3 jun. 2016

Ariza

Cuando el autobús pasa frente a la cárcel de Ariza
los pasajeros miran para otra parte.
Fijan su ojos en la cortina de árboles
o en esa profunda llanura
que han sembrado de cañas, hortalizas y obstáculos.
Aun sin encararla,
la luz de los reflectores enceguece.
El hedor de las celdas
cuelga en las púas de los alambres
y en las estrechísimas ventanas que abrieron
en el hormigón armado.

En Ariza todos guardan silencio:
los carceleros, los asesinos, los contrabandistas,
los travestis, los héroes, los villanos y los pasajeros
del autobús que deja un rastro de polvo
mientras pasa de largo hacia la fría noche de provincia.

Aun sin encararla,
saben que la luz de los reflectores los persigue.

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