1 feb. 2017

MARIO COYULA: "Mis amores con La Habana"

Esta entrevista, que le hice a Mario Coyula en febrero de 1999, apareció publicada ese mismo año en el número correspondiente a marzo-abril de La Gaceta de Cuba. Aunque han pasado ya 18 años de aquella conversación en la Maqueta de La Habana, las preguntas parecen haber sido respondidas hoy. Esa una de las razones que me mueven a compartirla en El Fogonero. La otra es su hijo, el cineasta Miguel Coyula, a quien le prometí encontrarla y hacérsela llegar.

Desde aquí puede verse la ciudad entera de una vez, todo está al alcance del dedo índice, sus colores son muy tenues y se parcelan por franjas que la dividen en el tiempo. La luz es igual en cualquier parte, no están los grises del amanecer, ni los naranjas de la tarde y mucho menos los violetas que trae la noche.
Desde aquí a La Habana hay que mirarla con un telescopio y el mar se acaba sin hallar los límites del horizonte. Aun así, Mario Coyula habla como si estuviéramos en la ciudad tangible. Para él la Maqueta de La Habana, esta enorme simulación hecha con papel y madera, es otra realidad, la única donde se puede jugar con el tiempo y ver el antes, el ahora y lo por venir.
Además de ser profesor titular de la facultad de Arquitectura de la Universidad de La Habana y subdirector del Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital, Coyula es autor del Parque Monumental de los Mártires Universitarios y del Mausoleo de los Héroes del 13 de Marzo.
En 1984 obtuvo el premio de Crítica Arquitectónica Joaquín Weiss y ha escrito, entre otros, los libros: Diseño urbano (La Habana, 1985), Quienes hacen ciudad (Cuenca, 1997) y Havana Two Faces of the Antillean Metropolis (Chichester, 1997, en colaboración).
Aunque ha impartido cursos en universidades como el IUA de Venecia, Harvard, U. Mass, City College, Pratt y Cornell, este arquitecto de 64 años da la impresión de no haberse movido nunca de El Vedado, a veces parece que todo lo ha visto desde el portal de su casa, mientras el sol se hunde y el mar se convierte en una oscuridad del otro lado de lo oscuro.

Empecemos por trazar un límite, una línea de partida: ¿qué importancia tenía como conjunto arquitectónico La Habana en 1959?
Yo creo que esta ciudad tenía una gran importancia, lo que no estoy seguro es de que si todos estábamos conscientes de esa importancia. Después del triunfo de la Revolución en la mayoría de los arquitectos primaba la idea de que había que seguir modernizando la ciudad con el mismo impulso que se hizo en la década del 50.
Nosotros despreciábamos muchos de los edificios que se consideraban monumentos. En aquel entonces, por ejemplo, yo veía al Capitolio como una gran vaca echada que no nos dejaba pasar, como un desastre, como antiarquitectura. En general creo que menospreciábamos a esa arquitectura ecléctica que es la que marcó a La Habana y a todas las ciudades de Cuba en el boom constructivo de la Danza de los Millones.
Sin embargo, ahora —ahora quiere decir hace veinte años—, es que podemos ver lo valiosa que es toda esa masa construida que cubre varias épocas y donde se distinguen estilos, sectores sociales y niveles de ingreso muy diferentes, pero a veces muy bien mezclados.
Una de las cosas que tenían muchos barrios de La Habana es que si bien había una homogeneidad física, visual, sin embargo había una mezcla social al interior del barrio. El Vedado es quizás en esto un paradigma; un sitio que siempre tuvo un aura aristocrática, de suma elegancia, y que sin embargo desde sus primeros momentos estaba muy mezclado socialmente.
Un buen ejemplo es que al lado de la casa de un hombre tan rico como Ernesto Sarrá, que ocupa más de media hectárea, podía estar la de un médico de éxito, luego la de un empleado público y al doblar una ciudadela. Todo coexistía y la expresión hacia el exterior de esas diferencias sociales no se veía. La clase dominante impuso sus patrones culturales hacia los espacios públicos y esa sucesión de máscaras era más que todo un problema elemental de economía, porque ellas impedían que el barrio se devaluara.
La mayoría de las veces sólo se insiste en el valor de La Habana Vieja y entonces se corre el riesgo de que por pensamiento inverso se piense que el resto de la ciudad no tiene valor. Por eso te decía que para mí lo valioso al final de los 50 era esa gran masa construida que comienza en La Habana Vieja, pero que es también El Cerro, Centro Habana, El Vedado, Miramar, La Sierra, Ampliación de Almendares, Nicanor del Campo, Santos Suárez, La Víbora, Casino Deportivo, Lawton, Guanabacoa, Regla, Casablanca, Santa Fe, Santa María del Rosario, Santiago de las Vegas...
Yo diría que más de la mitad de la ciudad tiene valor, porque en ella aparecen estilos y tendencias de todas las épocas, desde el prebarroco con influencia mudéjar del sur de España —que son algunas de las casas que nos quedan del siglo XVII—, el barroco del siglo XVIII —que no es sólo la Catedral, aunque ella es nuestra gran fachada barroca—.
El neogótico, el neoclásico —gran parte de El Cerro es neoclásico—, el art nouveau de principios de este siglo —que más que art nouveau belga o francés, fue el modernista catalán el que se impuso aquí, porque eran maestros de obra catalanes los que lo hacían—.
Luego el gran empuje de la arquitectura ecléctica —que yo siempre trato de separar el eclecticismo mayor de los grandes edificios como el Palacio Presidencial, el Capitolio, el Centro Asturiano, el Centro Gallego o de las mansiones de la gente de más dinero; del eclecticismo menor, que se extendió por todos esos barrios antes mencionados y que a mi juicio es más importante todavía, porque le dio forma y masa a toda la ciudad—, después vino el art deco de los 30 y luego el protorracionalismo —como el stadium de la Universidad y muchos edificios que surgen con la gran explosión constructiva que hubo en la ciudad después de la Segunda Guerra Mundial, donde surgieron más de cincuenta nuevos repartos.
Creo que los dos estilos que más marcaron a La Habana y sobre los que descansa gran parte de su importancia son el eclecticismo entre el año 10 y los 30, y el movimiento moderno en los 50, que lo extiendo hasta los 60; a partir de ahí comienza la decadencia de nuestra arquitectura.

¿En qué se diferencia La Habana de La Habana cuarenta años después?
Los cambios sociales y económicos marcaron a la ciudad, pero no la cambiaron.. La mayoría de las construcciones se hicieron para bien y para mal en la periferia, fuera de la ciudad y muy pocas se integran a ella, como es el caso de Alamar que es la anticiudad o la no-ciudad.
Una vez se proyectó borrar Centro Habana y llenar todo aquel espacio con pantallas y torres; no me imagino qué hubiera sucedido, eso hubiera sido un desastre; al menos Alamar está lejos y sembrándole árboles se puede tapar un poco.
Lamentablemente no fuimos capaces de crear una nueva arquitectura que fuera cubana y que reflejara la revolución y todos los cambios de otro orden que ella propuso; apenas hay algunas obras de mucha calidad, como islas, que se destacan dentro de ese panorama tan pobre. En estos años también muchos arquitectos, de una manera equivocada, han ido a lo más superficial, creyendo que hacer algo cubano es ponerle tejas, rejas y vidrios de colores.
La arquitectura cubana contemporánea está por hacerse, porque un movimiento arquitectónico no lo hacen obras aisladas, si no la masa generalizada. Piensa que eso fue lo que le dio a esta ciudad el valor que tiene; no eran veinte, treinta o cien edificios espectaculares, sino era una masa de decena de miles de edificaciones, una al lado de la otra, muy bien organizadas; con sus portales, sus fachadas, sus columnas...
Eso es todavía, por fortuna, lo que de mucha calidad La Habana ha logrado salvar de La Habana.

A veces tengo la impresión de que La Habana es una ciudad hecha para que la caminen, para que la vean...
La Habana siempre fue una ciudad muy ostentosa y sus fachadas son el mejor espejo de ese juego de apariencias. Todos querían ostentar, desde el más rico que quería hacer ver todas sus riquezas, hasta el menos rico que no quería parecerlo. Si uno deja fuera del juego a los que estaban fuera del juego, es decir, a los marginales de los barrios insalubres —del Llega y pon, de Las Yaguas o de la Cueva del Humo—.
Una característica común hasta de los sectores obreros era tratar de lucir lo mejor posible hacia la calle; eso por supuesto tenía su lado censurable, que era el juego a la hipocresía, pero tenía su lado positivo que era el de crear una imagen urbana que se ofrecía a los ojos del que andaba por las calles.
Ahora, por los años 50 había en La Habana del Centro  —digámoslo como Fina García Marruz— unos veinte kilómetros lineales de frentes de tiendas, si se sumaban los de todas esas grandes arterias comerciales: Belascoaín, Galiano, Reina, Obispo... esas calles estaban hechas para el paseante, eran cientos de pequeños y medianos negocios puestos en función del que camina, del que mira.
La mayoría de esas tiendas están cerradas y uno se encuentra en el medio de las calles unos horribles quioscos que lo estropean todo. Yo sé que es difícil recuperar esa veintena de kilómetros de un golpe, se necesita de muchos recursos, pero sería bueno convencernos de que esta ciudad que heredamos dependía en gran medida de quienes paseaban por ella, de quienes se detenían a mirarla.
La recuperación del comercio de La Habana no puede hacerse a base de inversiones en nuevos edificios, porque eso nos llevaría a perder la textura y el carácter de lo que era la ciudad; hay que pensar en recuperar esos sitios que eran parte de su tradición. Esas grandes inversiones luego parecen mastodontes, porque rompen la escala de lo que les rodea.
Esto también es aplicable a los hoteles; a veces queremos adaptar la realidad a las estructura organizativas, cuando lo ideal sería adaptar esas estructuras a la realidad. La ciudad tiene cientos y cientos de mansiones espectaculares que se están perdiendo y que funcionarían muy bien de hostales, de paradores o de pensiones.
Insisto en que debe pensarse más en rescatar lo que se está perdiendo que en construir nuevos edificios, lo mismo para tiendas, que para hoteles o inmobiliarias; el caminante de La Habana lo agradecería mucho.
En 1929, el francés Jean C. N. Forestier proyectó para La Habana un borde marítimo moderno y homogéneo, a imagen y semejanza de la mayoría de las ciudades portuarias de Europa. Luego, el Plan de Ordenamiento del equipo de la Town Planning Associates proponía la construcción de una estructura de grandes avenidas y edificios muy altos en función del turismo, salvándose apenas sitios muy representativos. ¿Qué habría pasado si esos proyectos se hubieran llevado a cabo?
La Habana de Forestier era una ciudad que quedaría con la mirada fija en el mar y que respondía al medio de transporte de aquella época; aunque se dice que Forestier la sobrevoló en un aeroplano para entenderla desde el aire. Es cierto que su plan tenía las mismas intenciones de lo que se hizo con París; aunque de haberse llevado a cabo, hubiera aumentado los valores del paisaje de La Habana.
Forestier era un paisajista, él le daba mucho valor al verde y lo sacrificaba todo en función de esa idea. El otro plan, que se comenzó treinta años después, era muy diferente y su objetivo fundamental era escenificar la apoteosis del capitalismo.
Aquí es muy curioso cómo los arquitectos que trabajaron en este plan —todos provenían de Harvard— pusieron al servicio de una dictadura tan inculta como la de Batista los códigos del movimiento moderno de la arquitectura, que desde los años 20 había surgido muy matizado por un contenido progresista, iconoclasta y antiburgués.
Yo creo que ese plan hubiera sido muy perjudicial para La Habana; aunque para ser honrado, nosotros hubiéramos hecho lo mismo en los 60, porque nos parecía lo novedoso; todos los que estudiamos arquitectura en la década del 50, estábamos entrenados para hacer eso.

Independientemente de todo el favor que le hizo a La Habana no participar en el auge constructivo de los 60, ¿crees que eso limitó su sistema urbano?
Lo peor que le sucedió a esta ciudad fue que se dejó de invertir en su mantenimiento, en su actualización. A principios de este siglo La Habana se apoyaba en un sistema de alcantarillado flamante; en un acueducto que a pesar de que ya tenía problemas en las zonas centrales, llegaba muy bien a las zonas donde se estaba gestando el desarrollo; y se apoyaba en una red de calles muy bien mantenidas.
Esas inversiones ocultas duele mucho hacerlas porque no se ven, pero ellas son las que sostienen todo lo demás. Esas inversiones que se han ido dilatando porque no hay recursos tendrán que hacerse de todos modos; creo que mantener las pipas de agua al final saldrá más caro.
Si El Vedado tuviera su tendido eléctrico y telefónico soterrado, sus árboles pudieran crecer en paz y esos servicios no estuvieran a expensas de un viento platanero. Esa pelea habanera de los tendidos contra el follaje, siempre la pierden los árboles y ellos juegan un papel vital en el paisaje de gran parte de la ciudad.

La Habana es una ciudad fácil de reconocer en el tiempo, sus épocas están muy bien limitadas por ella misma, ¿cuál de ellas es para ti la más valiosa y cual la más prescindible?
Ahora yo podría contarte mis amores con La Habana, hay algunos que han sido muy pasajeros, pero hay otros que tendré que llevarlos conmigo para siempre. A veces yo vuelvo a un sitio de la ciudad y me parece que lo veo por primera vez, que lo acabo de hallar en ese momento; ese eterno descubrimiento me ayuda también a entenderla y a vivirla.
Eso me ha pasado con Casablanca, con Santa María del Rosario, con Santa Fe o con la Loma de Chaple. Hay lugares a los que decido no volver, porque no me siento seducido por ellos. Para mí La Habana ha dejado de ser una escenografía y se ha convertido en algo mucho más íntimo.
De todas formas lo que más me gusta de ella es El Vedado, el sitio donde nací y donde vivo; él es el comienzo de mi gran pasión por esta ciudad. Lo más prescindible es toda la cacharrería que en un momento se hizo pensando que se le iba a añadir algo positivo al entorno.
Yo recuerdo a una arquitecta que trabajaba conmigo, María Elena Martín, que en medio de la discusión de un programa de embellecimiento de la ciudad —de esos que se conciben por un congreso o por la celebración de una fecha— dijo que no había que hacer nada, que lo único que necesitaba la ciudad para estar bella, era que quitaran lo que quedaba de la campaña anterior.
La ciudad necesita que le quiten esos artefactos oxidados, esos letreros que ya no se encienden, todo esa distorsión que proliferó por todas partes. Ahora, la única zona de la ciudad que no me significa nada es Alamar, pero como ya no podemos demolerlo, creo que debemos mejorarlo todo cuanto se pueda.
Allí hay que urbanizar, hay que crear el paisaje de la calle: jardines, árboles, espacios públicos; allí hay que hacer ahora lo que se debió hacer al principio, aunque ya no tenga la misma eficacia.

¿Qué importancia tiene el mar para La Habana?
La Habana está dentro del mar y el mar está dentro de La Habana, es un constante ejercicio de equilibrio donde se benefician y se agreden. Durante la colonia se veía el mar como una amenaza y se le dio la espalda; aunque hubo un proyecto que nunca se ejecutó, de ese genio de la ingeniería que fue Albear, de abrir un paseo marítimo.
Cuando se empezaron a levantar los siete kilómetros del Malecón, a principios de este siglo, había una tendencia generalizada en todo el mundo de que el hombre podía dominar a la naturaleza; por aquellos años se construyó el célebre Titanic, que era un barco que la fuerza de la naturaleza no podría hundir; la misma aspiración tenían los habaneros con su Malecón, él es la gran metáfora de esta ciudad.
Hay dos calles perpendiculares al mar, que son Paseo y G, que llevan su presencia ciudad adentro, esa es una virtud que en Miramar no se consiguió; para La Habana del futuro hay que tener en cuenta el mar, no se le puede seguir tapando, su expresión es parte de nuestra identidad y debemos procurar que se le vea lo más lejos posible.

¿Qué importancia tiene el Almendares?
Lamentablemente La Habana se olvidó de lo vital que era para ella el Almendares. Es el único río que cruza la ciudad y aunque comparado con otros ríos del mundo es insignificante, para La Habana es casi una presencia poética; ahora recuerdo aquello de Lezama donde aseguraba que Mariano, el pintor, era dichoso porque conocía ya los cuatro grandes ríos: el Ganges, el Sena, el Amazonas y el Almendares.
Ese río tiene unos paisajes soberbios y atraviesa casi todas las zonas verdes de la ciudad: el parque Almendares, el bosque de La Habana, el parque forestal, los jardines de la Tropical, los jardines de la Polar... El proyecto del Parque Metropolitano está muy ligado al Almendares y uno de sus objetivos fundamentales es recuperar ese cinturón verde que tenía el río en ambas márgenes.
Hay un viejo sueño que es continuar el Malecón río adentro; por el camino del Almendares podríamos traer los parques naturales hacia la ciudad, incluso los tres últimos que se hicieron, que están demasiado alejados; y además se le crearía un nuevo frente a El Vedado —que nunca ha reconocido al río.
Con ese proyecto eliminaríamos los astilleros, el Fanguito y recuperaríamos el encuentro del Almendares con el mar. Se produciría una revalorización increíble de los terrenos que miran hacia el río, y se le salvaría, que es una deuda y un deber que tienen los habaneros.

¿Qué importancia tiene la luz?
Cada ciudad tiene una luz distinta y la de La Habana tiene un peso sobre ella determinante. La luz de esta ciudad es muy fuerte y eso hizo que su arquitectura no descansara en el uso del color, sino en los efectos de luz y sombra. Eso también limitó su gama de colores, que siempre estuvo restringida a los colores que iban del blanco hasta el siena tostado y el carmelita rojizo, pasando por el arena, el beige, el ocre y el amarillo muy claro; eran los colores que se conocen como constructivos, porque recuerdan a los materiales de la construcción.
Lamentablemente esos tonos han sido sustituidos en gran parte de La Habana por otros muy chillones, que además envejecen muy mal, porque se difuminan, se manchan y eso hace que la ciudad se parezca a esas señoras muy mayores que se embadurnan el rostro con maquillaje.
La licencia de pintura es una norma que nunca ha dejado de estar en vigor, pero no se aplica, y probablemente el que decide el color de un edificio es el propio pintor de brocha gorda. Esa confusión de colores ha hecho que los efectos de luz se trastoquen y la ciudad se desfigure.

¿Pudiera decirse que El Vedado es el frenesí del eclecticismo en Cuba?
Es indudable que El Vedado es el conjunto ecléctico más grande del país. Cuando se empezó a poblar, en la década del 80 del siglo pasado, sus villas eran neoclásicas; pero ese proceso se detuvo por la Guerra de Independencia y ahora apenas quedan testigos de esa época en la calle Línea y en Calzada.
De aquellos inicios lo más importante fue el concepto tan moderno que manejaron sus fundadores a la hora de trazarlo y urbanizarlo. No es casualidad que en ese mismo momento Cerdá hacía su plan para el ensanche de Barcelona. Los que concebían El Vedado sabían lo que Cerdá hacía, se carteaban con él; esos años también fueron los del Ring de Viena.
El hecho de que El Vedado naciera cuando muchas de las ciudades europeas se modernizaban fue determinante en su apariencia. Para mí El Vedado es la pieza más importante de la capital, cada vez le doy más valor, creo que es una urbanización que ha demostrado una enorme capacidad para asimilar golpes muy grandes, golpes que en otro sistema urbano hubieran sido devastadores.
Aún ahora que ya está muy dañado, asimila con dignidad operaciones de cambios de uso, agregos, serias modificaciones, incluso hasta nuevas inserciones. Cuando yo pienso en la ciudad de la manera más individual, en lo primero que pienso es en él, por eso me duele mucho ver como se ha ido degradando; aunque yo esté en otro sitio, mi fantasma es incapaz de moverse de El Vedado.

¿Cuáles son los arquitectos que mejor han entendido el espíritu de La Habana?
Yo creo que esos constructores anónimos que le dieron forma a un gran porciento de esta ciudad entendieron mejor su espíritu que los propios arquitectos. Eso tiene que ver con la identidad y con ese falso círculo de tiza que deja a todo lo cubano dentro y saca lo foráneo para afuera.
La esencia de La Habana es el concierto que ella misma organiza y ahí lo más importante es la escala, el ritmo que la luz y la sombra establecen en sus fachadas. Hay dos edificios que a mí me parecen ejemplares: uno es el Palacio de los Capitanes Generales, de Fernández de Trebejo, y el otro es el restaurante Las Ruinas, de Joaquín Galván.

¿Cuáles son las construcciones que más han agredido la ciudad?
Las agresiones a la ciudad no se pueden sintetizar en un edificio, las adulteraciones a veces son tan perjudiciales como las implantaciones. De lo construido en los últimos años te puedo poner un ejemplo muy reciente: el shopping mall que se hizo frente al Cohiba, lo han cubierto de vidrios y lo han puesto a mirar hacia el oeste que en arquitectura es un pecado capital.
Lamentablemente la gente identifica eso como algo novedoso porque en la ciudad no había cosas así, y no se dan cuenta de que hace veinte años esos modelos ya no se intentan; una vez más nos llegó demasiado tarde la influencia. Es indispensable que La Habana se incorpore a la modernidad, pero a lo moderno de calidad; de la misma manera pienso que debemos permitir que arquitectos extranjeros construyan en La Habana.
Ahora, por ejemplo, uno de los deconstructivistas fundamentales, el austríaco Wolf Prix, está interesado en hacer un edificio en Rampa y Malecón, creo que esas son las cosas que debemos propiciar; darle espacio a los buenos arquitectos y quitárselo a esos simuladores que vienen a cambiar vidrios por pepitas de oro.
Recuerda que el Museo Guggenheim de Bilbao ha sido muy discutido; pero con él su arquitecto, Frank Gehry, puso a esa ciudad vasca en el mapa de la cultura contemporánea.

¿Qué piensas de construcciones como el hotel Parque Central, que se apropian de un trozo de un edificio en ruinas y a partir de ahí buscan confluencias?
La idea original es muy buena, pero el proyecto que se ejecutó fue una gigantesca equivocación, un naufragio. Ese lugar estuvo veinte años esperando por una inversión y desde el principio se pensó que algo así era lo que podía funcionar allí; proyectos tan sensibles como ese se llevan a concurso para poder escoger entre muchos el mejor.
Ese lugar merecía un edificio que se inspirara en aquellas arcadas tan dignas, tan bien proporcionadas, y las reinterpretara sin llegar a ser una copia mimética del pasado; siempre pensé que en esa pequeña manzana podíamos ver un viaje a la semilla como el de Carpentier, pero no fue posible.

Supongamos que la ciudad real permite los mismos juegos con las formas y el espacio que esta maqueta: ¿qué sitio de La Habana o qué edificio tú borrarías ahora mismo, cuál taparías con una campana de cristal para que estuviera siempre intacto?
A mí no me interesan tanto los edificios aislados, me interesa más la masa, el tejido urbano. Ahora, un edificio que no me gustaría que se hubiese hecho —que es distinto a borrarlo— es la Embajada Rusa, otro que me resulta muy feo es el hotel Cohiba, el hospital Hermanos Ameijeiras es muy intrusivo en esa zona de la ciudad y al hotel Parque Central lo eliminaría ahora mismo sin que me temblara la mano.
Como edificios a preservar hay muchos, muchos; un edificio es un contexto, por eso yo quisiera poder salvar áreas enteras de la ciudad; pero me temo que si dejo a La Habana dentro de una campana de cristal, la privaría de su mejor virtud, que es la de encarar al tiempo y desafiarlo.

Por último, tracemos otro límite, pongamos una línea sobre el 2059, ¿cómo quiere Coyula que sea La Habana dentro de sesenta años?
En espíritu, lo más parecido a lo que es ahora. Uno de los grandes retos que tenemos, además de salvar a la ciudad física, es salvar su espíritu. Para ese entonces ya debe haberse construido en una de las grande zonas de reserva para el desarrollo urbanístico que tiene la ciudad en este momento: el antiguo aeropuerto de Columbia.
Son algo más de ochenta hectáreas con salida al mar, donde se podría vincular la Playa de Marianao con la zona del Obelisco de Finlay y, desde ahí, llegar hasta el aeropuerto de Rancho Boyeros. Eso sería uno de los grandes proyectos de La Habana, se debería hacer un concurso y adelantar ideas, para que la inversión no nos coja de sorpresa y volvamos a caer en la trampa de la falta de tiempo para pensar.
En la ciudad, antes de hacer algo, debemos verla ahora y verla muchos años después. El Monte Barreto —ese supuesto abismo que cruzaba lento el mulo de Lezama— era otra gran área de reserva, pero lo sembraron con edificios dispuestos de una manera poco imaginativa, y se desperdició la oportunidad de concebir la mejor urbanización posible.
Allí por ejemplo logramos salvar una microrreserva de plantas autóctonas del lugar, y ahora fue muy dañada por un terraplén que se hizo para las obras de construcción del Hotel Miramar; ese terraplén se pudo hacer como una prolongación de 7ma. avenida —que es una calle que habrá que empatar alguna vez—.
Pero nadie reparó en eso, simplemente se buscó el camino más corto, aunque este partiera en dos mitades la microrreserva. Esas cosas no pueden seguir sucediendo, cada vez las heridas que le hagamos a la ciudad tardarán más tiempo en cerrar.
La Habana no soportará por mucho más tiempo la indolencia de los que la viven, no se puede seguir saqueando el paisaje; hay que rescatar el sentido de pertenencia incluso en los que acaban   de llegar del interior, sus hijos serán habaneros y se lo van a agradecer. Aunque ahora está deteriorada, despintada y a veces hasta desdibujada, hay que tratarla con respeto. 
Ella es nuestro paisaje, el sitio que más verán nuestro ojos... La Habana en el 2059 será la ciudad que nos merezcamos tener.