10 oct. 2015

Y de pronto aprendí a ser viejo

(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

Mi abuela tenía una mitad asturiana y la otra gallega, pero las canciones de un catalán le recordaban tanto su infancia, que empezaba a llorar con apenas oír la primera estrofa. Era la Cuba de los 70 y cada vez que Joan Manuel Serrat se asomaba en nuestro televisor ruso, Atlántida acababa enternecida.
Hace unos días, Diana estaba reunida con unos jóvenes y les contó que íbamos a un concierto de Joan Manuel Serrat. Ninguno sabía de quién se trataba. “¿Eso es música de viejos?”, preguntaron con desconcierto. Esa interrogante acabó regalándome una esclarecedora respuesta.
Una de las cosas más difíciles de la vida es aprender a ser viejo. Sobre todo a partir de ese punto en que ya nos empezamos a ver ridículos si nos empecinamos en estar a la moda y en aparentar lo que ya no podremos volver a ser (en el mundo apenas hay tres Rolling Stone y un solo Mick Jagger).
Cuando empecé a sacar la cuenta de todo lo que yo le debía a las canciones de Serrat, me sentí muy orgulloso y muy feliz de haber nacido en 1967 y no después. De lo contrario me había perdido aquella tarde en que oí por primera vez “Pueblo Blanco”. Mientras él presentaba a sus personajes, yo aprendía a reconocer a los que habitaban mi Paradero de Camarones.
Puedo situar el descubrimiento de cada canción suya en cada momento de mi vida. No olvido la tarde que le dije a Juana Granados, una rubia que bailaba mejor que Olivia Newton John, que era sinceramente suyo. Tenía 4 años más que yo, pero no pudo resistirse a la frase y acabó siendo mi primera novia.
Me convertí en un héroe entre mis amigos, ninguno se explicaba cómo lo había logrado. Pero el amorío apenas duró unas semanas. Obviamente, no supe cómo llenar el abismo biológico que había entre nosotros. Afortunadamente, las canciones de Serrat también estaban ahí para explicarme los fracasos y ayudarme a salir de los hoyos.
Aunque mi santa abuela me rogaba que me cuidara de las malas compañías, siempre supe elegir a mis amigos con tabla rasa: los peores de cada casa. Más tarde, cuando llegó el momento de aprender a enfrentarme a la sociedad y tratar de que oyeran lo que necesitaba decir, descubrí que entre muchos tipos y yo había algo personal.
Eso es algo que no supero aún. Cuando me apasiono en una discusión con alguien y trata de advertirme que no lo vea como algo personal, insisto en que entienda que sí, que hay diferencias sustanciales que no pueden quedarse en el plano laboral o social, que también deben debatirse en lo personal, sin máscaras ni doble moral.
Cuando Serrat salió al escenario y empezó a cantar “El carrusel del Furo”, me di cuenta que seguía siendo el mismo tipo que tantas veces me había ayudado y que, de una manera irremediable, me había marcado. Entonces me acerqué al oído de Diana y le dije que ya sabía cómo ser viejo.
Cada generación tiene una banda sonora y algún cantautor acaba componiendo las canciones que la definen. La mía tuvo al mejor. Ni antes ni después de Joan Manuel Serrat ha habido en nuestro idioma alguien como él. Eso también lo comprobé en el concierto. Cada pieza sonó como un himno y cada estrofa era la mejor posible, insustituible, inolvidable.
Les pido, por favor, que si se encuentran con Diana no le cuenten de esta columna. Es que a ella también le dije que era sinceramente suyo. Aunque, en honor a la verdad, fue la primera y única que vez que fui absolutamente honesto.
Por eso quiero estar a su lado hasta que me deje en la ladera de un monte más ancho que el horizonte. Para entonces, solo pido tener buena vista y que mi cuerpo sea camino, le de verde a los pinos y amarillo a la genista.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Sentires bellamente escritos. Ejercito mi capacidad de asombro contigo, cubano. No deja de maravillarme tu prosa.

Alexis Romay dijo...

Cerca del mar...
Un abrazo,
A

Anónimo dijo...

Sinceramente nuestro es también la forma como podemos sentir a Serrat. El lo ha permitido así desde sus inicios.
Hermoso escrito Camilo!