8 may. 2018

RENAY CHINEA: “El exilio ha sido un puro y duro enriquecimiento”

Renay Chinea es uno de los escritores cubanos que más leo. Prefiero su prosa a los empalagos, las imposturas y las reticencias de buena parte de nuestra generación. A menudo comparte crónicas sobre su infancia, los lugares donde ha vivido y sus viajes que acabo guardando para volverlas a disfrutar.
No colabora con ninguna publicación y su bibliografía está en blanco. Si alguien deseara leerle, primero tiene que pedirle amistad o seguirlo en las redes sociales donde interactúa. Casos como el suyo, me han hecho cuestionarme cada vez más al libro como único recipiente de la literatura. 
Nació en el central Maltiempo, muy cerca de mi Paradero de Camarones, a finales de los años 60. Aunque jamás nos hemos visto, nos unen la época y la geografía en la que crecimos, la gente que nos rodea, la manera en la que pensamos y la identidad que nos define.
Por eso Diana Sarlabous no me creyó cuando le dije que Renay y yo no nos conocíamos en persona. ¡Pero es que ustedes son igualitos!, exclamó. Hace 18 años, el día que me encontré con Limay González, me dijo exactamente lo mismo. “Me parece que tengo a Renay delante”, agregó.
Fue mi alter ego antes de saber quién era y ya es un hermano al que nunca he podido abrazar. Pero, por encima de todo, es un individuo valiente que siempre dice lo que piensa, que jamás se muerde la lengua para quedar bien o evitar conflictos. Nada puede agradecerse más que eso a día de hoy.

Naciste y te criaste en los alrededores de un lugar que fue borrado del mapa. El central Andreíta (después Maltiempo) no solo era el corazón industrial de aquella zona, sino un ecosistema cultural que ya estaba ahí el 15 de diciembre de 1895, cuando Gómez y Maceo irrumpieron en esos cañaverales machete en mano. ¿Cuáles son para ti las consecuencias más graves de la destrucción de la industria azucarera cubana?
 No es el final de una era. Cuando haces la sumatoria algebraica, te das cuenta que estamos presenciando el final de La Era fundacional de Cuba, la azucarera del mundo. El presidente Grau acostumbraba a decir: “hay azúcar para todos”, como queriendo decir “hay estilla pa’ repartir”. 
Si te tomas un café hoy en La Habana, tienes la sensación lúgubre de una carpa que se desmonta. Se está destartalando todo lo que nos dio el azúcar.  Y el azúcar nos lo dio todo: tradiciones populares, costumbres alimentarias, modos de ser... 
Y la duda es: ¿está siendo sustituido por algo superior, enriquecedor?
No me lo parece. Pero lo único constante es el cambio.  Y lo único que está ocurriendo es que se está imponiendo la depauperación. Como decía el gran poeta renacentista francés Joachim du Bellay: “(...) O mondaine inconstance!/ Ce qui est ferme,/ est par le temps détruit,/ Et ce qui fuit,/ au temps fait résistance”.
De momento, asumo que soy un último mohicano. Le digo adiós y me llevo conmigo cosas que no conocerán mis nietos: el ser guajiro, los guateques del batey con las congas, el tres y el aguardiente; la zafra y sus espléndidos olores, la distribución de las yuntas de bueyes (pie, tercio y guía), el zumbido de las locomotoras de vapor que atravesaba la llanura. El pito sereno del Central Andreíta a las 10:30 de cada mañana.
Llegará el día en que tendré que traducirle a mi hijo Pipo, del cubano antiguo al cubano moderno, aquellos versos que fueron nuestro salmo: “Mientras lentamente los bueyes caminan, / las viejas carretas rechinan… rechinan…”. Pero nada de pánico: creo que sabré hacerlo sin agonía. Al final, lo único constante, es el cambio… ¡y tenemos que asumirlo!

Aunque somos nietos de emigrantes, crecimos con la convicción de que nunca nos iríamos de Cuba… hasta que la Cuba en la que vivíamos se fue de nosotros y tuvimos que abandonarla. ¿Qué ha significado para ti vivir sin la loma de la Rioja (la única que había en nuestra zona), sin los Chinea, sin Cienfuegos (la ciudad que más nos gusta) y La Habana? 
Es curioso. Soy nieto de un español que engendró al tipo más cubano que he conocido, mi padre, quien nació el mismo año que Cabrera Infante, autor de esa memorable frase referida al Capitán del Titanic: “Cuba se fue de nosotros”. Curiosamente, Caín declara que él jamás se hubiese ido de Cuba y se imagina a sí mismo, como editor de una revista de moda, o fotógrafo de modelos esplendorosas o algo así.  
Pero para mí el exilio ha sido un puro y duro enriquecimiento. Cuba es la resultante de unos colonizadores que llegaron de afuera, primero exterminaron (no sin ósmosis) a unos aborígenes migrantes que habían llegado antes y después trajeron africanos esclavizados. 
Cuba es una isla que extrañamente se alarga desde la India, donde nació la caña de azúcar, hasta la cueva donde resistió Hatuey. Cuba, es también esos agentes literarios que tenía Del Monte en las principales capitales del mundo y le hacían llegar a Matanzas los últimos descubrimientos del pensamiento mundial en la primera mitad del siglo XIX. 

Estás casado con una rosarina y vives en Cataluña. Viajas a menudo por Argentina y Uruguay, subes con regularidad a los Pirineos, deambulas por los campos del sur de Francia… Cuando andas por esos lugares. ¿Qué ha cambiado en Renay Chinea después que conoce todos esos lugares, qué se mantiene intacto del guajirito que vivía encerrado entre cuatro paredes de cañaverales? 
Conservo la capacidad de asombro y la terquedad de la pertenencia, algo que probablemente solo sea dado a los isleños. Ese mirar el mundo con los pies en una isla a la cual sientes que perteneces. El deleite de ser una cosa enriquecida por esa circunstancia. Y se lo deseo a todo cubano: ¡Qué se cumplan sus sueños, que puedan mirar la Isla y su insularidad desde afuera! 
En el balcón de H y 21 donde vivía el increíble Alberto Pujol (padre de Albertico), quien era mi amigo, me encontré llorando un día. República Dominicana me había rechazado la visa por segunda vez. Lo jodido era que cada solicitud de visado me costaba casi 200 dólares de los años noventa… ¡Toda una fortuna! 
Me rechazaron muchos consulados. Llegué a intentarlo por orden alfabético: Argentina, Angola, Brasil, Burundi… Entonces yo alquilaba un cuartico de 2 por 2 (en El Vedado, eso sí) y mi dieta era una banana diaria. Pero tenía mil fulas clavados debajo de una losa. En vez de Las viñas de la ira, yo los llamaba “los fulas de la pira”. 
Alberto me llevó al balcón un vaso de agua y un café. Me preguntó la edad (25). “Cómo te vas a aburrir de viajar, muchacho —me dijo mientras ponía su mano como un bálsamo sobre mi cabeza—.  Terminarás por odiar a los aviones, porque el mundo es propiedad de quienes tienen 25 años… solo que ellos no lo saben”. Hoy pienso en él cada vez que estoy a punto de abordar un viaje transatlántico.
Una vez, en las Sierras de Córdoba, en Argentina, a pocos kilómetros de donde vivía el Che Guevara (quien, por cierto, era más Cordobés que Rosarino. Todo en la vida de ese hombre tiende a la confusión y la estupidez), se nos escaparon los caballos. Nos quedábamos a pie, a muchos kilómetros de casa, al borde de la noche, en un territorio donde habitan la yarará y el puma. 
Salí del río, cogí la jáquima que había quedado atada al roble y salí a campo abierto. No me preguntes cómo lo hice, pero volví montado en mi jaca cordobesa, sobre la cual volvimos a casa. Ese día, Elina se sintió aún más enamorada de su “hombre Marlboro”. Yo, en cambio, simplemente volvía a ser un niño ataviado para ir a la escuela con su jáquima, su basto y su yegua trotona.
Dentro de mí tamborileaba el Cucalambé y aquella orilla floreciente, era la del río de Yara.

A diario compartes textos en las redes sociales que son —al menos para mí— de lo mejor de la literatura cubana actual.  Sin embargo, nunca has publicado un libro. ¿Acaso no lo necesitas, te basta con lo que dices y de la manera en que lo dices?
Oh, Camilo, qué palabras escapan del cerco de tus dientes… Es que me encanta ese verso de Homero y tú me pones colorao con tus emociones. Mira, estamos asistiendo a una enorme sobre-publicación. Borges decía que los periódicos debían circular una vez al mes. Y yo digo que debíamos corregir los parámetros para la publicación. 
Hoy en día todo el mundo publica un libro y yo prefiero no incordiar. Claro, solo el tiempo dictaminará quién estaba equivocado. Uno agradece que el amigo traicionara a Kafka y, en lugar de quemar sus manuscritos, los publicara. Pero la verdad es que hoy se presentan y publican libros para los amigos, para el círculo familiar y esos ya los tengo en mi lista de Facebook.
Creo que ahí me lee el 99 % de las personas para las que escribo. Las demás que me encuentren si sienten esa necesidad imperiosa, como hice yo con Orwell, Kundera y con Bulgakov en un país donde estaban prohibidos y era casi imposible dar con ellos. 
Hay algo que me gusta mucho de las redes sociales y es que todo allí perece casi de inmediato. Lo pongo en mi muro y a los tres días se lo lleva el viento, como un mensaje en una botella. O, si prefieres, como aquel diablito en la botella de Stevenson, que había que venderlo en menos de lo que te costó. 
Es un argumento fascinante. De momento, a mis amigos queridos, esos que me piden que publique, les digo que lean a Borges, a Chejov, a Dostoviesky… y que no pierdan el tiempo. Al final, por bien que uno escriba e imagine, nada superará aquel soneto de Shakespeare:
“When I consider everything that grows/ Holds in perfection but a little moment,/ That this huge stage presenteth nought but shows/ Whereon the stars in secret influence comment;/ When I perceive that men as plants increase...”
Te soy sincero, Camilo, tengo mis dudas sobre publicar o no. Además de no querer molestar a nadie, la oralidad apenas me deja tiempo.  Soy un ser sonoro más que reflexivo.

El azar quiso que estuvieras en Cuba el día que murió el dictador Fidel Castro. ¿Puedes reconstruir tu experiencia, individual y colectiva, en aquel maratónico funeral? ¿Qué significa Cuba para ti ahora, de qué te sirve?
Pongámoslo en clave Monterroso: cuando el Dinosaurio no se despertó, yo estaba allí. Había llegado dos días antes y aquella noche me llevé a Xenia Reloba a beber cervezas. La llamé y le dije que me aprovechara y me jineteara, que estaba solo, me aburría, quería tomarme unas búcaras y andar con una amiga.
Ya tarde, dejé a Xenia en su casa y, cuando llegué a la mía, me enteré. Entré en shock. Llevaba más tiempo esperando esa noticia que Robinson Crusoe. Me agaché debajo de la meseta y encontré dos botellas: un legendario que pensaba regalarle a alguien y otra de ron malo. Me las bebí a cun-cun y me gasté ciento y pico de euros de mi teléfono español. 
Fui la primicia de medio mundo. A los pocos días lo vi pasar por 23 dentro de un cajoncito. Era la primera vez que estaba de acuerdo con una decisión de ese señor: ¡morirse! Era también la primera vez que me desplazaba a algún sitio para verlo. 
Edmundo Dantes había esperado 20 años para ser libre. Cuba, había esperado 57 y ni aun así lo conseguía. 
El Conde de Montecristo, recuperó su libertad, lo cual lo lleva a la gloria. A Cuba le esperaba la urdimbre y la incertidumbre, para ponértelo cacofónico. Vi una Habana paralizada por el miedo. Si en algún momento París fue una fiesta, puede decir que en ese momento La Habana era un campamento. Triste, solitario y final, como decía el gran Soriano. Un espectáculo amedrentador.

Esta entrevista acababa en el párrafo anterior. Pero Renay me exigió referirse a un tema que evadí en mi cuestionario, para no salirnos de las aguas territoriales de nuestra isla. Esa es la razón por la que (probablemente por única vez) hice una sexta pregunta: ¿Por qué deseas que Calella de Palafrugell, el pueblo de Cataluña donde vives, deje de ser parte del reino de España?
Tú y yo nos criamos mirando la comba dorada de la loma de La Rioja. Hoy me entero que esa pequeña elevación es uno de los reservorios de fósiles oceánicos más grande de las Américas. Todo estuvo bajo el agua, incluso aquella silueta de un mogote en la llanura que elevó más alto nuestro pensamiento. 
Por eso te decía que lo único constante es el cambio. Lo fijo, es lo inconstante... No sé por qué algunos cubanos usan su libre albedrío para unirse al inmovilismo de que Catalunya es España. Ya sé que lo fácil es llegar a Catalunya y exigir la lengua que ya conoces. 
Como lo fácil es también llegar a Miami y ponerte a robar tarjetas, cobrar ayudas y exigir que se hable en castellano. Fuera genial obligarlos a que nos hablaran en la lengua que ya sabemos, pero crecer es aceptar el reto y crear “liason” como quería Exupery. 
Involucrarte en tu entorno, aceptar el reto de ponerte a la altura de las circunstancias. Yo amo a Catalunya. Y si quieren un tanto saber, les recuerdo que cuando Martí hablaba de Aragón, hablaba de Catalunya. Y, efectivamente, allí tuve el amigo, la mujer y todo lo que conlleva. 
Detesto el maltrato y celebro que Catalunya intente encontrar su camino sin violencia. Admiro un pueblo que tiene una inquietud y pone una urna. Cataluña está demostrando que todo se tiene que resolver con urnas y consensos. Quizás el camino evolutivo de los pueblos pasa por un periodo donde no se trata de civilización contra barbarie, sino del mejoramiento de la civilización. 
Lo nuevo niega lo viejo y eso es más viejo que la sarna. Lo nuevo es el sabor contestatario de una lengua milenaria, el catalán que fue prohibido, que fue vilipendiado y vilmente reprendido. Yo hubiese soñado para Cuba un destino así: ¿Hay discordia?, ¡pongamos las urnas! Pero Castro y la España cañí no lo permiten.... ¡Habrá que seguir intentando!

No hay comentarios: