24 ene. 2017

Zil de Guerra

En septiembre de 1979, mi abuela Atlántida me puso un uniforme azul y me subió en una silla para corregir los dobladillos. Con la boca llena de alfileres me pedía que no me moviera. Unas pocas horas después ya estaba lejos de casa, junto a mis futuros compañeros de aula, en la orilla del lago Hanabanilla.
De allí nos llevaron en barco hasta una empinada loma por la que subía un trillo de lodo. Fue así que llegamos al lugar donde pasaría los próximos dos años de mi vida: la Escuela Secundaria Básica en el Campo de El Nicho, en el corazón del Escambray, la región montañosa que hay en el centro de Cuba.
Frente al comedor había estacionada una flota de vehículos: dos camiones Zil 157, una furgoneta Uaz 452 y un jeep Uaz 469. Eran carros de guerra fabricados en la Unión Soviética y todos estaban pintados de verde olivo. Por ellos empezaba el carácter marcial de aquel campamento. A la furgoneta le decíamos Uasabita; al jeep, Burro; a los camiones, Zil del Guerra.
De ahí en adelante, un viernes sí y un viernes no, saldríamos en el lomo de aquellas máquinas camino a casa. Íbamos envueltos en una nube de polvo. Había dos puntos críticos, la Loma de los Músicos y la Loma de Blanco, donde teníamos que bajarnos para aliviar la lucha de los choferes con el lodo y los abismos.
Ha sido el lodo quien me ha hecho recordar aquellos aparatos. En el norte de República Dominicana, durante las últimas semanas, han caído las mayores lluvias de los últimos 60 años. Eso ha hecho casi intransitable el camino a la Loma de Thoreau.
Hace unos días, mientras volvíamos al pueblo, Diana y María se bajaron del Jeep para aliviar mi lucha con el lodo y los abismos. Cuando me quedé solo dentro de Serafín —nuestro Overland—, pensé en César y El Rubio, los choferes de los Zil de Guerra.
Nunca tuvieron un accidente. Siempre supieron llegar al otro lado de aquellos retadores obstáculos. Cuando Diana y María volvieron al Jeep, me felicitaron por el éxito de mi maniobra. Quise decirles que le dedicaba mi “hazaña” a César y El Rubio, pero hubiera tenido que hacerles un cuento muy largo y ellas estaban cansadas.
No sé si aún viven. Donde quiera que estén, les mando un abrazo. Ellos también tienen una cuota de responsabilidad en mi pasión por las montañas, en mi amor por la Loma.

2 comentarios:

Maria A. Cabrera Arus dijo...

Qué memoria! ?sabían ustedes de niños las marcas de los camiones rusos? :-0

tomas martinez dijo...

Si, tampoco es que fueran demasiados modelos.