25 abr. 2015

La asignatura que me enseñó a soñar

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

A los 79 años, Mario Vargas Llosa sigue siendo un hombre capaz de batirse con un mundo de cambios radicales. Sus fuerzas aún le alcanzan para denunciar con energía los abusos del totalitarismo y la discriminación. Su lucidez, siempre llega puntual para alentarnos de lo que va mal.
La pasada semana, en México, criticó la progresiva desaparición o la reducción al mínimo de las clases de literatura en el currículo escolar, frente a las materias “más prácticas”, esas que permiten encontrar mejores trabajos y mayores sueldos.
“No hay que creer que el soñar, el desear cosas distintas, es un quehacer superfluo, suprimible o secundario”, advirtió el gran novelista. Esa frase me hizo recordar los primeros libros que leí y todo lo que les sigo debiendo. Corrían los años 70 y mis padres se acababan de divorciar.
Tenía 6 años cuando me llevaron a la estación de ferrocarril donde vivían mis abuelos maternos. Ese día comenzó en verdad mi infancia. Mi abuelo Aurelio era ferroviario y, sobre todo, un gran lector. En su vitrina, junto a los registros de trenes y los itinerarios, estaban sus libros.
El Paradero de Camarones era muy pequeño y desolado; pero en compañía de Emilio Salgari, Julio Verne y Mark Twain se me hizo inmenso. Debí parecerle alguien muy extraño a los que me veían solo en el andén, con un turbante en la cabeza y un cuje de guácima atado a la cintura, como si fuera la cimitarra de Sandokán.
Cuando terminé todas las aventuras del Tigre de la Malasia, me enrolé en el Nautilus junto al Capitán Nemo. Entonces los cañaverales se trocaron en un océano por el que navegué veinte mil leguas. Todavía la forma de ser del personaje de Verne me sigue inspirando.
Pero ningún libro me influyó tanto en aquella época como “Las aventuras de Tom Sawyer”, de Mark Twain. Gracias a sus páginas, todo a mi alrededor empezó a transformarse. Incluso le perdí el miedo a la callecita oscura por la que tenía que ir al cine, porque me creía acompañado por Huckleberry Finn.
Luego, ya en la adolescencia, vinieron “El guardián en el centeno”, de J. D. Salinger; “El gran Meaulnes”, del soldado Alain-Fournier; “El vino del estío”, de Ray Bradbury; y la novela preferida de mi abuelo (que he tenido que releer dos veces para tratar de entender todas las cosas que él me decía de ella): “Moby Dick”, de Herman Melville.
He leído muchos más libros, algunos de ellos acabaron influyéndome muchísimo de adulto; pero me hubiera sido imposible ser el Camilo que soy (para bien y para mal) sin la ayuda de Salgari, Verne, Twain, Salinger, Fournier, Bradbury y Melville.
A veces, cuando tengo que hacer tiempo entre una reunión de trabajo y otra, me “escapo” para la librería Cuesta. Casi siempre eso acaba siendo una mala decisión, porque me entretengo y termino llegando tarde a la próxima cita. Me ha pasado muchísimas veces. Afortunadamente vivo en una ciudad donde el tráfico es una excusa perfecta, irrefutable.
Cuando defendía la importancia de las clases de Literatura, Vargas Llosa advirtió que “no hay que creer que el soñar, el desear cosas distintas, es un quehacer superfluo, suprimible o secundario”. Luego, dijo algo que yo, gracias a mis libros, experimento a diario: “La buena literatura nos enfrenta con un mundo mucho mejor que el mundo en que vivimos”.
Un ingeniero no necesita a William Faulkner para sus cálculos, un economista no precisa de Joseph Conrad para sus cuentas, un médico no tiene que acudir a Thoman Mann para salvar a un paciente; pero, por más éxito profesional que tengan, sus vidas acaban siendo más pobres sin ellos.
No me imagino mis años de estudio sin Literatura, la asignatura que me enseñó a soñar. Son las 9 de la mañana. Dentro de dos horas tengo una importante reunión de trabajo. Creo que me da tiempo a pasar por la librería Cuesta. Ojalá que los que me esperan no lean esto.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Te entiendo perfectamente. La literatura era muy asignatura favorita.

Anónimo dijo...

wao...