3 feb. 2019

Nuestra salvia

Cuando mi abuelo Aurelio Yero fue nombrado jefe de estación por los Ferrocarriles Unidos de La Habana, su familia tuvo que adaptarse a una vida itinerante. En menos de 10 años vivieron en las estaciones de cuatro pueblos: San Fernando de Camarones, San Juan de los Yeras, San Andrés y el Paradero de Camarones.
Las mudanzas se hacían en dos vagones: uno para los muebles y otro para los animales (vacas, cerdos, chivos…). La familia se iba primero, en un tren de viajero. Los dos vagones de la mudanza dependían de los trenes de carga, por eso solían llegar a su destino varios días después.
Según los recuerdos de los Yero, sus mejores años fueron en San Fernando (en el ramal Cumanayagua) y los más difíciles en San Andrés (en el ramal Placetas). Pero en cada una de esos lugares dejaron muchísimos recuerdos y algo que nunca pudieron subir a los vagones de la mudaza: la mata de salvia de Atlántida.
Cada vez que mi abuela llegaba a una estación, sembraba una pequeña postura que en unos meses se convertía en algo sagrado para la familia. Con sus hojas, mi abuela curaba todo tipo de males y afecciones, desde los dolores de garganta hasta inflamaciones o fiebres.
Hace unos días fui víctima de una feroz gripe y lo primero que se me ocurrió fue ponerme hojas de salvia en la planta de los pies. Las puse en cruz y las aplasté con las manos. Me las dejé dentro de las medias hasta que estuvieron totalmente tostadas. Eso me exigía siempre Atlántida.
Aunque ni Diana ni yo no pudimos traer nada de lo que tenían nuestras familias, en la Loma de Thoreau ya hemos construido un mundo muy parecido al que perdimos en Cuba. Una de las primeras cosas que hicimos fue sembrar nuestra salvia. Desde entonces es sagrada.

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