9 may. 2015

No hay nada mejor que escuchar una canción

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Este año decidimos no ir. Aunque era una elección dolorosa (Diana y yo tenemos, por separado y juntos, memorables recuerdos de ese evento), preferíamos no seguir siendo testigos de la ya insoportable depauperación de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo.
Pero Alejandro Aguilar y Marianela Boán no pararon hasta que nos convencieron. “Cada vez que ese hombre hacía un comentario, pensábamos en ustedes”, afirmó Alejandro. “No pueden perdérselo, es una de esas cosas que te cambia la vida”, aseguró Marianela.
Fue así que acabamos volviendo a la mayor expoventa de matatiempos que se organiza anualmente en el Caribe. No íbamos a ver a un escritor, tampoco nada relacionado con el libro; pero, en honor a la verdad, se trataba de un artista que —por distintas razones— ejerció una gran influencia en nosotros.
A Diana sus padres se la llevaron de Cuba a los cinco años. Por eso ya no estaba allá el verano en que llegó una pareja de españoles cantando poemas de Nicolás Guillén. Él se llamaba Víctor y ella Ana. Como siempre estaban abrazados y los dos tenían el pelo del mismo largo, apenas se distinguían por la ropa y la voz.
Los recuerdo en blanco y negro, en el medio de un jardín tan grande que no cabía en la pequeña pantalla del televisor ruso. Primero Guillén recitaba y luego ellos repetían el texto a dúo, con una música que desde ese día forma parte de la banda sonora de mi generación.
El primer recuerdo que Diana tiene de ellos es casi silente. Porque hubo una época en que había que hablar en voz baja de lo que pasó en 7 Días con el Pueblo. Luego ella se grabó un cassette con sus canciones y más de una vez la regañaron: “¡No sigas oyendo a esos comunistas!”. 
Esa noche descubrimos que la música de Víctor Manuel era un hilo conductor entre nuestras experiencias. Cada quien desde la dictadura que le tocó vivir (a Diana una de derecha y a mí una de izquierda), en algún momento se auxilió en las canciones del asturiano como un acto de evasión o de protesta.
40 años después, Víctor Manuel sigue siendo y haciendo todo lo que uno espera de un artista. Ahora lleva el pelo corto y blanco en canas, pero detrás de sus gestos y su voz aún se descubren con facilidad la pasión y la irreverencia que los convirtieron —a él y a sus canciones— en un ícono. 
Los años y la “experiencia” suelen ser muy eficaces a la hora de domar a un artista. Poco a poco lo van acicalando hasta convertirlo en su ser redomado, que justifica lo injustificable, que se calla lo que no se puede callar y que se olvida de lo más peligroso. 
“Hay mucha gente amiga de dar consejos, que siempre te pide que mires hacia delante, que lo de atrás no importa. Pero yo soy animal de costumbres y me gusta tropezar por lo menos más de dos veces con la misma piedra”, comentó en un momento el autor de “Nada nuevo bajo el sol”.
En lugar de plegarse o de “morirse como vivió” (como repite neciamente un contemporáneo suyo), Víctor Manuel no se da por vencido y prefiere seguir exigiendo, recordando, preguntando: “¡Cómo voy a olvidarme/ de todas las derrotas,/ de tantos humillados,/ de las familias rotas…!”. 
Alejandro y Marianela tenían razón, “Vivir para cantarlo” es uno de esos conciertos que te cambia la vida. Sobre todo porque te ayuda a definir qué quieres hacer con tu vida, qué quieres ser en la vida y qué no harías por nada de la vida. 
Esa noche, cuando volvimos a casa, buscamos el concierto en las tiendas virtuales. Necesitábamos verlo y oírlo muchas más veces. No sabría escribir una y mucho menos ponerle música, pero gracias a Víctor Manuel confirmé que no hay nada mejor que escuchar una canción con amigos alrededor. Juntos somos más que dos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Y qué bueno que acabaron sucumbiendo ante la maravillosa insistencia de Alejandro y Marianela. A ellos nunca les falta razón.

Anónimo dijo...

Pero mejor es Silvio. O no?

Anónimo dijo...

Ay no! Víctor Manuel no te deja esperando más. El te lo entrega todo.