6 feb. 2017

Llevo la luz del tren

La cabaña que Diana y yo nos construimos en Quintas del Bosque, dentro de la Cordillera Central dominicana, está a merced de la neblina. Muchas veces, en medio de un día claro y soleado, de pronto nos hemos visto atrapados por una niebla que se mete en la casa y lo borra todo.
Un ejemplo de lo que digo fue la noche del sábado. Allá abajo, las luces de Jarabacoa resplandecían. Aún más allá, llegaba a distinguirse la claridad de La Vega, como un lejano sombrero sobre la silueta de las lomas.
Bajé la vista a la pantalla de mi laptop por un rato y cuando volví a levantarla ya no se veía nada. Ni La Vega, ni Jarabacoa, ni siquiera el hijo de farolas de la carretera de Manabao a su paso por Pinar Quemado. Era tan densa la neblina, que salí a “tocarla”.
De ese momento es esta fotografía. Para compartirla en Facebook, escribí un breve pie de foto: “Como pueden ver, para llegar a la Loma de Thoreau hay que seguirle el rastro a la neblina”. Un amigo dominicano, Marlon Anzellotti González, comentó: “parece que viene un tren”.
Tiene razón. Así se veían los reflectores de las antiguas locomotoras soviéticas cuando entraban en la neblina del Paradero de Camarones. Entonces recordé las estrofas finales de “Mariposas tecnicolor”, esa canción de Fito Páez que tantas veces me he repetido a mí mismo:

Yo te conozco de antes,
desde antes del ayer.
Yo te conozco de antes,
cuando me fui no me alejé.

Llevo la voz cantante,
llevo la luz del tren,
llevo un destino errante,
llevo tus marcas en mi piel.

Y hoy solo te vuelvo a ver...

Cuando volví a la casa ya todo era transparente de nuevo. Ahí estaban las farolas de Pinar Quemado, el resplandor de Jarabacoa y la claridad de La Vega. El silencio era muy parecido al que dejan los trenes al pasar.

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