retirar los balaustres y en su lugar pusieron gruesos cristales.
Un león de los pantanos del Okavango, un tigre siberiano, un oso pardo y una infinidad de monos procedentes de las más remotas latitudes, permanecieron allí por años. El zoológico de cristal del ingenio Hormiguero fue la gran atracción de la zona y el trasfondo de innumerables fiestas de quinces y bodas.
En la noche, los rugidos de aquellas fieras se escuchaban aún más alto que el ruido incesante de la maquinaria del ingenio. Nunca le faltó nada a ninguno de aquellos animales. Cada semana se sacrificaba un toro para los felinos y en el tren de la madrugada, con toda puntualidad, llegaba desde La Habana una caja con salmones de Alaska para el oso.
Cuando la familia De la Riva abandonó el país, a mediados de 1960, le fue imposible cargar con sus fieras. El león del delta del Okavango, el tigre siberiano, el oso pardo y la infinidad de monos pasaron a formar parte de los bienes intervenidos por el Gobierno Revolucionario.
Muy poco tiempo después el oso tuvo que acostumbrarse al sabor a tierra de las biajacas.  El león y el tigre aprendieron a comer del mismo salcocho que les daban a los cerdos. La mayoría de los monos se murió de una enfermedad fulminante y los que quedaron fueron desapareciendo poco a poco.
El los días más tensos de la zafra del 70, hubo un problema con el abastecimiento de comida y el central amaneció sin nada que echarle a los calderos para el almuerzo. De inmediato alguien dio la orden de que se sacrificaran las fieras del zoológico. El asunto se manejó con tanta discreción, que ninguno de los obreros supo que aquel fricasé era de tres carnes: león, tigre y oso.
Pocos días después, el nuevo administrador del central hizo que colgaran la cabeza disecada del león en su oficina, entre una foto de Camilo Cienfuegos y otra de Ernesto Guevara. Los tres, tanto el felino como los guerrilleros, lucían unas melenas impecables.


1975

Ahora sé que el infinito es redondo y que para verlo, primero hay que pintarlo con azul de metileno. El maestro Gustavo habla de mares, golfos y océanos y luego da la espalda para hacer una serie de marcas en un mapa pintado de ocre y sepia. El Pacífico, el Índico, el Ártico y el más cercano a nosotros, el Atlántico, que pudo cubrir a un continente que tenía el mismo nombre de mi abuela. Todos nos referíamos al mar, como a la mayoría de los inventos que existían por el mundo, sin haberlo visto.
Una tarde vi a mi madre hablando en la punta del andén con un desconocido, el hombre dijo dos veces que no con la cabeza y una vez que sí. Mi madre le puso una cantidad de dinero en las manos y dos días después supe que era un machetero voluntario que le había vendido su derecho a un refrigerador. La misma tarde que compraron el aparato Minsk, hecho en Bielorrusia, mi abuelo puso a hacer un jarro de cinco libras de hielo. Cuando estuvo, dobló en dos un periódico, luego midió dos triángulos y volvió a doblar hasta tener un barco de papel. Me hizo una señal con la cabeza y tuve que seguirlo hasta la tina de las vacas. Hundió el hielo en el agua y, con mucha precisión, logró que el barco navegara hasta chocar con él.
–Se puede decir que un océano es interminable –me dijo–, como las distancias en el vacío. Pero aún así, un iceberg y un barco se pueden encontrar y eso es todo lo que le pasó al Titanic.
Me encogí de hombros y me quedé mirando cómo los renacuajos picoteaban la piedra de agua congelada. Con esa explicación y sin otra cosa que hacer, tendría que seguir pensando en el mar. Sólo dos cosas desviaron mi atención por esos días. Un Mig 15 que pasó envuelto en llamas sobre el cielo del pueblo y se estrelló en un cañaveral de Malezas, y la Batalla Contra los Piojos. Del Mig 15 se supo muy poco. Un escuadrón de militares se ocupó de aplacar los murmullos y de que aquello se olvidara lo antes posible. La Batalla Contra los Piojos, en cambio, duró un mes entero. Todo empezó un viernes sin que nadie nos avisara. Una mujer con el uniforme gris de la Cruz Roja puso un cartel en el mural de la escuela:
“El socialismo debe conquistar a los piojos
o los piojos conquistarán al socialismo”.
                                                            Lenin
A todos los varones no pelaron al moñito y a las hembras le hicieron un cerquillo bien corto, para que los insectos apenas tuvieran espacio donde moverse. Todos los días, antes de irnos para la casa, teníamos que pasar por la manos de cinco mujeres vestida de gris para que nos revisaran minuciosamente. Algunos quedamos libres de la plaga de inmediato, pero otros tuvieron que soportar baños de kerosén y garrapaticida. 45 días después del comienzo de la ofensiva revolucionaria contra el Pediculus humanus capitis, cambiaron el cartel del mural por un diploma donde un pionero vencía de una estocada a un famélico piojo que llevaba el sombrero del Tío Sam y una capa con la bandera de los Estados Unidos:
Escuela Rural Conrado Benítez
Paradero de Camarones
Primer Lugar Municipal en la Batalla Contra los Piojos.
La construcción del Ferrocarril Central hizo que todos los trenes nacionales se desviaran y pasaran por mi pueblo. Unos venían de Santiago de Cuba y otros de La Habana. La gente iba o volvía del mar comiendo dulces de chocolate y diciendo adiós de una manera que parecían viejos conocidos. Llegaron locomotoras nuevas y entre ellas una soviética enorme que cuando pitaba los techos de las casas se levantaban en peso. Mi abuelo, un estalinista empedernido, abría los brazos orgulloso cada vez que la oía venir.
–¡Ahí viene el acorazado Potemkin!
Cada vez que se acercaba un aniversario de la Gran Revolución de Octubre, en el cine Justo ponían El Acorazado Potemkin. Nadie iba, sólo mi abuelo y yo. La primera vez que la vi me pareció cómica, como las de Charles Chase y Buster Keaton. Por eso, cuando el cochecito empezó a caer por la escalinata de Odesa con el niño dentro, empecé a reírme y mi abuelo me dio un cocotazo que estuve llorando el resto de la película. A la salida, Angelina, la acomodadora, nos miró espantada, alumbrándome a los ojos con su linterna.
–¡Es inconcebible que este niño se emocione con esa cosa tan extraña!
En la película se podía distinguir el mar, pero a duras penas, era demasiado gris y cuando los marineros levantaban los brazos y empezaba a gritar cosas en silencio, se ponía oscuro y se perdía de vista. Por eso yo seguía sin entender muy bien esa idea de mirar hacia todas partes y no ver tierra firme.
A principios de octubre empezaron a construir un círculo de ladrillos en la escuela. En dos o tres días el redondel nos daba por la cintura y una semana después estuvo listo. Ninguno de nosotros sospechaba qué utilidad podía tener y nos pasábamos el recreo mirando hacia su interior vacío. Unos pensaban que era una jaula para llenarla de tomeguines y azulejos, otros creían que era del mago que nos cobraba una peseta por hacer que el Venao Ortega pusiera un huevo o se sacara una codorniz de la manga. El mago siempre venía a fin de mes y nosotros teníamos que bajar la cabeza para que él se cambiara de ropa, se pusiera una oreja en la nariz y dos narices en las orejas. Sí, era muy probable que ese círculo de ladrillos fuera para que el mago Veintekilos se vistiera con el traje de papel plateado sin que nosotros tuviéramos que bajar la cabeza.
Pero el día 27 por la tarde nos pusieron a cargar cubos de agua para llenar el círculo. Luego nos ordenaron que al día siguiente fuéramos a la formación del matutino con la boina encajada hasta la frente y un ramo de flores blancas. Una maestra disolvió dos pomos de azul de metileno en el agua y no nos permitió que la tocásemos.
Yuyo Serralvo, que estuvo en la Guerra de Independencia, en la clandestinidad y en la lucha contra bandidos, fue el que pronunció el discurso al día siguiente. Fue algo muy sencillo, apenas dijo que ni la sequía, ni el enemigo iban a impedir que nosotros tuviéramos un mar donde echarle flores a Camilo. Camilo, era Camilo Cienfuegos; el comandante de la Revolución que desapareció de noche, en un avión, sin que nadie le hubiera visto pasar envuelto en llamas, entre el mar, la incertidumbre y una tempestad.
–¡Hurraaaaa! –Gritamos todos y por primera vez empezamos a llenarnos las manos de esas extensiones que el maestro apuntaba en el mapa y luego nombraba con tiza en el borde de la pizarra: Caspio, Mediterráneo, Adriático, Sargazos, Caribe...
Los que llegaron a probarlo, aún dicen que no es tan salado como se cuenta en los libros. El círculo de ladrillos ya no existe, sólo queda su marca a ras de la tierra. Pero durante mucho tiempo sirvió para quitarnos de encima el olor del alquitrán que hierve a la altura de los ojos y para llegar a creer que el mar, al menos en el Paradero de Camarones, era definitivamente una porción de agua rodeada de cañaverales por todas partes.


EL OLOR DE LA ZAFRA

Más que el calor, fue el olor lo que me aniquiló: un olor de bestia,
como si el azúcar fuese a la vez una savia y una secreción animal.
JEAN PAUL SARTRE

A los dos se les fue el tractor con la carreta. Ella estaba en la tienda del pueblo comprándose un vestido para la fiesta de fin de zafra. Él anduvo todo el central buscando al Químico, que le había prometido una botella de alcohol de 90 grados. Se encontraron debajo de la torre del reloj, los dos miraron las enormes manecillas al mismo tiempo.
–Eh, ¿qué tú haces aquí todavía? –dijo él.
–No, me entretuve en la tienda del pueblo –dijo ella–. Es que fui a comprarme una bobería.
Ella vive en Paso del Medio y él en Manaquitas. Deben tener más o menos la misma edad. Ninguno de los dos sobrepasa los treinta años. Pero ahora mismo el tiempo en sus rostros es muy difícil de calcular, ambos están velados por una gruesa capa de hollín y melaza. Una locomotora de vapor pasó retrocediendo por la línea más cercana. El humo caliente que salía entre las voladoras de la máquina se interpuso entre ellos, los obligó a retroceder.
–Ahora lo único que nos queda es ese tren.
–¡El tren de caña!
–Eh, ¿tú nunca te has montado en un tren de caña?
–Solamente una vez.
–Bueno, yo sí me voy en él. Si te embullas…
Él se fue en la misma dirección en que la máquina retrocedía. Ella no se movió del lugar. Sin sacarlo de la jaba, trato de ver el vestido. Sus dedos no se ven, pero es evidente que toca a la tela con mucho cuidado, como si tratara de no ensuciarla. A un costado del ingenio, la locomotora ha ido armando el convoy que saldrá dentro de muy poco. Son 26 jaulas vacías que serán repartidas por los chuchos de caña que laboran en la madrugada. Dos hombres llenan de agua el alijo de la Baldwin. Sus cuerpos, a contra luz, parecen ser parte del metal fuliginoso de la vieja locomotora.
Él escogió una de las últimas jaulas, que son las que van para Manaquitas. Se acomodó en una de las paredes de madera que los carros tienen por los costados y empezó a morder un pedazo de caña. El silbato de la máquina se oyó lejano, como si no perteneciera al mismo tren. Los golpes que produce la puesta en marcha se oyeron venir vagón tras vagón. Muy despacio, como un movimiento apenas perceptible, el tren se puso en marcha. La columna de humo de la máquina se juntó en lo alto con la de la torre del ingenio.
–Oye, oye, ayúdame –gritó ella.
Corría con mucho trabajo entre las piedras y los travesaños de un apartadero paralelo a la línea por la que avanzaba el tren.
–Dame la mano –dijo él y se dejó caer hacia fuera, entre los balaustres del vagón.
Ella primero lanzó la jaba con el vestido hacia el interior de la jaula. Luego se acercó más y logró alcanzar la mano que le extendían. Él la levantó en peso, tirando duro hacia el mismo centro del carro que se estremeció al entrar en una cerrada curva. Quedaron abrazados y así permanecieron hasta que la jaula dejó de balancearse.
–Suéltame que ya no me voy a caer.
Él se acomodó otra vez en la pared de madera y ella, aún de pie, se pasó las manos llenas de hollín por la frente llena de hollín. El tren dejó atrás las últimas casas del batey. La noche sin silencio del central Espartaco empezaría de un momento a otro.
–¿Quieres un buche?
–¿Qué es eso?
–Alcoholite.
–No, no gracias, la vez que lo probé por poco me achicharro por dentro.
Él se empinó la sucia botella y ella, con la punta de los dedos, con muchísimo cuidado, sacó el vestido nuevo de la jaba.
–¿Te gusta?
–No lo veo bien, pero debe ser lindo, ¿no?
–Me lo acabo de comprar, es para la fiesta de fin de zafra.
–Bueno, para la fiesta del fin de Espartaco.
–¿Tú crees que de verdad cierren el ingenio?
–El Químico me lo acaba de confirmar. El año que viene van a cerrar más de la mitad de los ingenios del país.
–Ahí, mi madre, ¿y qué nos hacemos nosotros?
–A mí ya me da lo mismo, total…
Otra curva cerrada hizo que la jaula se balanceara bruscamente hacia un lado y hacia el otro. Ella estuvo a punto de caerse, pero él llegó a tiempo para sujetarla. Quedaron abrazados otra vez. Pero esta vez las manos de él no estaban sobre la espalda de ella.
–Oye, suéltame las nalgas.
–Si te las suelto te caes.
El carro se balanceó otra vez y él aprovechó para asirla con más fuerza.
–Estás viendo, si te suelto te caes.
–Espérate, déjame guardar el vestido.
Ella se sacó una pata del pantalón y él se quitó la camisa para que le molestaran menos los pedazos de caña seca que hay en el piso de hierro. Antes de llegar a Paso del Medio él se cambió unas tres jaulas más adelante. Si pasaban juntos alguien podría distinguirlos. Cuando el tren se detuvo ella se lanzó de la jaula y avanzó rápido por un estrecho callejón. No se despidieron, él ni siquiera se asomó. Permaneció recostado a una de las paredes de madera del carro, empinándose la sucia botella de alcohol.
Nunca más cruzaron una palabra. En la fiesta de fin de zafra él la vio pasar con dos pergas de cerveza en las manos. Seguramente aquel vestido oscuro era el que le enseñó en la jaula. Ella caminó directo hacia un hombre barbudo y le alcanzó una de las pergas. El hombre le dio una nalgada y la obligó a sentarse en sus piernas. Ella le besó la barba.
Él nunca la había visto así, vestida de limpio, con el cabello suelto. El silbato del central Espartaco sonó por última vez. El sonido ensordecedor del silbato apagó todas las voces y todas las canciones que se oían al mismo tiempo.
–Ahora hasta debe oler rico –pensó y le dio una nalgada a su mujer. Luego la obligó a sentarse en sus piernas.


PICO Y PALA

–Pico y pala. A mí la vida se me ha ido dando pico y pala.
El reparador de línea se levanta a las cuatro de la mañana, cuela un poco de café molido con chícharos, se pone un sombrero que tiene la mitad del ala desprendida y le da de comer a sus cerdos. Antes de salir de su casa escribe algo en un papel de cartucho y lo dobla varias veces hasta dejarlo del tamaño de una moneda. En un apartadero de la estación le espera el viejo motor de vía con una plancha llena de herramientas. Una brigada de nueve hombres y un capataz sale a la línea principal por lo oscuro. Abriéndose paso entre la humedad del rocío y los insectos que acuden a la luz del pequeño vehículo, abandonan el pueblo. El ruido del carcomido Fairbanks-Morse se extingue entre cañaverales y lagunas sembradas de arroz.
En el kilómetro 25,3 de la línea Cienfuegos-Santa Clara hacen un claro con sus machetes y entre todos, contando hasta tres para hacer la fuerza al mismo tiempo, sacan al motor y la plancha de la vía. Unos se dedican a reponer los clavos que sujetan a los raíles. Otros cubren con travesaños de hormigón los espacios que han amanecido en blanco –la gente se roba las traviesas de pino siberiano para hacer leña o muebles en el caso de que aún no estén podridas. El del sombrero con la mitad del ala desprendida se aleja con un pico. A unos cien metros de distancia empieza a sacar raíces entre las piedras. Muchas veces el acero, al caer de golpe, saca chispas o nubes de polvo.
Se oye el súbito pitazo de un tren y todos abandonan sus labores de inmediato. De espaldas contra las espinas del aromal, los hombres no pueden quitarle la vista de encima a las tolvas de azúcar que pasan a toda velocidad. Cuando le dicen adiós al individuo que va sentado en la plataforma del caboose, reinician sus labores. El capataz escupe a una mariposa que sobrevolaba unos romerillos y avanza despacio hasta el que saca raíces con el pico. Le brinda un cigarro. Las dos bocanadas de humo se juntaron encima de sus cabezas.
–Ayer estuvieron por ahí averiguando.
–¿Quiénes?
–Dicen que están preocupados.
–¿De qué?
–No dijeron.
–Ah, ya.
–Andan detrás de un reparador de línea.
–¿Qué les hizo?
–No dijeron.
–¿Y a qué viene el interés?
–Dicen que escribe.
–¿Qué escribe?
–Sí.
–¿Y qué escribe?
–Noticias.
–¿Noticias?
–Cosas que luego se oyen por la emisora de Miami.
–Ah, ya.
–¿Tú sabes algo de eso?
Se oye el pitazo de otro tren. Pasa a mucha más velocidad que el anterior. Uno junto al otro, el capataz y el reparador de línea ponen sus espaldas contra las espinas del aromal. El hombre que tiene el sombrero con la mitad del ala desprendida dice algo, pero es imposible que se pueda entender ni una palabra. El tren es de viajeros y por fracciones de segundos, bajo la influencia de algo muy parecido al vértigo, coinciden las miradas de los que van del otro lado de las ventanillas con la de los que están abajo. Cuando pasa el último vagón, el del pico alza su herramienta para dejarla caer sobre una gruesa raíz de aroma.
–¿Qué tú decías?
–¿Cuándo?
–Ahora, mientras el tren estaba pasando.
–Que pico y pala. Que a mí la vida se me ha ido dando pico y pala.