16 mar. 2015

Eduardo Lozano, mi hermano pintor

La inmensa mayoría de los recuerdos que me quedan de los 80 del siglo pasado, pertenecen a los años que viví en la Escuela Nacional de Arte de La Habana. Mucha de la gente que conocí y quise allí, permanece muy cerca de mí, aun cuando vivamos en geografías demasiado distantes.
Uno de ellos es Eduardo Lozano. Nos parecemos mucho. Los que creen en los horóscopos, achacarán eso a que nacimos el mismo año y con apenas unas horas de diferencia. Pero lo cierto es que siempre compartimos los mismos intereses y, en la escuela, colaboramos en nuestros trabajos desde el principio.
Hubo una época en que me convertí en un criador compulsivo de peces. Llegué a tener una bañadera y tres peceras llenas de goldfish, escalares, tetras, pecos y guramis. Con el pretexto de buscarles alimentos, pedaleaba todas las tardes hasta la casa de Lozano en Lawton. 
Allí, mientras bebíamos vinos caseros y rones de la peor calaña, intercambiábamos música, lecturas, proyectos, sueños y frustraciones. Con Leonard Cohen y un país que comenzaba a derrumbarse de fondo, compartimos siempre lo poco que teníamos. Muchas veces salí de su casa con un cuadro de regalo, colgado en la espalda, como si fuera una ballesta.
Ahora él vive en Valencia y yo en Santo Domingo. Hace más de 20 años que no nos vemos en persona. Pero seguimos compartiendo todo cuanto podemos. Hace unas semanas, Diana descubrió una serie que él le había dedicado a la Virgen del Cobre.
Se lo comenté a Lozano. “Es una lástima que ya no pueda llegar a tu casa en bicicleta —le advertí—, porque si no, lo fuera a buscar ahora mismo”. Pero cuando él supo que pronto estaría lista nuestra nueva casa, se puso a trabajar en un díptico para Diana. Hoy me ha escrito para decirme que ya lo terminó.
Hemos cambiado muchísimo. Cada uno, por su lado, tuvo que renegar de un montón de cosas cosas y convencerse de otras tantas. Pero ninguno de los dos ha traicionado nunca la esencia que nos hermanó. Ya estamos cerca de cumplir los 50 y seguimos siendo fieles con quienes éramos cuando nos conocimos.
Eduardo Lozano, mi hermano pintor, ha hecho una virgen para nuestra nueva casa. Hace un rato, mientras chateábamos, me imaginé que pedaleaba hasta su casa para ir a buscarla. Con Leonard Cohen de fondo, atravesé muchos de los paisajes que compartimos y le di un abrazo.
Entonces me di cuenta de que seguíamos viviendo muy cerca. Feliz por eso, cerré la ventana del chat y volví a Santo Domingo y al lunes 16 de marzo de 2015.

2 comentarios:

Eduardo Lozano dijo...

Hermano, me has hecho llorar recordando aquellos momento que compartimos en Cuba. Es una alegría innombrable compañías como las tuya y que lo mantengamos a pesar de las distancias...

Anónimo dijo...

Las relaciones buenas y duraderas dan sentido a nuestras vidas, la definen y la adornan.
Te felicito...