19 abr. 2018

MANUEL SOSA: “Me ha dejado de importar la Cuba física”

Hace ya cuatro años me reencontré con Manuel Sosa en Santo Domingo. De todas las cosas que tenemos en común, traía consigo una que me hizo muy feliz durante los días que duró su visita: el acento villareño, las palabras dichas a la manera de mis abuelos, mis padres y de las voces de mi pueblo que aún escucho en mi memoria.
—¡Dime, caballo! —me dijo justo antes del abrazo, como si no estuviéramos tan lejos de mi Paradero de Camarones ni de su Meneses. A partir de ese momento empezamos a compartir obras, sonidos, hechos, afinidades y desafectos que nos definen y nos hacen muy cercanos a pesar de habernos visto apenas un par de veces en nuestras vidas.
Su obra literaria, su blog La finca de Sosa (ya cerrado) y hasta sus interacciones en las redes sociales son puntos de referencia para mí, como lo fueron la torre del central Mal Tiempo, la loma del Capiro o la antena que hay sobre el pico San Juan, en lo más alto del Escambray.
Por eso le hice estas preguntas, por eso me veo en la necesidad de seguir dialogando con él de una manera o de otra.

Cuenta la leyenda que el día que por fin lograste salir de Cuba hiciste realidad dos viejos sueños: pararte delante de un micrófono a cantar y comprarte una lata de Spam. ¿Además de esos dos actos simbólicos, qué fue lo que te hizo de verdad un hombre libre? 
Fue sintomático que en mi primera noche fuera de Cuba visitara un bar con una banda en vivo, y me dejaran agarrar el micrófono para cantar un tema de los Rolling Stones. Fue como un símbolo de liberación. Ya después, la lata de Spam fue una de las decepciones iniciales, pues me supo a mierda prensada, y a partir de ahí fui desalojando ciertos mitos y nostalgias. 
Cuando bajé del avión, en el otoño de Toronto, me hizo libre la certeza de que no regresaría nunca a la uniformidad, a la unanimidad, a la incertidumbre. Sabía que ya no tendría que responderle a nadie y que todo me saldría bien. 

Al Manuel Sosa actual la literatura le sirve para: 
a) escribirla, 
b) leerla,
c) vivirla. 
Elije una opción y fundamenta tu respuesta. 
Tomaría algo de cada opción, pero creo que la “literatura” desborda (o pudiera no estar) en los libros, así que prefiero vivirla, aunque suene forzado y pretencioso. Mejor leer que escribir, pero a veces salen cosas que deben ser transcritas. Vivir la literatura, para mí, es una manera de medirnos contra el propio cifrado que nos ofrece el mundo. 
Fíjate que no hablo de “literaturizar”, lo cual me parece ingenuo en extremo. Todo lo contrario: es la visión de aquel que imagina e inventa relaciones inesperadas entre dos entes aparentemente irreconciliables, y no necesita llevarlo a la página; también buscar lo inusual, leer entre líneas, romper la aparente armonía del coro. 
Veo mi vida como performance, y trato de dejar un reguero de anécdotas por donde paso. Tengo una banda sonora, inaudible al parecer, pero que me acompaña hasta en horario de trabajo. Donde la turba ve nubes, piedras o árboles yo veo figuras lujuriosas, ridículas o hilarantes. Debe aprovecharse todo, hasta las experiencias negativas. 
Por ejemplo, cuando me encerraron un par de días por conducir en estado de embriaguez, descubrí que el traje naranja me iba perfecto, y mi única contrariedad era no poder hacerme un “selfie”. Y luego, al salir, el reencuentro con el sonido. ¡No sabía lo que me habían quitado! 
La clave está en no alardear de ello, pues conozco escritores que pretenden hacer vida “literaria”, y hasta duermen farfullando sentencias y lirismos. Ves las poses, las actitudes almidonadas, su terror a la levedad, como si eso fuera a redimirlos. 
Como le dije a uno de nuestros amigos comunes: “Te falta mucho por beber para discutir de metafísica conmigo”.

¿Qué libro te falta por escribir? ¿De todos los proyectos que tienes dentro de la cabeza, cuál es el más importante para ti? 
En Cuba escribía pensando en el libro como objeto redondo, definitivo. Pero eso se me quitó desde que salí. Aquí he tenido la suerte de llenar cuartillas con todo tipo de cosas, y a cada rato alguien me pide que les arme un volumen de esto y lo otro, para publicar. Así que no tengo idea de lo que vendrá después. 
Mi proyecto más importante sería no perder la mirada cínica que creo tener. 

¿Qué tenía el Manuel Sosa de Meneses que se perdió el de Georgia, qué tiene el Manuel Sosa de Georgia que se perdió el de Meneses? 
Aquel de Meneses era arrogante, tenía una confianza en sí mismo que a veces echo de menos. El de Georgia pudiera viajar al pasado y regalarle al de Meneses todas las cosas que ha ido coleccionando: música rara, libros de culto que no se conseguían entonces, un poco de paciencia… Seguimos teniendo en común algo fatal: no nos alcanza el sueldo. 

Casi dos décadas después de vivir fuera de ella, ¿qué ha dejado de importarte de Cuba, qué te sigue importando?
Me ha dejado de importar la Cuba física porque la que conocí no existe ya. Aquellos pequeños pueblos de la Línea Norte, tan pintorescos, parecen zonas de guerra. Muchas tradiciones se han convertido en pura imitación turística. Los amigos de antes no se hablan entre sí, por culpa de dineros o envidias o prebendas. 
Si quiero visitar a uno, tengo que averiguar con quién no se lleva, para no provocar malentendidos. Entras a un sitio que te recomendaron y todo es lobotomía, androginia, ininteligibilidad. De las bocinas (sin excepción) sale una secuencia rítmica, a todo volumen, que parece ser de origen simiesco. Al parecer es un experimento sociocultural, y creo que le llaman reguetealgo. 
¿Qué me sigue importando? Como no puedo regresar al pasado, pues trato de recrearlo de muchas maneras. Unas veces con hechos prácticos, otras con la imaginación. Me apunto en el bando de los que se obsesionan con ese pasado. Al parecer, toda persona piensa así antes de convertirse en fósil. 
Y creo que mi proceso de fosilización ya está en marcha, y no hay quien lo pare.

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