8 dic. 2016

Inesperadamente, regresé a junio

Ayer en la tarde estaba redactando un texto sobre el 40 aniversario de Brugal Extra Viejo. Justo cuando escribía algo sobre la Navidad de 1976, año en que fue presentado el primer ron dominicano con envejecidos de hasta 8 años, vi que una carpeta salió volando de mi Desktop.
En unos pocos segundos, uno tras otro, perdí todos mis archivos. La desesperación que sentí en ese momento, debe parecerse a la de un piloto que de pronto pierde el control de su aeronave. Llamé a Lorenzo González, un viejo amigo dominicano que sabe tanto de Mac como Tim Cook.
Al final descubrimos que había sido un accidente. Hace más de un año, María heredó un viejo iPhone que primero fue de Diana y luego mío. Para que pudiera acceder a contenidos a través del iTunes, le di acceso a mi cuenta. Tratando de ganar espacio en su obsoleto aparato, empezó a borrar “cosas que ella no usa” en el iCloud.
Solo alcanzamos a recuperar los archivos que tenía antes de junio, que fue la última vez que hice un Time Machine. Perdí el arte final de Como si fuera sábado (el libro con las columnas que publiqué en la revista Estilos), todos los poemas que he escrito en los últimos cinco meses y varios trabajos de Ediciones el Fogonero (mi pequeña empresa de consultoría en estrategias de comunicación).
Hoy he amanecido como quien vuelve a su casa un día después de que se incendiara. Busco entre los escombros todo lo que me pueda servir para salvar algo. Puse de fondo de pantalla la imagen de un tren a punto de partir. Pretendo que eso me de ánimo y fuerzas para el arduo trabajo de recuperación.
Trataba de memorizar en vano uno de los poemas perdidos (se llamaba “300 hilos” y me gustaba mucho), cuando caí en cuenta de que, al volver a junio, hay algo mucho más terrible que perder versos, trozos de una novela, cuentos, reportajes a medio hacer y trabajos de consultoría.
El Gran Dictador aún respira.

28 nov. 2016

Por muy pocos que sean

Lo que ha quedado,
entre el polvo
de la noche y la piel
desnuda de la isla,
ya está
fuera
de tu alcance.

Es casi nada,
pero será
más que suficiente.
Ya no importa
lo diga
el eco
de tu eco.
Eso no
nos hará
más pobres
ni menos libres.
Ahora
solo te resta
entender
al silencio,
comprender
la falta
de autoridad
que tienen
los mausoleos,
respetar
a los que aún
sacan
fuerzas
para volver
a empezar de cero.

Por muy pocos que sean,
en sus manos está el futuro.

27 nov. 2016

JUAN CARLOS CREMATA: “Nunca voy a dejar de ser artista, aunque trabaje en un Publix o una piscina en Key Bizcaine”

Para celebrar los 10 años de El Fogonero, comencé una serie de pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Mi intención era que sus palabras se convirtieran en mi fiesta. Disfruté tanto los diálogos y la posibilidad de compartir sus ideas y testimonios, que he decidido seguir hasta lograr 100 entrevistas a 100 cubanos a los que le debo algo.

A Juan Carlos Cremata solo lo he visto en la televisión, los periódicos o de lejos, en una Habana de la que tanto él como yo nos acabamos marchando. Nuestra primera conversación fue un chat en Facebook. Ese día le dije que su película Viva Cuba (2005) era una de mis obras preferidas del cine cubano. Desde entonces hemos compartido muchas cosas, siempre a través de esa estrecha ventana que se abre en la parte inferior de la pantalla.
Ya una vez, a principio de los años 90 del siglo pasado, se le hizo difícil vivir en su país. En aquel entonces, fue a dar a Chile y de ahí a Argentina, donde llegó a dar clases dos universidades. Después de ganarse una beca Guggenheim y de vivir en Nueva York, tuvo la necesidad de volver a La Habana a hacer cine cubano. Primero filmó Nada y luego la que es —hasta hoy— su obra más reconocida.
En 2015, su puesta en escena de El rey se muere, de Eugene Ionesco, fue censurada y su grupo de teatro disuelto. “Algunos funcionarios presionaron a los pocos amigos que me ayudaban para que no lo hicieran. Sin pronunciar una palabra, estaba claro de que no me dejarían hacer nada más en Cuba”, dijo entonces en una entrevista. Poco después, aprovechando una invitación del PEN Club de Nueva York, decidió exiliarse.
Más de una vez ha dicho que su sombrero y sus espejuelos oscuros son su personaje, que detrás de ellos está la “persona no pública”. Por eso tengo la impresión de que cuando respondió estas cinco preguntas no los tenía puestos.

Nuestra generación llevó sobre sus hombros el peso de una historia que otros hacían (o destruían, vista en la distancia). A ti te tocó llevar una carga aún más pesada, porque entró en tu casa y dejó una tragedia. ¿Cómo se vive con eso, de qué le ha servido al artista que eres?
La tragedia, en mi vida personal, va muy ligada también a la comedia. O a la alegría de vivir, para ser más exactos. Como en el teatro griego, pasamos de Sófocles a Eurípides de una manera “rápida y furiosa”. Ha de ser, parece entonces, una compensación obligada. Un mecanismo de defensa. O lo que nos dicta, desde el inconsciente, nuestro más elemental instinto de conservación.
La manera en que perdí a mi padre, me hace, a cambio de insistir en la desdicha, recordarlo siempre vivo. Alegre, como era. Jaranero. Jovial y contagioso. Quien lo conoció puede dar fe de ello. Por eso como artista, y como ser-humano-ante-todo, me cuido y he tratado continuamente de hacer bien a los demás. Y felices. Y tolerantes. Y más abiertos de pensamientos. Por ende, de acción. Y por supuesto, sobre todo he intentado ser sincero conmigo mismo. Soy un hombre contento.
He logrado muchos sueños. Y cada día sueño más. No me interesa pues, por ahora, ahondar para nada, en la tristeza. Ya bastante cuota de infelicidades tiene uno en la vida, como para aumentarlas. Ser artista es la coraza de mi positividad constante. Es mi persistencia. Mi perseverancia. Mi razón de ser. Mi destino y mi delirio.
Por otro lado, ya sabes que en Cuba se venera la pérdida. No la ganancia. Y además, como todo, se politiza… Hay quien, por un lado, me acusa de haber sido un “privilegiado” de la Revolución —¿qué “privilegio” puede haber en que te asesinen a un padre? ¡Y de esa manera monstruosa, en el crimen de Barbados!—. Por otra parte, la “Revolución” me acusa hoy de “desagradecido” —¿dime cómo se puede agradecer la sinrazón y el reino del oportunismo?—.
Yo soy un ARTISTA. Gústele a quién le guste. Y pésele a quién le pese. Y el arte es mi única política. Sin fronteras. Es mi credo, mi voluntad, mi raciocinio, mi religión, mi esencia, mi patria, mi himno y mi bandera. Aprendo de todo. Y a diario. De lo bueno. Y de lo malo. Bueno, de lo negativo trato al menos de salvar lo educable. Lo que me hace crecer. Aprender y avanzar son mis lemas.
Y la historia…, todos sabemos que es como una vieja puta a la que todo el mundo maneja a su antojo. La dignifican o ensucian con excelsos o malsanos caprichos. Pero la patria somos todos. Los que la habitamos (desde cualquier parte del mundo) la rehuimos, la gozamos, la padecemos, la añoramos, la sufrimos… Lo demás es paisaje para turistas.

Hay varias películas cubanas que, por razones, tengo que volverlas a ver cada cierto tiempo. Viva Cuba es una de ellas. Aunque la película no ha envejecido, tú ya no eres el mismo. ¿Le cambiarías algo ahora, sobre todo después de haberte convertido en el personaje de una historia parecida?
Las películas son el resultado de lo que fuimos una vez. Y de cómo pensábamos en ese entonces. Pero adquieren su independencia cuando se distribuyen después del estreno. Me asustaría mucho ser siempre el mismo. Porque creo en el cambio. Constante. Y a diario.
Te puedo asegurar, que no le cambiaría absolutamente nada, ni un ápice a lo hecho. Como no puedes cambiar lo vivido. Las películas son como hijos. Y Viva Cuba fue, además, como una iluminación inmensa. Una niña muy querida. Los ojitos dulces de mi hija. Todavía me regala satisfacciones increíbles.
Es la película que más premios ha ganado en la historia de la cinematografía cubana —acapara 47—, entre ellos el Grand Prix Ecrans Juniors de Cannes. Pero además es un filme que te remite y alude al niño que fuimos alguna vez. Y que muchos, nos resistimos a dejar de ser. Vivir ahora otra historia, me generará, espero nuevos argumentos.
Y una manera distinta de pensar. Siento que tenemos el deseo constante e imperativo de cambiar. Porque el que se detiene está perdido. Y trato de avanzar. Machado, siempre Machado, y “se hace camino al andar”. Mañana es muy seguro que piense distinto. Porque uno va conociendo, digiere y procesa.
Pienso, luego existo ¿no se trata de algo de eso? Ahora intento escudriñar en el exilio. Conocerlo desde dentro. Al sentirlo.

Una vez el escritor cubano Lorenzo García Vega pidió que lo retrataran con su uniforme de empacador del Publix. Para el integrante del Grupo Orígenes, aquel era también un acto de honestidad intelectual. Tú te has retratado junto a Zenaida, la piscina que atiendes en un condominio de condominio de Key Bizcaine. ¿Cómo defines ese acto?
Como un buen inicio en la memoria que quiero llevar de mi exilio. Siempre me contaron otras historias sobre lo que pasaba con los cubanos decididos a dejar su tierra y a probar suerte en otras partes del mundo. Quiero recogerlas ahora. Y sentir en carne viva y en mi más hondo pensamiento, las miles de historias de desarraigo, dolores, alegrías y empeños de este lado de la historia.
Para poder hablar con propiedad de esta otra vida he de vivirla. No veo ninguna intención oculta, más que el de contarle a la gente que me quiera escuchar, todo lo que estoy viviendo. No sé cuáles fueron los motivos de Lorenzo García Vega. Pero en mi caso, es como hacer público una especie de diario de mi nueva existencia. De la manera más artística que sepa. Es un espacio donde puedo seguir creando. Experimentando con el lenguaje audiovisual.  
En Cuba me condenaron a morir en vida. Como la única consigna posible es “patria o muerte”, yo me vi obligado a elegir, a cambio, “mundo y vida”. Y el exilio ni es tan rosa, ni es tan tétrico. Ahora puedo decirlo. Aunque es corta aún mi experiencia. Lo veo como un proceso profundamente humano. Y que no es patrimonio solamente de nosotros los cubanos. Aunque se ha vuelto sino.
Siempre trato de ser sincero conmigo mismo. Al tiempo que divertido. Ya te digo: aprendo y avanzo. Me interesa indagar y sentir a flor de piel —pero también muy adentro— lo que sintieron y sienten todos los desarraigados de la tierra. En especial de esa isla que llevamos en las venas. Y en cada uno de nuestros mejores pensamientos.

Al dejar Cuba, no solo dejaste atrás a tu familia, a tu ciudad y a tu país; también abandonaste ideas y proyectos que probablemente nunca puedas recuperar. ¿Cuál de los proyectos que se quedaron atrás te ilusionaba más?
Cuando salí de Cuba salí con proyectos filmados y otros escritos. Que espero terminar. Un largometraje titulado Semen, que fue filmado de manera clandestina y sin permisos oficiales. Y una cuarta entrega de mis Crematorios. Siempre tengo algo debajo de la manga. Y el proyecto que más me sigue ilusionando, es la adaptación al cine —que daría además para una serie ahora que están tan de moda— de la, a mi modesto entender, mejor novela escrita en Cuba: Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro. Estaba por filmar Fe de ratas, un texto de Elio Fidel López Veláz, un joven dramaturgo que es excelente. Y en teatro, quería hacer el único musical que no pudo —¿o no le dejaron?— estrenar nunca a Virgilio Piñera: El encarne.
No son proyectos a los que he renunciado. Para nada,  ¡Nunca renuncio! Están ahí. Vigilo por ellos y los acaricio. Aunque evadiendo mis diarios desvelos, aún los conservo en el mismo centro de mis anhelos. Y forjan también el extenso catálogo de mis mayores esperanzas. Aunque por ahora, deba aprender a vivir de otra manera.

¿Cuál es el plan B de Juan Carlos Cremata para no dejar de crear, para salvar su obra, para salvarse?
Tengo plan B, un plan C, un plan D y así, sucesivamente, hasta cubrir todo el abecedario. ¿No crees que con librarme de todo aquello ya me salvé? ¡Ya estoy salvado! Lo que hice está ahí y es imposible olvidarlo. Aunque haya quien lo menosprecie o intenta condenar al silencio. Nunca voy a dejar de ser artista, aunque trabaje en un Publix o una piscina en Key Bizcaine.
Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Y al mismo tiempo, sí. Siempre he pensado que si no logro lo que quiero, muero en el intento. Y que esa es una manera de alcanzar mis sueños. De todas formas, tal y como decía más o menos John Lennon: “la vida es todo aquello que sucede, mientras uno se empeña en hacer otros planes”.
Mi obra está salvada. Y eso a su vez me salva a mí. Está ahí. Podrán intentar silenciarla. Pero eso es cada vez más difícil en estos tiempos de comunicación global, virtual, digital, super-tecnológica, y contemporánea. Mi obra futura vendrá con el tiempo. Si la vida me acompaña. Of course!

26 nov. 2016

¡Ya!


Aurelio, Atlántida, Serafín, Aldo, Cary, Titita, Lázaro, Eloísa, Yindo, Paulino, Monga, Sixta, Cipriano, Rao, Roberto, Yanelis y todos los míos que no pudieron ver este día: ¡El dinosaurio ya no está allí!

9 nov. 2016

¡Bienvenidos a Trumpzuela!

Desde niño tengo una gran admiración por Estados Unidos y su cultura. Nací encerrado en una dictadura populista que nos inculcaba un odio visceral por todo lo que viniera del Norte. Eso hizo que miráramos con mayor curiosidad hacia arriba. Le decíamos la Yuma, por aquella película del oeste donde sale un tren a las 3:10.
Gracias a Martí descubrí a Emerson. Luego vinieron Mark Twain, Jack London, Sherwood Anderson, William Faulkner, The Eagles, Simon & Garfunkel, Bob Dylan, Chicago, Bruce Springsteen… En mi iTunes tengo tanta música americana como cubana. Los escritores estadounidenses ocupan dos libreros y medio, los cubanos solo uno.
Cada vez que volvemos a Estados Unidos, Diana repara en mi cara de felicidad y me lo hace notar. Sí, admiro y disfruto muchísimas cosas allí. En el último viaje conocí Las Vegas, quizás lo que menos me interesa de esa cultura. Hicimos escala en Dallas. En la pista había un avión gigantesco, obsceno, decía Trump en sus costados.
En Las Vegas la mayoría de los edificios también eran gigantescos, obscenos, uno decía Trump en sus costados. Como su avión y su hotel, el presidente electo de Estados Unidos representa para mí lo peor de ese país, lo que parecía condenado a desaparecer en el nuevo siglo.
Desde finales de los 90, los venezolanos insistieron en elegir y reelegir a un populista. Primero dividió al país en dos mitades irreconciliables, luego lo llevó a la ruina. Afortunadamente, la influencia de Hugo Chávez era limitada. No es el caso de Trump, cuyos desmanes tendrán una incidencia global.
Hace poco leí que Berlusconi era la precuela de Trump. También volví a leer aquella frase donde Gore Vidal recordaba que “la mitad de la población de Estados Unidos no ha leído nunca un periódico. Y la mitad de los americanos no ha votado nunca a un Presidente”.
Hoy, con Gore, tenemos que admitir que esas dos mitades coincidieron ayer. Estados Unidos no es Venezuela, Trump no podrá destruirlo, pero podría hacer que retroceda varias décadas. El tren de las 3:10 salió anoche alrededor de las 11, no va a Yuma sino a Trumpzuela.

8 nov. 2016

Atlántida Mosteiro Góngora

Hace muchos años que tengo varios borradores de una novela sobre mi infancia que se llama como mi abuela: Atlántida. Una vez Abilio Estévez me recomendó que, para que pudiera dominar mejor a los personajes, escribiera sus biografías. Esta es la de ella. Pronto tendré 50 años y todavía no me acostumbro a su ausencia.

Tiene 64 años. Nació en las montañas del Escambray el 11 de junio de 1914. Hija de un gallego y una asturiana. Su madre murió en el parto de Nellina, su hermana menor, cuando ella apenas tenía 11 años. Fue enviada a la casa de los Donato, en Cienfuegos, que era la familia del esposo de Herminia, su hermana mayor.
Allí le sirvió de modelo para una escultura al arquitecto Pablo Donato Carbonell, quien diseñó la fachada del Cementerio Tomás Acea (una copia a mayor escala del Partenón de Grecia). Luego la enviaron a casa de los Piz, en el Paradero de Camarones. Allí conoció a Aurelio Yero y se casó con él.
Tuvieron cinco hijos: Aldo (murió de meses), Caridad, Argelia, Lérida y Aldo. Aún en las épocas meas difíciles vistió siempre con elegancia. Buena, fina, obsesiva con dos cosas: las tradiciones y la limpieza. Nació y se crió en un mundo dividido en dos colores, pero eso lloró tanto el día que descubrió que Barbarito Diez era negro.
Es excelente costurera (cose todas las camisas de Aurelio y Camilo, sobre todo las de corduroy) y la mejor cocinera del pueblo. Los olores de sus sofritos son célebres y definen el punto del mediodía. Es muy friolenta, por eso siempre anda con un suetercito azul. El olor de ese suéter le produce felicidad y seguridad a Camilo.

Atlántida con sus hijos Lérida, Caridad y Aldo
y su cuñado Rao Yero, otro de los personajes
que llenaron de felicidad a mi infancia.

como una pared, como un muro, como una frontera

La última vez que estuvimos en La Loma de Thoreau, Marianela Boan​ hizo esta foto desde la terraza en construcción. Nunca había visto a esos pinos, caobas y robles, así, como una pared, como un muro, como una frontera. ¿Será que ahí se acaba todo lo que necesito del mundo?

7 nov. 2016

La Nicaragua de Ortega ya es más vieja que la de Somoza

El poeta nicaragüense Francisco Larios resumió, en el muro de Facebook de algunos de sus amigos, lo ocurrido ayer en su país:

Y con mucha tristeza lo digo: no hubo elecciones en Nicaragua.
Solo una ratificación de la traición.
La lista de los traidores es larga:
los Ortegas, Arces, Alemanes, Maximinos, "Liberales", y demás especies de la fauna política, que con muy honrosas excepciones (la escasez les da valor) cambian de color con más naturalidad que un camaleón;
la Iglesia Católica, entre timorata y cómplice, y podría decirse más, mucho más;
las iglesias evangélicas, al servicio del poder que--dicen--"emana de Dios", y de paso engorda su diezmo;
los mercaderes de siempre, los empresarios del Cosep, los Pellas, y tantos otros ocupados en contar sus treinta monedas: antes apoyaron la guerra en nombre de la democracia (y también--un detalle--para recuperar sus propiedades), pero hoy que se enriquecen al lado de sus antiguos enemigos se limpian el trasero con la democracia; prefieren hacerse los que no han vivido un día la violencia que tarde o temprano entra en escena en nuestro repetitivo drama nacional cuando se cierran las compuertas electorales;
los "vivos" que hoy son orteguistas, "cristianos, socialistas y solidarios", y antes corrieron tras otros huesos;
los padres y las madres que enseñan a sus hijos a "no ser baboso";
los que se mofan de la gente que se "atreve" a tener principios y expresarlos, porque en la realidad amoral de la Nicaragua "cristiana", se castiga con penuria económica y hasta exclusión social a mucho individuo íntegro, ¿pero, el corrupto?...ese siempre tiene lugar en la mesa y el convite.
La única esperanza es que una fruta podrida al final cae. Pero es legítimo dudar--y da tristeza admitirlo-- que de la semilla de esa fruta nazca un árbol mejor: la tradición de oportunismo que se va creando en nuestro joven país es una loza que aplasta el progreso.

Ayer, uno de los más infames políticos de la historia del continente volvió a ganar unas elecciones. Daniel Ortega ha gobernado en Nicaragua más que nadie, su país ya es más viejo que el de Somoza.
Anótese esta vergonzosa página a la cuenta de esa izquierda corrupta y amoral que se extiende por nuestras tierras de América como el hongo en la uña. Los invito a encontrar alguna diferencia entre Somoza y Daniel Ortega.
Cuando se cansen de buscar en vano oigan “Andará Nicaragua”, de Silvio. ¿Era este el "camino en la gloria" al que se refería el trovador?

1 nov. 2016

Miravalles en alguna parte

Reynaldo Miravalles, probablemente el intérprete más importante en la historia del cine cubano, emigró a Estados Unidos a mediados de los años 90 del siglo pasado. Dejó La Habana para reencontrarse con su hijo en Miami. Rolando Díaz, quien le dirigió en Los pájaros tirándole a la escopeta (1984) y trabajaba en un documental sobre su legado como actor, aseguró que pocas veces ha sido testigo "de una relación padre-hijo de tanta intensidad". 
Después de 15 año de lejanía, Miravalles volvió a Cuba para rodar Esther en alguna parte (Gerardo Chijona, 2013). Muchas personalidades de la cultura dejaron constancia de su alegría cuando se hizo realidad ese regreso. No olvido el hermoso testimonio que dio Pablo Milanés sobre el reencuentro entre ambos. 
Antes de ayer, mientras estaba en La Habana de visita, Reynaldo Miravalles falleció. Para que su hijo pudiera llevarse el cadáver a Miami, el régimen le exigió 10 mil dólares. Según fuentes cercanas a la familia, la Embajada de Estados Unidos se ha comprometido a cubrir esos costos. 
La dictadura parásita de Fidel y Raúl Castro ha dado suficientes muestras de que no le queda ni un ápice de vergüenza; pero aun así, no deja de sorprender la desfachatez con la que tima a sus propios ciudadanos. Reynaldo Miravalles, en alguna parte, debe de estar pensando que la suya es una buena trama para una película de Titón.

Reynaldo Miravalles, cará

Reynaldo Miravalles (a la derecha) en la escena más famosa
de El hombre de Maisinicú (1973).
Serafín Venegas, mi padre, eligió a Manicaragua como su lugar en el mundo. Teniendo en cuenta que pasaba la mayor parte de su tiempo entre las truchas del Hanabanilla, las cuberas de Casilda y los animales del monte, quizás sería más exacto llamarlo su hábitat.
Era un hombre del Escambray y compartió en ese lomerío con hacendados, guerrilleros, alzados, teatristas y cineastas. Su amistad con Sergio Corrieri me permitió conocer de cerca la experiencia del Teatro Escambray y asistir de niño a los rodajes de documentales y películas.
Papi y Sergio solían reunirse en casa de Daniel Peña —un amigo de ambos— para irse de pesquería a la presa de Jibacoa. En el secadero de café de esa casa se filmó una de las escenas de acción de Río Negro (1977). Gracias a eso, conocí en persona a Reynaldo Miravalles.
Él no actúa en la película, ahora no podría decirles qué hacía allí, pero lo cierto es que todos se le acercaban a saludarlo y los campesinos lo miraban asombrados: “¡Ese fue el que mató al hombre de Maisinicú!”, repetían con asombro. En 1983, a propósito de los 10 años de la película, organizaron una función especial en el cine Yara de Manicaragua.
Pocos pueblos como ese vivieron y sufrieron esa guerra civil que la revolución, tan dada a los eufemismos, llamó “lucha contra bandidos”. Muchas familias allí tenían un muerto en ese conflicto y no pocas en ambos bandos. Mi padre, que era un fanático de la película de Manuel Pérez, me hizo verla otra vez.
Varias escenas provocaron exclamaciones, palmadas, voces… pero en el momento en que apareció Cheíto León, el personaje que interpreta Miravalles, alguien, emocionado, gritó: “¡Llegó el caballo!”. Muchos comenzaron a aplaudir, pero poco a poco se fueron escabullendo dentro de su propio aplauso hasta darle alcance a un silencio unánime.
Mi vida, como la de todos los cubanos de mi generación, está llena de recuerdos de Reynaldo Miravalles. Estos dos solo me son especialmente familiares. Ayer Cuba perdió a uno de los más grandes intérpretes que ha tenido la cubanía y el cine de mi país se quedó sin su rostro más duradero.
Siempre, por una razón o por otra,  estaré volviendo a las películas que protagonizó Reynaldo Miravalles. Gracias a esas imágenes en blanco y negro o a todo color, seguiré disfrutando de su arte. Cada vez que le vea aparecer, oiré otra vez, de manera inconsciente, el grito anónimo del campesino emocionado: ¡Llegó el caballo!

28 oct. 2016

1975

En el 2000, para despedir al siglo XX, en La Gaceta de Cuba publicamos un extenso dossier donde escritores, creadores y artistas cubanos elegían su año preferido. El mío fue este.

Ahora sé que el infinito es redondo y que para verlo, primero hay que pintarlo con azul de metileno. El maestro Gustavo habla de mares, golfos y océanos y luego da la espalda para hacer una serie de marcas en un mapa pintado de ocre y sepia. El Pacífico, el Índico, el Ártico y el más cercano a nosotros, el Atlántico, que pudo cubrir a un continente que tenía el mismo nombre que mi abuela. Todos nos referíamos al mar, como a la mayoría de los inventos que existían por el mundo, sin haberlo visto.
Una tarde vi a mi madre hablando en la punta del andén con un desconocido, el hombre dijo dos veces que no con la cabeza y una vez que sí. Mi madre le puso una cantidad de dinero en las manos y dos días después supe que era un machetero voluntario que le había vendido su derecho a un refrigerador.
La misma tarde que compraron el aparato Minsk, hecho en Bielorrusia, mi abuelo puso a hacer un jarro de cinco libras de hielo. Cuando estuvo, dobló en dos un periódico, luego midió dos triángulos y volvió a doblar hasta tener un barco de papel. Me hizo una señal con la cabeza y tuve que seguirlo hasta la tina de las vacas. Hundió el hielo en el agua y, con mucha precisión, logró que el barco navegara hasta chocar con él.
–Se puede decir que un océano es interminable –me dijo–, como las distancias en el vacío. Pero aun así, un iceberg y un barco se pueden encontrar y eso es todo lo que le pasó al Titanic.
Me encogí de hombros y me quedé mirando cómo los renacuajos picoteaban la piedra de agua congelada. Con esa explicación y sin otra cosa que hacer, tendría que seguir pensando en el mar. Sólo dos cosas desviaron mi atención por esos días. Un Mig 15, que pasó envuelto en llamas sobre el cielo del pueblo y se estrelló en un cañaveral de Malezas, y la Batalla Contra los Piojos.
Del Mig 15 se supo muy poco. Un escuadrón de militares se ocupó de aplacar los murmullos y de que aquello se olvidara lo antes posible. La Batalla Contra los Piojos, en cambio, duró un mes entero. Todo empezó un viernes sin que nadie nos avisara. Una mujer con el uniforme gris de la Cruz Roja puso un cartel en el mural de la escuela:
“El socialismo debe conquistar a los piojos
o los piojos conquistarán al socialismo”.
                                                               Lenin
A todos los varones no pelaron al moñito y a las hembras le hicieron un cerquillo bien corto, para que los insectos apenas tuvieran donde esconderse. Todos los días, antes de irnos para la casa, teníamos que pasar por la manos de cinco mujeres vestida de gris para que nos revisaran minuciosamente. Algunos quedamos libres de la plaga de inmediato, pero otros tuvieron que soportar baños de kerosén y garrapaticida.
45 días después del comienzo de la ofensiva revolucionaria contra el Pediculus humanus capitis, cambiaron el cartel del mural por un diploma donde un pionero vencía de una estocada a un famélico piojo que llevaba el sombrero del Tío Sam y una capa con la bandera de los Estados Unidos:
Escuela Rural Conrado Benítez
Paradero de Camarones
Primer Lugar Municipal en la Batalla Contra los Piojos.
La construcción del Ferrocarril Central hizo que todos los trenes nacionales se desviaran y pasaran por mi pueblo. Unos venían de Santiago de Cuba y otros de La Habana. La gente iba o volvía del mar comiendo dulces de chocolate y diciendo adiós de una manera que parecían viejos conocidos. Llegaron locomotoras nuevas y entre ellas una soviética enorme que cuando pitaba los techos de las casas se levantaban en peso. Mi abuelo, un admirador empedernido del mariscal Zhúkov, abría los brazos orgulloso cada vez que la oía venir.
–¡Ahí viene el acorazado Potemkin!
Cada vez que se acercaba un aniversario de la Gran Revolución de Octubre, en el cine Justo ponían El Acorazado Potemkin. Nadie iba, sólo mi abuelo y yo. La primera vez que la vi me pareció cómica, como las de Charles Chase y Buster Keaton. Por eso, cuando el cochecito comenzó a caer por la escalinata de Odesa con el niño dentro, empecé a reírme y mi abuelo me dio un cocotazo que estuve llorando el resto de la película. A la salida, Angelina, la acomodadora, nos miró espantada, alumbrándome a los ojos con su linterna.
–¡Es inconcebible que este niño se emocione con esa cosa tan extraña!
En la película se podía distinguir el mar, pero a duras penas, era demasiado gris y cuando los marineros levantaban los brazos y empezaba a gritar cosas en silencio, se ponía oscuro y se perdía de vista. Por eso yo seguía sin entender muy bien esa idea de mirar hacia todas partes y no ver tierra firme.
A principios de octubre empezaron a construir un círculo de ladrillos en la escuela. En dos o tres días el redondel nos daba por la cintura y una semana después estuvo listo. Ninguno de nosotros sospechaba qué utilidad podía tener y nos pasábamos el recreo mirando hacia su interior vacío. Unos pensaban que era una jaula para llenarla de tomeguines y azulejos, otros creían que era del mago que nos cobraba una peseta por hacer que el Venao Ortega pusiera un huevo o se sacara una codorniz de la manga. 
El mago siempre venía a fin de mes y nosotros teníamos que bajar la cabeza para que él se cambiara de ropa, se pusiera una oreja en la nariz y dos narices en las orejas. Sí, era muy probable que ese círculo de ladrillos fuera para que el mago Veintekilos se vistiera con el traje de papel plateado sin que nosotros tuviéramos que bajar la cabeza.
Pero el día 27 por la tarde nos pusieron a cargar cubos de agua para llenar el círculo. Luego nos ordenaron que al día siguiente fuéramos a la formación del matutino con la boina encajada hasta la frente y un ramo de flores blancas. Una maestra disolvió dos pomos de azul de metileno en el agua y no nos permitió que la tocásemos.
Yuyo Serralvo, que participó en la revolución del 33, en la clandestinidad y en la lucha contra bandidos, fue el que pronunció el discurso al día siguiente. Fue algo muy sencillo, apenas dijo que ni la sequía, ni el enemigo iban a impedir que nosotros tuviéramos un mar donde echarle flores a Camilo. Camilo, era Camilo Cienfuegos, el comandante de la Revolución que desapareció de noche, en un avión, sin que nadie le hubiera visto pasar envuelto en llamas, entre el mar, la incertidumbre y una tempestad.
–¡Hurraaaaa! –Gritamos todos y por primera vez empezamos a llenarnos las manos de esas extensiones que el maestro apuntaba en el mapa y luego nombraba con tiza en el borde de la pizarra: Caspio, Mediterráneo, Adriático, Sargazos, Caribe...
Los que llegaron a probarlo, aún dicen que no es tan salado como se cuenta en los libros. El círculo de ladrillos ya no existe, sólo queda su marca a ras de la tierra. Pero durante mucho tiempo sirvió para quitarnos de encima el olor del alquitrán que hierve a la altura de los ojos y para llegar a creer que el mar, al menos en el Paradero de Camarones, era una porción de agua rodeada de cañaverales por todas partes.

26 oct. 2016

En las nubes

Cuando era niño y me entretenía pensando en las musarañas y en un sin fin de cosas imposibles, los maestros y mis padres me regañaban: "¡Estás en las nubes!", decían. Cuánto me gustaría decirles que de cierta manera tenían razón y que, al filo de los 50, hice realidad mi sueño. ¡Por fin llegué, estoy en las nubes!

25 oct. 2016

De regreso

Cuando ya no sea el que besa tu espalda
justo antes de quedarse dormido,
ni el que atraviesa media isla
para sembrar
el fervor de tus ojos
entre la neblina 
y las tardes del sábado.
Cuando ya no pueda probar
que fui parte de la historia
de un país 
que se quedó sin historia,
ni el viajero que perdió
todos los trenes 
de regreso a casa.
Cuando ya no logre asir
tus manos pequeñas,
ni volver
a los olores,
los ecos
y las palabras
que me dan sentido;
esparce
lo que quede
de mí
entre estos árboles.
Trata que sea
lo más
cerca
que
puedas
de la cañada.
Deja que el bosque
me ensuelva,
que los aguaceros
me lleven de regreso
al río,
al mar
y al polvo
del que provengo.

Consignas, insultos

En abril de 1980, cuando miles de cubanos se refugiaron en la embajada del Perú en La Habana, el gobierno de Fidel Castro reaccionó con Actos de Repudio y Marchas del Pueblo Combatiente. En YouTube, a través de documentales y testimonios, se pueden constatar todas las atrocidades que cometió el régimen durante esa crisis.
Uno de aquellos días, el periódico Granma recopiló todas las consignas que gritaban los movilizados mientras insultaban, golpeaban y humillaban a los que no estaban de acuerdo y preferían marcharse de su país. Aunque aparecían malas palabras y frases realmente vergonzosas, el sentido de la publicación era “orientar al pueblo”.
Recuerdo que mi abuelo Aurelio (un jefe de estación que decía lo que en verdad pensaba cuando estaba bajo la protección de su sillón de majagua) cerró el periódico indignado: "¡Esto es fascismo!", dijo. Esa misma semana, la maestra vino a buscarme para un acto de repudio. Era en casa de Norberto, amigo inseparable en el aula y en los juegos.
Mi abuelo dijo que yo estaba enfermo de la garganta y no me dejó ir. No dio más explicaciones, ni a la maestra ni a mí; cuando la maestra se marchó, mi abuela Atlántida me dijo que lo hacía por mi bien. Gracias a eso no fui parte del horror, aunque no lo supe hasta muchos años después.
The New York Times acaba de recopilar todos los insultos que ha proferido Donald Trump durante su campaña (¿él pensará que son consignas?) y por un momento recordé a mi abuelo. Él hubiera dicho de Trump lo mismo que decía de Fidel.

18 oct. 2016

El sembrador

He sembrado aquí
todos los vacíos
que dejé
en mi lejana
provincia.
Cuando crezcan
estos pinos,
habré llenado
los espacios
que abandoné,
las sombras
a las que no volví.

He trasplantado
lo que ya
no tenía lugar.
Cada vez que soplo
sobre la paja,
esparzo
recuerdos silvestres,
todo
cuanto me queda
de mi lugar
en el mundo.

Estas semillas,
aún con cáscara,
todavía fértiles,
esperan
por la lluvia
que cada
tarde anuncian,
por ese viento
que dice
ser capaz
de provocar
por fin
un desenlace.

17 oct. 2016

¿Quiénes no tienen derecho a contar su país?

Periodismo de Barrio, uno de los mejores medios para tratar de acercarse a la inescrutable y penosa realidad de Cuba, amaneció bloqueado en la isla. Su editorial, ¿Quiénes tienen derecho a contar un país?, puede leerse en todo el mundo menos en el lugar para el que fue escrito.
En el ya lejano año de 1970, Alvin Toffler enunció esta época de sobrecarga informativa en la que vivimos. Infoxicación, ese fue el nombre que le dio a lo que acabaría ocurriendo con el exceso de materiales que dispondríamos sobre cualquier tema.
Incluso dentro de Cuba, donde el Estado trata de mantener un asfixiante control sobre los contenidos que se producen en la isla, los blogs y los medios alternativos son cada día más. Esa es la razón por la que he tenido que reducir a unos pocos links mi rutina de lecturas diarias sobre mi país.
Solo entro a los espacios fundamentales y entre ellos está Periodismo de Barrio. Me interesa sobre todo por dos cosas: el ángulo siempre novedoso desde el que abordan los temas y la gran calidad de todos los textos que publican. Son tan buenos los dossiers que arman, que he llegado a releer algunos.
Tras el paso del huracán Matthew por el extremo oriental de la isla, parte del equipo de Periodismo de Barrio se movilizó hasta Baracoa para reportar el proceso de recuperación de las comunidades. Pero no podremos leer sus historias ni ver sus imágenes, porque fueron detenidos y su medio bloqueado.
En Quienes tienen derecho…, cuentan los detalles de lo ocurrido:
“Debimos entregar las contraseñas y las cámaras, grabadoras digitales, computadoras portátiles, memorias flash, lectores de libros electrónicos y teléfonos celulares, y estos fueron chequeados durante al menos cuatro horas. Se nos informó que las imágenes y grabaciones de nuestro trabajo en la provincia serían borradas y que los equipos electrónicos se devolverían. Las tres mujeres que forman parte del equipo de Periodismo de Barrio fueron revisadas físicamente por una oficial para buscar otros medios tecnológicos que hubieran podido ocultar en sus cuerpos, tratamiento que se da a casos predelictivos”.
Si eso es una vejación en cualquier lugar del mundo, también debería serlo en Cuba. Digo esto pensando en tantos y tantos comunicadores y activistas latinoamericanos que se pasan la vida lidiando con los fantasmas de dictaduras pasadas y siguen sin ver a la única que aún perdura en su continente.
Periodismo de Barrio no es tan obvio ni elemental como los medios oficiales del régimen, por eso su pregunta no fue quiénes no tienen derecho hoy a contar su país en Cuba. Aun cuando todos sabemos la respuesta, no deja de  avergonzarnos tener que admitirlo.
Sí, nosotros, los cubanos, somos los únicos en América Latina que todavía no tenemos derecho a contar nuestra historia. Siempre tenemos que esperar a que el régimen nos las cuente o que alguien desde afuera se asome y diga.

13 oct. 2016

Bob Dylan también lo sabe

Cuando cobré mi primer salario fuera de Cuba (periódico El Caribe, penúltima quincena del año 2000) lo primero que hice fue comprarle un juguete a mi hija. Luego me fui a la librería más grande de Santo Domingo para regalarme libros que en mi país eran muy difíciles de hallar.
Recuerdo que me fijé una barrera a mí mismo. Aunque encontrara muchos, solo podía comprarme tres (replicando, inconscientemente, el número de juguetes al que teníamos derecho una vez al año). Ese día por fin conseguí mis propios ejemplares de Tres tristes tigres y La ignorancia.
Para el tercer libro tenía varios candidatos pero, ya camino de la caja, encontré una antología de las  canciones de Bob Dylan traducidas al español. El Camilo Venegas que fue capaz de decidirse por aquel cuaderno, está de fiesta desde que supo que el autor de Like a Rolling Stone había ganado el Nobel de Literatura.
Ese premio, como cualquier otro reconocimiento que sea decidido por un jurado, está plagado de disparates. Es imperdonable, por ejemplo, que Jorge Luis Borges se muriera sin recibirlo. Al paso que van, Kundera también se les puede ir para la eternidad antes de que atinen a dárselo.
Pero eso no le quita méritos a Dylan, que es tan bueno como Kundera o Philip Roth, otro de los candidatos. Al principio, lo que conocemos hoy como literatura era cosa de trovadores. Luego, en el lugar de la guitarra se quedó el silencio. Si Sindo Garay estuviera vivo, nadie merecería más que él el Premio Nacional de Literatura en Cuba.
El poeta cubano Sigfredo Ariel escribió hoy en su muro de Facebook que este era un “premio a la poesía que se oye, se canta y se lee”. El cineasta Kiki Álvarez comentó que también lo era a una de las expresiones más humanas de la sociedad norteamericana contemporánea.
Los suecos que deciden el Nobel de Literatura han errado mucho, muchísimo, pero esta vez fueron acertados, transgresores, valientes y, sobre todo, justos. Eso lo sabe hasta Bob Dylan. Pero, como diría Calamaro en su canción a Elvis, Bob es muy discreto y no dice nada.

12 oct. 2016

Una pequeña conversación con un amigo dominicano

Ayer, un dominicano muy querido, me dijo que admiraba el amor que yo sentía por mi país y que no sé explicaba cómo podía vivir lejos de él. Es cierto, no puedo vivir sin Cuba —le respondí—, pero tampoco podría vivir en Cuba. La Cuba que necesito es intangible. Está en la música que oigo, en los libros que leo, en lo que dicen mis amigos, en lo que todavía recuerda la mala memoria de mi madre. 
Todo lo que hablamos fue a propósito de esta foto. Son las ruinas de la Escuela Secundaria Básica en el Campo de El Nicho, en las montañas del Escambray, donde estuve becado entre 1979 y 1981. El niño que fui en ese lugar es tan irrecuperable para mí como el país donde nací y viví hasta noviembre del 2000.

1 oct. 2016

Otra vez por el Bladi

Alejandro Aguilar y Marianela Boán trajeron de Cuba El Caimán Barbudo dedicado a Bladimir Zamora Céspedes (Cauto del Paso, 1952- Bayamo, 2016). Me costó mucho trabajo rebasar la portada. Incontables veces vi a Bladimir frente a una nueva portada de El Caimán. Mucho de lo poco que sé de edición, lo aprendí mientras él discutía el color, la imagen, los titulares…
Ahora era él quién estaba en una portada, la primera desde mediados de los años 80 sobre la que no pudo opinar. Como uno quiere creer que sus amigos durarán siempre, estaba frente a algo impensable para mí. Alejandro y Marianela me tenía otra sorpresa guardada. En el dossier sobre el Bladi incluyeron un texto mío, que publiqué en El Fogonero el pasado 5 de mayo.
Lo primero que publiqué en El Caimán fue un poema. Recuerdo que mi padre me preguntó si ese Camilo Venegas era yo. Aun cuando mencionaba al mediodía del Paradero de Camarones y a los gorriones de Manicaragua, él no se lo creía. “Escribe otras cosas —me dijo cuando se recuperó de la sorpresa—, que esos poemas de ahora no hay quien los entienda”.
Si mal no recuerdo, lo último que publiqué en El Caimán…, a mediados de los años 90, fue sobre mi pueblo. Más que una crónica, era un acto de justicia. Originalmente, el cine del Paradero de Camarones se llamaba Justo, en homenaje al padre de Chena, el dueño. Luego, cuando le cambiaron los nombres a casi todo en Cuba, le pusieron Jobusí (el nombre de un cacique que vivió por la zona de Potrerillo).
Justo no había sido un patriota, pero tampoco merecía tanto olvido. Los más viejos de mi pueblo lo recordaban con mucho cariño. Toda su vida fue maquinista de los Ferrocarriles Unidos de La Habana y cuando pasaba por el Paradero de Camarones hacía que su Balwind estremeciera los techos con largos pitazos.
“Lo más justo es que nuestro cine se vuelva a llamar Justo”, concluía en mi texto. Increíblemente, a raíz de la publicación, se creó una comisión en el Poder Popular de Cruces y mandaron un pintor de brocha gorda para que hiciera la rectificación en la fachada del cine. Emocionado, Chena se apareció en mi casa con un regalo: dos litros de leche acabada de ordeñar y una docena de enormes aguacates.
Le llevé algunos de regalo al Bladimir y, cuando lo probó, me miró muy serio: “¡Qué clase de aguacate, chico! —dijo mientras se saboreaba—. Los campesinos somos así de agradecidos… A ver… ¿a qué más podemos cambiarle el nombre en tu pueblo?”.
He vuelto a publicar en El Caimán por el Bladi. Aunque hubiera preferido cualquier otra excusa, no niego que en el fondo me produce una gran felicidad, ese raro estado al que se llega por razones muy extrañas y que no siempre implican a la alegría. Por eso, solo por eso, estoy muy agradecido de los que decidieron incluirme en el homenaje.

27 sept. 2016

Juventud sin vejez

Apenas recuerdo la historia. lo único que retengo es que el príncipe no envejecía y que la muchacha… a la muchacha la recuerdo perfectamente. Era rubia y cerraba los ojos lentamente, como si quisiera que todos estuviéramos pendientes del movimiento de sus párpados.
Mi infancia y mi adolescencia en el Paradero de Camarones quedan muy lejos de iTunes y de Netflix, incluso de la televisión por cable. En la Cuba donde nací y crecí solo había dos canales que transmitían de 6 de la tarde a 12 de la noche. Los televisores eran en blanco y negro; la programación gris, muy gris.
Esa es una de las razones por la que tenía tanta importancia la matiné del Cine Justo, que era los domingos a las 10 de la mañana. Por apenas 20 centavos (hace poco el Chiqui me confesó que Chena dejaba pasar a los que no los tenían), nos sentábamos a ver personas en colores viviendo vidas extraordinarias.
Gracias a esa matiné tuve mi primera novia, di mi primer beso y —es justo reconocerlo— sufrí un dolor muy fuerte en medio del pecho que luego, gracias a poetas y trovadores, supe que se llamaba amor. Pero mucho antes de eso, estuvo Juventud sin vejez, una película que vi incontables veces.
Ayer, buscando en Internet obras de Eduardo Muñoz Bachs, di con su cartel, que fue realizado por Ñico (otro de los maestros de la gráfica cubana) en 1972. Todos los detalles que tengo de la película son los que aparecen en el afiche. Gracias a él, ahora sé que la rubia se llama Carmen Stanescu.
Miro los dos cometas, las montañas y la corona amarilla. Me quedo por un rato con la vista fija en los estrictos contrastes de la imagen y acabo perdido en el recuerdo del niño que fui. Con toda seguridad llevaba una camisa de guinga, pantalones cortos y una moñita que se mantenía en su sitio gracias a la brillantina.
1972, reza el cartel.  Lo que les cuento debió ocurrir cuatro o cinco años después. Éramos pobres, felices y, sobre todo, niños sin vejez. La felicidad en aquella época solo necesitaba que una muchacha cerrara los ojos lentamente, para que nos mantuviera pendientes del movimiento de sus párpados.