26 sept. 2015

¡Ya tengo la respuesta!

Obra dominicana del artista cubano José Bedia.
(Cortesía de Lyle O. Reitzel Gallery) 
   
(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Esta semana me hicieron una pregunta que, como no la esperaba, fui incapaz de responderla. Me la hizo uno de los obreros del edificio al que acabamos de mudarnos. Durante los cuatro años que duró la obra entablé una entrañable amistad con muchos de ellos. 
Ninguno me dice mi nombre. Un día uno me llamó Cuba y como no opuse resistencia, el resto se apropió del apodo. Estábamos en un alero a 11 pisos del suelo, buscando el origen de una inexplicable filtración, cuando me soltó la interrogante.
—Cuba, tengo algo para decirte —a pesar de que teníamos un abismo a nuestras espaldas, hablaba cómodamente— ¿por qué tu viniste para un país que nos tiene jartos a todos, si el tuyo es tan bueno y tan lindo?
Solo se me ocurrió sonreír, como si me hubieran hecho un chiste y no un grave cuestionamiento. Traté de darle varias respuestas, pero ninguna era del todo honesta y preferí cambiar la conversación:
—Mira, mira el anclaje del louver, creo que el agua entra por ahí.
En verdad vengo de un país que a veces solo existe en el imaginario de algunos y en la nostalgia de otros. Por un lado, están esos “revolucionarios” recalcitrantes que pintan al régimen como una sociedad ideal, donde el bienestar y la felicidad se distribuye a partes iguales.
Para probarlo, publican en sus redes sociales fotos de estudiantes uniformados y sonrientes o de médicos orgullosos de sanar a la patria y al socialismo. Con la misma obviedad que la cereza cae encima del helado, citan alguna consigna y maldicen al capitalismo.
Por el otro, están los que admiten que los cubanos viven en la miseria más atroz y sin la más mínima expectativa de futuro, pero que deben resistir, porque ellos representan “un ejemplo de dignidad ante el mundo”, “el faro de América” o “la victoria del pequeño y valiente David sobre el gigante y cobarde Goliat”.
Frente a esas caricaturas está la Cuba real. Un país que ha ido envejeciendo de una manera dramática porque los jóvenes se van o se niegan a tener hijos. Una nación donde todos están obligados a pensar de una única manera para no ser excluidos o condenados. Una cultura que se ha desfigurado a golpes de censura y autocensura. Una identidad que se ha ido arruinando por las carencias más elementales…
República Dominicana tiene innumerables problemas. Eso es innegable. Pero los dominicanos disfrutan de una democracia. Aún es frágil, es cierto, pero ya es una democracia. La mayor prueba de ello soy yo mismo, que no nací aquí y he podido decir lo que pienso, con la mayor libertad, desde el mismo día en que llegué.
Si un cubano dice en su país un tercio de las cosas que yo —aun siendo extranjero— he dicho de algunos líderes políticos dominicanos, con toda seguridad estuviera en la cárcel acusado de traidor, mercenario, gusano y de todos esos atroces calificativos que las dictaduras acaban instaurando para acallar a sus ciudadanos.
¡Ya tengo la respuesta para mi amigo obrero! Vine a República Dominicana porque estaba jarto de vivir en un país “tan bueno y tan lindo” pero sin libertad. Quería que mi hija creciera con el derecho de decir lo que piensa aun cuando no tenga la razón.
En uno de sus libros, Juan Bosch compara la pobreza de Santo Domingo con la opulencia de La Habana. El genial cuentista se lamenta de que los dominicanos no hubieran construido una capital como la de los cubanos. A medio siglo de haber sido escrito ese ensayo, la realidad en ambas ciudades es inversamente proporcional.
Por eso, cuando los cubanos volvamos a tener una nación, yo quiero que se parezca a República Dominicana. Ser libres vale mucho más que un libro o una medicina gratis con la condición de permanecer amordazado.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tú lo has dicho, la libertad no se negocia...no debe negociarse.