7 nov. 2015

La casa del escritor

La Underwood Portable donde se escribió Por quién doblan las campanas.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

Viví 33 años en Cuba y visité una sola vez a la casa que tuvo en mi país Ernest Hemingway. No me sentía atraído por el refugio insular de un hombre que vivió como si el mundo fuera un enorme continente. Aun cuando fue un gran marinero, todo a su alrededor parecía tierra firme, lo mismo en San Francisco de Paula que en Whitehead Street.
La semana pasada, sin embargo, fuimos hasta Cayo Hueso y no nos detuvimos hasta encontrar la casa donde se terminó Adiós a las armas y se escribió de principio a fin Por quién doblan las campanas, dos novelas que le explicaron al adolescente que fui el horror de la guerra como ningún libro de historia.
De los 10 años que vivió allí el escritor solo se conservan algunos muebles, la pared de ladrillos que hizo alrededor de la casa —como si se tratara de un fuerte y no de una residencia— y los descendientes de Snow White, una estirpe gatos de seis dedos a los que se les permite dormir hasta encima de las reliquias más valiosas.
“En esta casa se escribió el 70% de la obra de Ernest Hemingway”, nos dijo el guía con una emoción aprendida de memoria. Parecía tasar los libros con el mismo criterio que su autor calculaba el valor de los enormes peces que sacaba de la corriente del golfo: por libras y por pies.
Sillas españolas, lámparas venecianas, máscaras africanas, fotografías de famosos y una botella de licor ¡con una llave! (todo parece indicar que con esa cerradura ‘Papá’ se aseguraba de que nadie se le adelantara en el brindis). Aunque se conserven sus muebles, libros y cuadros, no hay un lugar más vacío en el mundo que la casa donde vivió un escritor.
Es por eso que los turistas que descansan en los corredores de la casa parecen haber tirado un ancla. Se comportan como barcos, el mundo perdido de Hemingway es su fondeadero. Algunos, para tener una constancia de su viaje, tiran una moneda en una vieja máquina para imprimir sobre ella la barba borrosa del escritor.
Estábamos en la Florida y nos fuimos hasta Cayo Hueso para estar más cerca de Cuba que de Miami. Pero acabamos en la casa de un hombre que jamás se detuvo ante ninguna distancia. Las fotos que se exponen son la mayor prueba de ello: combates en Europa, cacerías en África, pesquerías en el Golfo, borracheras en el Sloppy Joe's o en El Floridita.
“Hemingway escribía durante las primeras horas de la mañana, de pie y desnudo —detalló el guía—. El resto del día lo empleaba en vivir”. Con la última parte de la frase hizo dos gestos. Primero empinó el codo y luego extendió el brazo como si fuera una caña de pescar. Esas dos acciones parecen ser parte del guión. Aun cuando caricaturizan al personaje, describen una parte esencial de él.
El viejo faro de Cayo Hueso está justo al lado de la casa de Ernest Hemingway. No tengo noticia de otro faro que se haya construido a más de un kilómetro del mar. Los que lo construyeron parecen haber intuido que llegaría un día en que la elevada lámpara sería inútil para la navegación. Su oscuridad, sin embargo, seguiría señalando el camino a la casa del escritor.
Cuando nos fuimos de Cayo Hueso comenzaba una fiesta de disfraces. Hombres vestidos de mujer, mujeres sin vestir, esqueletos, monstruos, esperpentos, hazmerreíres y mamarrachos. A nadie se le ocurrió disfrazarse de Hemingway.
76 años después de que el escritor abandonara a Pauline y a Cayo Hueso, solo él interpreta a su fantasma en esa pequeña isla. Lo demás hay que preguntárselo a los más de 50 gatos de seis dedos que custodian su ausencia.

1 comentario:

Anónimo dijo...

" ...de pie y desnudo." Tenía prisa en escribr o todo lo contrario.