28 may. 2016

Feliz día de todos los días

El único beso que conservo de mi abuela Atlántida.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

Cuando logras deshacer al Día de las Madres de toda la trivialidad que lo acompaña, cuando consigues ignorar las oportunistas ofertas de los centros comerciales, cuando haces caso omiso de la ridícula publicidad que la mayoría de las marcas producen de manera “especial” para la fecha.
Cuando por fin logras que el Día de las Madres no sea el de la que cocina, lava, limpia, plancha y tiene que hacer todo en casa; sino el de la más capaz, el de la que siempre tiene tiempo para todo, el de la que puede resolver eso que a los demás les resulta imposible… Entonces has dado con lo que debe ser la esencia de esa celebración.
Hay lugares o hechos que me dan ganas de tener 20 años menos. A veces me gustaría volver a esa edad en que desconocía los dolores en la espalda o era capaz de leer sin lentes y casi sin luz. Eso me hacía mucho más libre y menos dependiente de los artefactos y los analgésicos.
Tengo otra razón para desear ser joven: poder pertenecer a una generación que prefiere compartir a tener y la ética a la estética. Es cierto que la generación Y no puede vivir sin una pantalla, es verdad que son incapaces de llegar lejos sin una señal de WiFi; pero han crecido sin muchos de nuestros prejuicios y no toleran la discriminación.
Lástima que no pueda renunciar a la infancia que me tocó ni a muchos momentos inolvidables que viviría una y otra vez, aunque al final del juego siempre volviera a tener 49 años. Pero la razón más poderosa por la que quiero seguir teniendo la edad que tengo son mi abuela, Atlántida Mosteiro Góngora, y mi madre, Lérida Yero Mosteiro.
El haber sido nieto e hijo de dos mujeres extraordinarias, me impide cualquier tipo de canje con otro Camilo que no sea el que he sido. Todavía hoy, cada vez que me enfermo y no puedo salir de la cama, siento el olor y el calor de mi abuela, oigo su dejo asturiano en mi oído.
Aunque ya mi madre es muy mayor y recuerda muy pocas cosas de todo lo que fue, tenerla cerca me ayuda a luchar contra las dudas o los miedos y a convencerme de lo que hago. Soy más creíble ante mí mismo. Por eso, la única salida que tengo es tratar de imitar las cosas buenas de los milennials aunque sea más viejo que ellos y no tenga ya ni la mitad de sus fuerzas.
Simone de Beauvoir, uno de los seres pensantes que más ha hecho para acabar con las desigualdades de género, dijo una vez que “el problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”. Si Simone viviera hoy (y si fuera junto a Sartre, mucho mejor), no pensaría de esa manera. Ya no hay nada más ridículo que el machismo.
Los hombres, las marcas y los centros comerciales que creen que el Día de las Madres es el de la que cocina, lava, limpia, plancha y debe hacer todo en casa, tienen cada vez menos espacio en el futuro. La era de hipertransparencia que vivimos no solo sirve para provocar escándalos políticos o financieros, también deja al desnudo a los que tienen prejuicios o discriminan.
Si Simone estuviera entre nosotros, reconociera que en las sociedades actuales cada vez hay menos espacio para los que ven diferencias entre un hombre y una mujer en cuanto a capacidades, salarios o confiabilidad. Si la compañera de Sartre compartiera el presente con nosotros, tendría que admitir que el machismo ya es un síntoma de inferioridad.
Todas las mañanas del mundo yo le preparo el desayuno a Diana Sarlabous. No recuerdo cuándo y por qué empecé a hacerlo. Fue algo natural, como lo es todo entre nosotros. Eso no me convierte en un héroe, sino en un tipo normal, alguien que hace lo que debe hacer cuando comparte, además de una vida, eso tan hermoso y duradero que es el presente, la cotidianidad.
Por eso y muchísimas razones más, estoy convencido de que el Día de las Madres es el día de todos los días.

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