30 ene. 2016

Yo creía que Hamlet Hermann era eterno

(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

Siempre me resultó incómodo abrazar a Hamlet Hermann. No soy alto, pero tampoco soy bajito; sin embargo, cuando la estatura de Hamlet me abracaba por la cabeza, me sentía un liliputiense al lado de Gulliver. Disfruté de su cariño y de su cercanía por años, hasta que, después de no pocas discusiones, nos distanciamos.
No fue por culpa de nosotros, sino de Cuba, esa isla rodeada de mar y de extremismos por todas partes. Hamlet no comprendía por qué yo llamaba dictador a Fidel Castro y yo no podía entender cómo él lo seguía llamando revolucionario. A partir de ahí, para mí fue muy doloroso pasar cerca de él sin dejar que me abracara por la cabeza.
Pero nunca dejé de querer y admirar al héroe, al guerrillero, al ingeniero, al escritor, al valiente, al consecuente, al honrado, al conversador, al hijo de teatreros y, sobre todas las cosas, al padre de Sara, una de las mejores obras de Hamlet, a quien quiero mucho y con quien he compartido algunas de las mejores experiencias de mi vida.
Recuerdo que una vez comimos los tres juntos en un restaurant italiano de Santiago. El lugar era (o es, no sé si todavía existe) horrible, pero su comida inmejorable. Cuando nos abrieron la puerta del sitio, Hamlet nos pidió que cerráramos los ojos. “No miren para las paredes —dijo sonriente, después de su nervioso pestañeo— concéntrense en comer y conversar”.
Hablamos por horas y durante todo ese tiempo las cosas que nos rodearon no tenían nada que ver con lo que había colgado en las paredes. Ese día, cuando volvimos a salir a la calle, señaló hacia la Cordillera Septentrional: “Siempre que anden por Santiago, busquen el Diego de Ocampo y mírenlo por un rato, esa montaña es mágica”, dijo.
A modo de homenaje, en cuanto se supo de su repentina muerte, muchos comenzaron a compartir lo mejor de Hamlet Hermann en las redes sociales. El Grillo, un medio emergente que se fundó recientemente, rescató una carta que le envió Danilo Medina en 1998, cuando Hamlet dirigía el único proyecto serio que se ha llevado a cabo en República Dominicana para resolver el caos vehicular.
“Infórmole, para los fines pertinentes, de la justificada preocupación que existe entre los miembros del gabinete de nuestro gobierno, por el excesivo celo dispuesto en el cumplimiento de las disposiciones reglamentarias”, dice la misiva firmada por el actual Presidente.
Luego se supo, en Acento, que el origen de ese “regaño” que Hamlet obviamente no toleró, fue el vehículo de Diandino Peña, el cual estaba mal parqueado en la 27 de Febrero y la AMET, que entonces hacía cumplir la Ley sin distinción ni concesiones, lo retiró en una grúa.
Entre las tantas anécdotas de Hamlet que se compartieron en las redes sociales durante estos días, varias personas recordaron el enorme “4%” que pintó en la verja de su casa, que queda frente al Palacio Presidencial. Cuando Leonel Fernández (quien siempre se negó a invertir en educación lo que la Ley mandaba) se asomaba a su ventana, era eso lo que veía.
Cuentan que desde el Palacio enviaron a un oficial para que Hamlet borrara su exigencia. “Vengo a quitar ese cartel, porque es un insulto al Presidente”, dicen que dijo. “Quítelo”, se limitó a responder Hamlet. La respuesta del guerrillero al militar parece haber sido muy clara, porque dio media vuelta y se marchó. El cartel todavía está ahí.
Yo creía que Hamlet Hermann era eterno. Por eso nunca me acerqué a pedirle que al menos por una vez nos olvidáramos de Cuba y que me volviera a abracar por la cabeza (para los que no conocen el término, según el “Diccionario de cubanismos”, es abrazar fuertemente a una persona hasta privarlo de su defensa”).
Yo creía que estaría siempre ahí, que iba a tener tiempo de sobra para volver a conversar con él. Pero me consuelo con sus gestas, sus libros y el gigantesco legado de honradez, valentía y resistencia que le dejó a los dominicanos. Me consuelo con Sara, que lleva con ella el pestañeo nervioso y lo mejor de Hamlet Hermann.

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