25 may. 2017

Sunday Post-Dispatch

Fue la noche que corrimos
bajo la lluvia de Missouri.
Sobre los andenes vacíos
flotaba ese viejo olor
que la noche
deja en las ciudades
antes de abandonarlas.
Yo apretaba tu mano
como si la corriente
del río,
arcaica y silenciosa,
pudiera arrastrarnos.
Solo las luces del stadium
permanecían encendidas
cuando alcanzamos
el portal del hotel.
Aquella lejana claridad
nos bastó
para volver a decir
las cosas que repetimos,
todos los días,
más o menos a la misma hora.
Luego,
caminando
entre las penumbras
y los edificios abandonados,
intercambiamos saludos
con estatuas,
tranvías
y barcazas.
Todavía no eran las diez
y Saint Louis ya dormía
como un pequeño pueblo.
Ahora no recuerdo
si nos quedamos allí
o nos fuimos
en aquel largo tren
cargado de maíz,
neblina y polvo.
Solo tengo claro
que apretaba tu mano
como si la corriente
del río,
arcaica y silenciosa,
pudiera arrastrarnos.

24 may. 2017

Regresar a casa

Ayer en la tarde, en una sala de espera del aeropuerto de Miami, avisaron a los pasajeros con destino a La Habana que su puerta de embarque había cambiado. Pocos minutos después, hicieron el último llamado para Santa Clara. No había pasado ni media hora cuando anunciaron un vuelo a Cienfuegos.
Diana seguía en la televisión las declaraciones de John Brennan, exdirector de la CIA, sobre una posible connivencia entre Rusia y miembros del equipo de campaña de Donald Trump. Yo, todavía despidiéndome de Saint Louis, oía a John Lee Hooker.
Para tratar de ponerme al día, abrí algunas de las páginas que visito regularmente y, en Diario de Cuba, di con el poema “Mi patria” de Abilio Estévez. Como el texto tenía otra música, puse al blues en pausa. Cuando llegué a la última palabra, volví al principio:
“Y aquí estoy finalmente y como debe ser, en mi patria. La encontré en cualquier camino. Solo se precisa andar, navegar mucho para encontrar la patria. Esta misma casa de Long Hill Road, por ejemplo, junto al Passaic River. La tierra que no conquisté, por la que no luché…”.
Todavía tenía a las palabras de Abilio dándome vueltas en la cabeza cuando llamaron al próximo vuelo: “Pasajeros con destino a Santo Domingo, por favor, dirigirse a la puerta D 43”. Entonces advertí cuán lejanas me resultaban ya La Habana, Santa Clara y Cienfuegos.
Solo cuando oí el nombre de la ciudad donde sueño y me despierto supe que había llegado el momento de regresar a casa.

4 may. 2017

La foto al pie de los sucesos

Explicamos esta imagen según el relato de los que defienden a la dictadura de Venezuela: el pueblo oprimido (representado por unos vehículos de guerra blancos) se defiende de una minoría de escuálidos que pretende derrotarlo (representada por una marea humana).

2 may. 2017

Todas las banderas son mudas

No lo enfrentaron, le pusieron una zancadilla. No le permitieron ser diferente a los miles que contemplaron impasibles cómo lo golpeaban y maniataban. Por Wichy García Fuentes, supe que se llama Llorente, que es taxista y un entusiasta de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
Los pequeños segundos que dura el video producen una gran rabia. A lo lejos se ve la masa dócil y entumecida. Llorente aparece en cámara a toda carrera, con una bandera norteamericana en alto. Un policía de civil estira una pierna y lo derriba. Una vez en el suelo, le caen a golpes y patadas.
Alguien en Facebook se preguntó qué hacía ese hombre allí con la bandera de un imperio.  Me sentí tentado a comentarle si se había hecho esa pregunta durante todos los 1 de Mayo que, en esa misma plaza, miles de cubanos desfilaron banderas soviéticas.  
Todavía conservo con orgullo el brazalete del Frente Norte de Las Villas de mi padre. Lo llevó atado en su brazo durante los meses finales de 1958. En una vieja película se le ve junto a Camilo Cienfuegos, mientras izan la bandera cubana sobre el Ayuntamiento de Yaguajay.
El diseño del brazalete de mi padre es idéntico al de la bandera con la que Kcho se retrató frente a la Casa Blanca. Sin embargo, en manos de este esperpéntico personaje, luce irreconocible. Serafín Venegas recordaba con aquel pedacito de tela uno de los momentos más auténticos de su vida; Kcho, la afrenta del oportunismo.
Todas las banderas son mudas y solo dicen lo que le conviene al que las enarbola. Su significado no depende de sus colores o su historial sino de la circunstancia en la que son izadas. Por eso a Llorente le pusieron una zancadilla y lo molieron a golpes, mientras que Kcho solo provocó burlas indulgentes, asco.

28 abr. 2017

Almadraba*

La noche aquí es un arte de pesca,
un laberinto de redes
que nos impide aparecer
en los nuevos retratos de familia.
Hosca, impenetrable,
nos corta la respiración
y espera a que nuestras voces
se conviertan en un silbido
que apenas se escucha.

Como el atún rojo
cuando se dirige
a las fauces del Mediterráneo,
nuestro destino es presa
de esta oscuridad
que se asegura de dejarnos
con cada vez menos recuerdos
y  la angustia de ser felices,
tremendamente felices en otra parte.


*Oí por primera vez esa palabra en boca de mi padre, que fue un gran pescador y sabía muchísimo de artes de pesca. Ya no recuerdo por qué, una noche de 2011 ó 2012 se me pareció a una almadraba.

18 abr. 2017

Tres grandes ríos

En mi infancia hubo tres grandes ríos: el Arimao (gracias a mi padre), el Almendares (gracias a los Venegas) y el Mississipi (gracias a Tom Sawyer y Huckleberry Finn). A finales del mes que viene, Diana y yo dormiremos tres noches en San Luis. 
Además de conocer en persona al caudal que inspiró a Twain y a los fundadores del blues, podré ver jugar a Aledmys Diaz, quien nació —como yo— muy cerca del Arimao. Si le contara eso al niño que fui, no dormiría de la emoción.

8 abr. 2017

11 y 6

Acaba de cumplir 11 años y hace 6 años que somos parte de la misma familia. Ayer le conté que yo tenía su misma edad cuando mi padre me hizo una maleta de madera y —después de navegar por encima de las montañas del Escambray, en un barco que seguía el antiguo cauce de un río— llegué al Nicho.
Le conté que nos levantaban a las 6 de la mañana, que solo desayunábamos agua con azúcar caliente y, a veces, un pedacito de pan. Luego nos formaban en una plazoleta y salíamos en fila india para los cafetales, donde chapeábamos, sembrábamos, escardábamos, aporcábamos y recogíamos café.
Al mediodía, nos bañábamos en una ducha de agua helada, almorzábamos harina de maíz con frijoles y volvíamos a formar en la plazoleta para salir en fila india hacia las aulas. Siempre que le cuento algo a María ella me presta mucha atención y, por lo regular, me hace preguntas.
—Suena divertido —fue su única respuesta esta vez.
Aunque yo había hecho la comparación con el ánimo de contrastar nuestras experiencias de vida a la misma edad, ella solo escuchó la geografía dónde sucedían las cosas. Me volvió a preguntar por el barco. Cuando le conté todo sobre el lago Hanabanilla, se lamentó de que los alrededores de la Loma de Thoreau no fueran navegables.
Al final advertí que el culpable de que no funcionara la dramatización de mi infancia era yo mismo. Desde pequeñita la estamos llevando al monte. Juntos hemos sembrado, escardado, aporcado y cosechado. Logramos, incluso, que le perdiera el miedo a la noche oscura en medio del campo.
—Feliz cumpleaños, mi niña —le dije, mientras en algún lugar de mi cabeza sonaba la música de la inolvidable canción de Fito.

7 abr. 2017

Cara C*

Estábamos sentados sobre la tarde
del antiguo Coney Island,
a un costado de la estación
que acabó extraviando
el tren de Marianao.
Te dio por hablar del silencio
y de la tristeza que da
en un parque de diversiones.
Yo me mantuve callado.
Hice todo lo que pude
para que llegara hasta ti
el sonido de un tambor
que alguien afinaba
en algún lugar de la playa.
Entonces empezó a llover
sobre la cara C
de aquel disco de Hendrix
que tanto nos gustaba.
La lluvia acabó sonando
igual que la guitarra.
Volvimos desnudos
al país que nos esperaba
del otro lado
de la 5ta. Avenida.

Hablar en nombre
del tiempo
es una responsabilidad
muy grande,
pero estoy seguro
de que aquella misma tarde
se fueron de Cuba los años 80.

*Una mañana cualquiera, a principios de la década del 90, volví en bicicleta a Cubanacán. Ya no recuerdo la razón, pero debió ser para ver a mi hermano Eduardo Lozano, quien entonces estudiaba en el Instituto Superior de Arte. Al pie de la escalera que subía a mi antiguo albergue, hice este poemita que permaneció abandonado hasta hoy.

La gran temporada

Diana Sarlabous y yo lo compartimos todo, incluso las tarjetas de crédito. Por eso advirtió un cargo desconocido. 
—¿Cucho, qué fue eso? —me preguntó. 
—La temporada completa —le respondí. 
Como seguía sin entender, iba a tratar de explicarme mejor en el momento en que Yasiel Puig conectó un largo batazo que se voló la cerca del left field del Dodger Stadium. Era el segundo de la noche. Caballo Salvaje, además, negoció dos boletos, anotó dos carreras, remolcó cuatro más y se robó una base. 
—Ahí lo tienes, Cucha, ese es el cargo. 
Entonces Yasiel la miró, hizo una señal hacia el cielo y pisó el home.

4 abr. 2017

Regalo de aniversario

Las canciones de Andrés Calamaro nos han acompañado desde la primera noche. Nos conocimos mientras yo leía un texto donde El Salmón canta “Estadio Azteca”. Luego le dimos la vuelta a Cuba en un carro alquilado en el que sonaban Alta suciedad, Honestidad brutal, El regreso y —sobre todo— La lengua popular.
Cada viaje de ida o vuelta a la Loma de Thoreau ha tenido a Bohemio, Jamón del medio, Pura sangre y Volumen 11 como banda sonora. Muchas veces, cuando torcemos por el Camino de La Lomita —que es la parte final del trayecto— pongo “La libertad”:

Creo que todos buscamos lo mismo,
no sabemos muy bien qué es ni dónde está,
oímos hablar de la hermana más hermosa
que se busca y no se puede encontrar.
La conocen los que la perdieron,
los que la vieron de cerca irse muy lejos
y los que la volvieron a encontrar,
la conocen los presos…
La libertad.

El próximo 12 de mayo, Diana Sarlabous y yo cumpliremos 5 años de esa felicidad compartida que ha sido encontrarnos, amarnos y casarnos. En honor a todo lo que han hecho por nosotros sus canciones, nuestro regalo de aniversario será un concierto de Calamaro.
Mi único deseo es poder envejecer junto a ella y, hasta el día en que me lleve a la cañada dentro de una lata de café Bustelo, “siempre seguir la misma dirección, la difícil, la que hace el salmón”.

Cine familiar

Diana y yo vemos una película todas las noches con María. Le llamamos “Cine familiar”. Es la manera que hemos encontrado para que ella también viva una experiencia que fue muy importante para nosotros. Muchos de nuestros recuerdos más queridos ocurrieron en aquellos largos días del siglo pasado en los que toda la familia acababa reunida frente a una pantalla.
Gracias a eso, he vuelto a encontrarme con muchas películas que hicieron de mi infancia un lugar único. Nuestra costumbre también me ha hecho recordar aquellas noches en que mis padres o mis abuelos me llevaban al cine y, cuando llegaba el momento de salir a la calle, me ponían un pañuelo en la boca.
Daba lo mismo que estuviéramos en el cine La Yaya de Manicaragua, en el Luisa de Cienfuegos o en el Justo del Paradero de Camarones. Nunca logré escaparme de aquella condición. “¡No te destapes la boca! —Me decía siempre mi abuela Atlántida—. ¡Hace mucha frialdad y puedes coger un aire!”
Anoche vimos Colmillo Blanco. María lloró frente a las mismas escenas que yo cuando tenía su edad. Al final le hablé de Jack London, de su literatura de lo salvaje y de sus protestas contra la “humanización” de los animales. Cuando le dije que era uno de mis escritores preferidos, sonrió con picardía.
—Se nota—me dijo—, Jarabacoa es tu Alaska.
Entonces apagamos el televisor y nos fuimos a dormir. Camino del sueño, le tapé la boca con un pañuelo.

3 abr. 2017

Gato Barbieri

Cuando estábamos construyendo la cabaña en la Loma de Thoreau, subíamos todos los sábados para ver el progreso de la obra. En uno de esos viajes, cuando aún faltaban unos dos meses para que pudiéramos mudarnos, descubrimos que una rata ya se había instalado en la cocina.
Lo primero que se me ocurrió fue bajar al pueblo para comprar una trampa. Diana, en cambio, pensó en un gato. La idea de la trampa era mucho más sencilla. Un buen pedazo de queso, con toda seguridad, sería irresistible. El gato, en cambio, necesitaba de alguien que se ocupara de él de lunes a viernes.
Nos estacionamos a medio camino entre la ferretería y Animal Planet, la tienda de mascotas de Jarabacoa. Fui por mi trampa, mientras Diana y María fueron a conseguir un gato. Compré una de esas que son tipo jaula y que te convierten en verdugo, porque debes ahogar a la rata una vez que es atrapada.
Cuando vi que María venía dando saltos de alegría, supe que se habían salido con la suya. Esa misma noche atrapé a la rata con la trampa y tuve que dejar a Barbieri (así le pusimos) encerrado en la que luego sería nuestra habitación. Ambos animales eran casi del mismo tamaño.
Han pasado cinco meses desde entonces. La trampa, ya oxidada, está donde guardamos los trastos que probablemente nunca más usaremos. No hemos visto a Barbieri cazar algo que no sean lagartijas, grillos y pequeños insectos, pero, en honor a la verdad, no hemos vuelto a ver un ratón.
Si salgo a caminar por el bosque, Barbieri me sigue de cerca como si fuera un perro. Si escribo, se echa a mi lado. Si leo, se me acuesta encima. A veces, mientras le acaricio la panza, le doy las gracias a la rata que ofrendó su vida para que nos encontráramos.
Al final, gracias a Diana y María, yo también he caído en una trampa. No tengo un gato, él me tiene a mí.

31 mar. 2017

Arriero

El silente arriero sigue ahí,
mientras beso tus ojos
y sirvo un café
en el cuenco del amanecer.
En todas estas lomas
nadie como él
entiende al dios matemático
que creó el palo amarillo.
Solo así se explican
sus pasos certeros y rápidos
entre las ramas,
la neblina y el abismo.

No sé cómo darle las gracias
por esa música
que tiene la cañada
cuando él se mantiene
sigiloso,
expectante,
listo para darle
alcance a su presa
y dejarnos atraparnos
entre la mañana
y la lluvia
que seguirá cayendo
durante todo el día.

30 mar. 2017

Golpe de Estado en Venezuela

Un día como hoy me es inevitable recordar las innumerables discusiones que tuve con muchos amigos dominicanos sobre el chavismo y las graves consecuencias que eso tendría para Venezuela. 
Hablo de un momento en que Hugo Chávez se bañaba como un tiburón en un mar de petróleo y salpicaba a todos los países de la región a cambio de respaldo, complicidad o —por lo menos— silencio. El tiempo, desgraciadamente, me ha dado la razón. 
No es que yo fuera adivino, es que se trataba del remake de una película de la que ya había vivido el final. Hoy es el primer día oficial de una dictadura que logró arruinar a un país y matar el futuro de una nación en tiempo récord. 
Lo que al fidelismo le tomó medio siglo, el chavismo logró resolverlo en apenas una década y media.

28 mar. 2017

Noches de radio*

Aurelio encendió el radio Westinghouse para que se le empezaran a calentar las bujías. Es un milagro que aún se oiga, hace dos años un rayo lo dejó echando humo. Quedó todo chamuscado, pero Atlántida lo tapizó con dos retazos de tafetán y de lejos perece nuevo.
El aparato tiene una enorme aguja en su mismo centro. Dándole pequeños golpes hacia delante y hacia atrás, mi abuelo tantea en la negrura de la estática. Una vez despejados los ruidos y las voces que se confunden con el traspaso de los kilohercios, se escucha un contrabajo.
—En el bajo, Joseíto Beltrán —se le oye decir de pronto el animador.
La voz engolada del animador le encanta a los bichos de la luz. Enseguida que él anuncia al primer músico, empiezan a dar vueltas alrededor de los bombillos. Muchos de ellos amanecen muertos al día siguiente. A las mariposas más bonitas y a los insectos más raros los guardo en una de las vitrinas del cuarto de expreso.
Atlántida se quedó en el comedor, recogiendo la loza con sus manos finas y estrujadas. Papá tantea la aguja para limpiar un poco más los celajes y vigila las moribundas bujías, ahora que el violonchelo es quien se escucha con minuciosa cadencia.
—En el chelo, Tomasito Alejandro Valdés.
Yo siempre me siento en una banqueta a dos pasos de mi abuelo, cruzó las piernas y empiezo a mirarlo. Mirar a mi abuelo es una de mis aficiones preferidas. Para decir algo, Aurelio levanta sus manos y casi las detiene en la mitad exacta del gesto. Luego, cuando regresan, son inapelables.
Me sé su rostro de memoria: su boca entreabierta por la perenne falta de aire, sus párpados a punto de caer por el sucesivo resplandor del mediodía en el arroz y su mirada de perdida en la distancia, como la de los héroes de la Guerra de Independencia en los libros de historia.
La banqueta en la que me siento a oír a la orquesta, es del piano donde están puestos los adornos más bonitos de la casa y el radio Westinghouse. Tiene una trampa donde todavía guardan algunas partituras de mi prima Lucy. Todas tienen el cuño de la librería Dulzaides de Santa Clara.
El piano está viejo, lleno de comején y desafinado, pero Atlántida le sacude el polvo todas las mañanas y lo deja como se veía en la vidriera de El Encanto. Hablando de pianos, ese es el de la orquesta. En toda charanga él es la moneda que más vale.
—En el piano, Pepito Palma Pereyó.
Por las tardes, mi abuelo y yo nos ponemos unas camisas de corduroy que Atlántida nos hizo en su Singer. La de Aurelio es verde oscuro y la mía azul Prusia. Cuando el aire frío de enero entra por la ventana de la saleta, yo me arrimo lo más que puedo a mi abuelo. Él me abraza con una mano mientras tantea con la otra.
Sintonizar una emisora en ese radiecito es un arte que parece reservado para Aurelio, sobre todo cuando tiene puesta su camisa de por las tardes.
—¡Vieja! —grita en dirección a la cocina—. ¡Ya empezó!
El grito da la impresión de que Atlántida está muy lejos, por lo menos en la antigua romana donde ahora viven Basilia y su madre. Pero ella sigue fregando la loza y enjuagando la cristalería. De pronto los violines. Elegantes hasta más no poder.
—En los violines el maestro Ángel Barbazán, Celso Valdés, Dagoberto González y el director Rafael Lay.
—¡Vieja, vieja, ya empezó! —Este grito es aún más alto, como si Atlántida estuviera allá, en la curva donde se cruzan la línea de ferrocarril y la carretera de Cienfuegos a Esperanza.
El hilo de agua se oye caer debajo de la ventana de la cocina, sobre un monte de mariposas. La loza de la casa es la misma de hace veinte años, fue el último regalo de Navidad que pudieron hacerse los Odd Fellows. Toda una vajilla llena de azucenas, que son las flores preferidas de Aurelio.
Esos son la tumbadora, el güiro y la paila criolla. Suenan como si estuvieran dentro de una caja de madera. Su sonido seco pone en movimiento a las ramas más altas del algarrobo, esas que sobrepasan la estación y parecen tocar a la luna cuando está llena y alumbra más que una locomotora.
—En la batería Guillermo García, Panchito Arboláez y Orestes Varona Varona.
Como las únicas flores que le gustan al abuelo son las azucenas, quitó de su vista un búcaro con las orquídeas de la vieja Máxima, que Atlántida todavía cuida para ponérselas a sus muertos. Luego se enjuagó las manos en el aire un par de veces y cruzó los brazos para disfrutar cada sonido.
—La gran flauta —me dijo Aurelio señalando la bocina del Westinghouse—, ahora viene la gran flauta.
Así dice todas las noches antes de recostarse en el sillón con un suspiro complaciente. Aurelio siempre ha dicho que en toda Cuba solo hay tres hombres capaces de cantar detrás de esa flauta y uno de ellos, fue su amigo, cuando era jefe de estación relevante en Cruces.
—¡Richard y su flauta!
—¡Vieja, vieja, ya empezó —gritó—, oye la flauta de Richard Egües!
El sonido del agua y los vidrios es la única respuesta de Atlántida. Nunca deja nada sucio para el otro día, la cocina tiene que quedar como un espejo. Los platos hondos separados de los llanos son guardados en el gabinete. Los impecables calderos Bolinaga van debajo de la meseta organizados por su número, uno dentro del otro, como una matrioshka.
El sartén y el calderito de freír se quedan con sus fondos de manteca en el horno. Los cubiertos se escurren toda la noche, menos el tenedor de Aurelio, que se guarda envuelto en una servilleta, junto a los platos y el olor a cedro del mueble más seguro, bajo llave.
Los trapos, el delantal y el mantel, tendidos uno al lado del otro, repiten su blancura a lo largo del cordel. Resuelto todo esto, Atlántida destapa las latas del café y del azúcar, enciende por última vez la estufa y, de paso, echa los tres quilos de vuelto del café en un envase de Kresto.
En ese momento el olor del café recién colado se expande por todos los espacios de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Empieza por el cuarto de expreso, pasa por la oficina y por cada una de las habitaciones de la casa de familia, que es donde vivo desde que mis padres se divorciaron.
Me encanta la cara que pone Aurelio cuando entran de nuevo los violines. Es algo muy breve, un pequeño pasaje para que al fin se escuchen los cantantes:
—¡No me interesa que me critiquen/ cuando me escuchen cantar,/ ritmos de antaño!
—Las voces de los maestros cantores —dice el animador en tono de broma— Felo “Hermético” Bacallao… ¡Hum! Y José Antonio Olmos. ¡Ellos integran la orquesta cuarentona de Los Araaagones! ¡Aahhh!
Este grito del animador hace que la tumbadora, el güiro y la paila sonsaquen a mi abuelo, que ya presiente otro ruidito y se abalanza sobre el radio para mover la aguja.
—¡Aragón! ¡Aragón! ¡Aragón!
—¡Vieja! ¡Vieja! —Aurelio vocea como si Atlántida estuviera por lo menos al final de los cañaverales, donde dicen que el Ruso se hizo su cabaña—. ¡Ya empezó la orquesta a tocar de verdad, ya están todos!
—Si tu oyes tu son sabrosón/ ponle el cuño... ¡Qué es la Aragón!/ Sí tu escuchas un rico danzón/ ponle el cuño... ¡Qué es la Aragón!
—Ah, cará, ya empezó la orquesta a tocar de verdad —exclamó Aurelio. Está tan contento, que a duras penas logra mantenerse en los límites del enorme sillón de majagua—. ¡Busca a tu abuela, que ya están todos!
Iba a salir corriendo a buscarla, pero justo en ese momento Atlántida apareció en la puerta de la saleta con su eterno suéter azul pálido. El suéter de mi abuela es una de las cosas que más he visto en mi vida, además de que ella siempre lo tiene puesto, a mí me encanta mirarlo. Tiene más olor a Atlántida que Atlántida misma.
Cuando la orquesta por fin entra en el primer danzón del programa, Aurelio se arregla el cuello de la camisa de corduroy y se detiene a oler el café recién colado.
—Esto si es un café —susurra—, y eso si es una orquesta.
Entonces los tres oímos a la orquesta Aragón tocar sus grandes éxitos hasta López Gómez se despide de toda Cuba “hasta un próximo encuentro con las melodías de siempre”. Número a número, la oscuridad se convierte en una fiesta a la que nunca fuimos.
Cada vez que los violines rellenan los espacios en blanco, Aurelio y Atlántida vuelven a contar su vidas y el “tiempo de antes” se nos viene encima. Puede empezar de cualquier modo, pero siempre termina en el momento en que Aurelio desconecta el radio y la noche se apaga.

*Fragmento del borrador del primer capítulo de la novela Atlántida.

23 mar. 2017

Francamente

Hoy me pasé el día escribiendo. Tratando de hacer literatura, quiero decir. Trabajo en algo cuyo título es Atlántida. Cuando uno insiste en ser escritor al borde de los 50 años, ya no lo hace con ese afán de trascender que se tiene en la juventud y mucho menos por vanidad. 
Lo hace porque no le queda más remedio, porque de lo contrario acabaría asfixiándose con todas esas ocurrencias que tiene trabadas dentro del cuerpo. Hace unos días encontré el primer borrador de esta idea, es de 1993. Tiene la misma edad que mi hija Ana Rosario. Todos estos años ha tenido muchas formas y tonos. Ninguno me gusta hoy.
Insisto, no sé si la novela en la que trabajo será buena, regular o mala. Francamente, no me importa. Me basta con la felicidad que me da pasarme un día entero viviendo todo lo que viví hoy, encerrado en mi espacio de trabajo, regresando a lugares a los que solo puedo volver a través de las palabras.

14 mar. 2017

Taigá

No advertimos su llegada. Cuando notamos su presencia ya vivía en el pueblo y se había hecho una pequeña cabaña al final de los cañaverales. Nunca nadie averiguó su nombre, todos le llamaban el Ruso. Siempre andaba con un pesado abrigo y un gorro de piel de oveja con orejeras.
Era un hombre de muy pocas palabras, por eso tardamos meses en enterarnos que había estado cinco años en la Siberia. Formó parte de un contingente de cubanos que fue a cortar árboles a la taigá. De allá trajo el abrigo, el gorro y la costumbre de no quitárselos nunca, incluso bajo el sol más abrasador.
Corrían los años 80 del siglo pasado. Los ferrocarriles de la isla tenían una gran carencia de travesaños. La Unión Soviética estaba dispuesta a donar la madera, pero Cuba debía mandar a los que se encargarían de talar los árboles, aserrarlos y empavesarlos con alquitrán.
Pronto el Ruso se convirtió en el mejor machetero de la zona. Se ganaba todos los reconocimientos: radios portátiles, televisores, refrigeradores y hasta una pequeña motocicleta que tenía pedales para poder subir las cuestas más empinadas. Nunca se quedó con ninguno, los vendía para comprar alcohol.
Solo iba al pueblo en las tardes por pan y ron. Ya borracho, esperaba al tren de las 6:45 en el andén. No le quitaba la vista de encima a la locomotora. Cuando se oían los pitazos cerraba los ojos. Era como si los sonidos de aquella mole bielorrusa lo llevara de regreso al frío de la taigá.
Luego se alejaba por la línea, dando tumbos, sudando bajo el grueso abrigo y el gorro, frotándose las manos como si en verdad hiciera frío. Un día desapareció. Luego alguien que pasó por donde estaba su cabaña dijo que allí no quedaba nada. 
“Debe haberse ido otra vez para Rusia —concluyó Cebollón, el repartido de periódicos—a ese animal solo lo entienden los osos”.

10 mar. 2017

Informe contra nosotros mismos

En el inolvidable documental que Jorge Dalton le dedicó a Eliseo Alberto, ese donde Lichi le habla a la cámara como si fuera un amigo de toda la vida, mientras le cuenta su historia (nuestra historia), hay un momento al que he vuelto muchas veces. Una y otra vez regreso a ese instante donde Lichi se refiere a nuestra cobardía como pueblo.
En la Guerra de Independencia, recuerda el autor de Informe contra mí mismo, había muchos más cubanos peleando del lado de España que en la manigua, junto al ejército libertador. El día que cayó Machado, todos salieron a festejar y saquear, pero fueron poquísimos los que en verdad se enfrentaron al Asno con Garras.
El 1 de enero de 1959, los que quemaron ruletas y traganíqueles nunca se imaginaron que esa madrugada también comenzaba la destrucción de la nación cubana. Que ese amanecer tan esperanzador del que eran testigos de excepción acabaría dejándonos sin la más mínima esperanza. Muchos no habían hecho absolutamente nada, pero ahora querían hacerlo todo.
El día que llegue a su fin la dictadura que comenzó con Fidel y que nadie sabe con quién ni cuándo acabará, millones de cubanos se lanzarán eufóricos a las calles de toda la isla. Pero mientras tanto, hemos delegado la responsabilidad de enfrentarse al monstruo totalitario a un puñado de hombres y  —sobre todo— mujeres.
Hoy en la mañana rompí el último puente que me comunicaba con uno de esos tantos compatriotas que ejercen la ingratitud como oficio. Hablo de los que no se cansan de hacer leña con el país que los acogió, los hizo personas y les permitió —¡por fin!— ser libres, mientras guardan un vergonzoso silencio sobre todo los horrores que pasan a diario en su moribundo país de origen.  
Cuando vi el documental de Dalton, volví a la última noche que hablé con Lichi en persona, en la Casa de Teatro de un año que solo Iván debe recordar. “Cuba ha parido algunos de los hombres más grandes y pingúos de la historia —me dijo una vez Lichi, delante de Iván Pérez Carrión, Freddy Ginebra y un vaso de Brugal Extra Viejo—, pero no sabemos comportarnos como un pueblo valiente”.
Ahora, aunque es de madrugada y demasiado temprano para un ron, estoy allí de regreso otra vez, después de haberle dado la espalda a un cobarde.

***
No, no es un deja vu, en verdad ha vuelto a ocurrir. Hace poco más de un mes, cuando publiqué el post Lichi Diego nos habla por última vez, desde un rincón del alma, Jorge Daltón me hizo llegar un comentario que tuve que compartir con los lectores de El Fogonero. Ahora tampoco puedo evitar la reproducción de este nuevo envío. Gracias, Jorge, por tu amor a Lichi, a la memoria de tu padre y a Cuba. Un fuerte abrazo para ti y un beso para Susy.


Si no soy capaz de defender mi verdad y lo que creo, sería un perfecto miserable

Jorge Dalton

Camilo, te agradezco mucho por mantener viva la memoria de mi hermano Lichi Diego. EL MIEDO ese estado o sentimiento que nos corroe. Tu texto me recordó cuando Lichi escribió los primeros ensayos que desembocaron varios años después en su libro: Informe contra mí mismo.
Tuve el privilegio de ser uno de los primeros en leerlos. Eso fue en México como en 1994. Uno de esos primeros textos tuvo por título: “Puñal de melancolía”. Cuando me lo dio a leer me sentí muy inconforme y, como lector, le dije que faltaban muchas cosas. Que decir las cosas a medias era mucho más peligroso.
Y él me dijo esa vez: “Mi querido Daltoncito, tienes toda la razón, pero no voy más allá porque tengo miedo de no ver nunca más a mi madre”. Y yo le pregunté: ¿Acaso tu madre te perdonará por no decir lo que tienes que decir? Meses después fui leyendo los demás ensayos que ya tenían algo de la estructura del libro futuro más reveladores y contundentes.
Hubo un tiempo que hasta me sentí culpable de empujarlo, porque yo igual sentía mucho miedo de revelar o descubrir verdades. Cuando comencé a hacer la película En un rincón del alma, igual sentí miedo, esa es la verdad, no solo yo, mi propia madre sentía miedo por lo que yo estaba haciendo y así por el estilo amigos.
Más de uno llegó para decirme que mejor desistiera en hacer esa película. Pero yo estaba muy decidido a vencer esos miedos por Lichi, por Eliseo, Bella, Rapi, Fefé, por mi padre, por Lezama, por Orígenes y por Cuba, que son razones más que poderosas.
Hoy que la película está navegando por el mundo, revelando una serie de verdades inéditas, pues ha sido para mí la mejor manera de vencer ese miedo que nos corroe a muchos. Siento que si no soy capaz de defender mi verdad y lo que creo, sería yo un perfecto miserable.
Alguien miserable siempre será una persona cobarde, manipulable y dúctil. La verdad es que le tengo mucho más miedo a eso último.

9 mar. 2017

Una breve aclaración de principios

Mi equipo en el Clásico Mundial de Béisbol, desde su primera edición, es República Dominicana. 
Dos patrias tengo yo, Cuba y el Cibao. Como la selección de la primera no está integrada por las estrellas que quieren representarla sino por las que quedan; prefiero la libertad de los dominicanos, este pueblo alegre y solidario que tanto me ha dado y del que soy parte desde hace 17 años. 
No es que desee que los cubanos pierdan, es que quiero que los dominicanos vuelvan a ganar. 
¡Vuá al Águila..., digo, a Dominicana!

5 mar. 2017

El tiempo de los árboles

En la Cordillera Central he tenido el gusto de conocer a muchos árboles centenarios. También he sido testigo de no pocos horrores, como el de un individuo que taló una mata de mangos que había sido testigo de todo el siglo XX dominicano. Su pretexto es que tenía un panal y él era alérgico a las abejas.
Ayer en la tarde bajamos al pueblo a comprar un tanque y le dimos bola (botella, en Cuba) a tres ancianos que iban por el camino de La Lomita. Hacía dos horas que habían salido de su casa y les tomaría otra dos más llegar hasta Pinar Quemado. Gran parte del recorrido deben hacerlo a más de mil metros de altura.
Nos dijeron que habían bajado para hacerle una visita a una familiar recién parida. Diana, que es financiera y le gusta encontrarle los números a todo, me hizo notar que en total invertirían ocho horas para un cumplido de apenas unos pocos minutos.
—El tiempo de ellos es como el de los árboles —me dijo al final de sus cálculos.
Al principio, cada vez que veniamos a la Loma de Thoreau, nos obsesionábamos con sacarle partido al tiempo. Por eso, cuando llegaba la hora de irnos, nos angustiaba la idea de no haberlo aprovechado lo suficiente.
Poco a poco hemos ido aprendiendo de los árboles, de su vida de espalda a los relojes. Cuando empezó la construcción de la cabaña, nos aseguramos de guardar suficiente distancia de un majestuoso pino occidentalis. Silencioso, imperceptible, él ha ido avanzando hacia nosotros y una de sus ramas ya está a punto de alcanzar la terraza.
Hoy en la tarde volveremos a la ciudad, por eso me levanté bien temprano y me puse a mirar la llovizna desde mi pequeña mesa de trabajo. Busqué el reloj y conté las horas que nos quedaban en la Loma. Luego miré hacia afuera. El pino occidentalis ocupa prácticamente todo el espacio de la ventana.
Entonces me serví un café y traté de imitarlo, a él y a los campesinos de La Lomita. Silencioso, imperceptible, escribí este texto.

23 feb. 2017

Como Henry Reeve*

En las afueras de Yaguaramas,
justo detrás del monumento
donde ondea
una bandera vieja, rota,
juraron cosas
que duraran toda la vida
y pudieran olvidarse
unos pocos meses después.

Como Henry Reeve,
se ataron de la montura
y empezaron a galopar
en dirección a la batalla.
Desnudos,
acostados sobre la tierra
donde se quitó la vida
el jinete americano,
combatieron cuerpo 
a cuerpo con la inocencia.

Nunca se supo lo que hicieron,
jamás se lo contaron a nadie.
Todo se quedó allí,
en las afueras de Yaguaramas,
justo detrás del monumento
donde ondea
un país viejo, roto.

*Mi último año de bachillerato lo cursé en el Instituto Pre Universitario en el Campo (IPUEC) Eusebio Sánchez. Todavía en Google Earth se aprecian sus ruinas. Está en El Guanal, una remota comunidad de Cienfuegos que queda en el borde oriental de la ciénaga de Zapata.  Para llegar hasta allá, había que pasar por el monumento a Henry Reeve (1850- 1878), un joven norteamericano que llegó a ser brigadier del Ejército Libertador. Aquel sitio, rodeado de cañaverales y cercado por la maleza, fue testigo de amores eternos que solo duraron hasta el fin de curso. Este viejo poema, escrito probablemente en la Escuela de Arte de Cubanacán, trata de eso.

22 feb. 2017

Los Payá

Fidel le temía tanto a Oswaldo como Raúl a Rosa María. Para los hermanos Castro el apellido Payá y, sobre todo, los nombres del padre y de la hija significan lo mismo que la cruz para el diablo. Pocos han hecho parecer tan débil al régimen de Cuba como esos dos seres indefensos.
Oswaldo Payá halló el único resquicio de libertad que había en la opresora Constitución cubana. Y, a través de él, logró lo impensable: un camino legal que le permitiera recolectar las firmas necesarias para presentar al gobierno una solicitud de cambios.
Así fue que el fundador y organizador del Proyecto Varela obligó a Fidel Castro a tener que admitir su verdadera naturaleza. El día que la inmensa mayoría de los cubanos fueron forzados a votar por el carácter irreversible del socialismo, la revolución demostró ser lo que todos ya sabíamos, una dictadura.
Cuando murió Oswaldo, los hermanos Castro creyeron haberse librado de Payá. Nunca calcularon que Rosa María era tan persistente como su padre. Desde entonces la frágil muchacha no ha dejado de tocar puertas por todo el mundo; cada vez que se le abre una, denuncia con firmeza el oprobio en el que están sumidos los cubanos.
El hecho de que impidieran que Luis Almagro, secretario general de la OEA, pudiera viajar a La Habana y recibir el Premio Oswaldo Payá Libertad y Vida, demuestra cuán frágiles se siguen sintiendo frente al padre y la hija. Con sus gestos desesperados le han dado al reconocimiento la trascendencia que merecía.
Con Oswaldo trataron de que pareciera un accidente, ojalá que nunca se atrevan a tocarle un pétalo a Rosa María.