21 feb. 2015

Santo Domingo no es cosa de broma

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Llegué a Santo Domingo en un vuelo procedente de La Habana. Es decir, me fui de una ciudad que se destruía y arribé a una que se construía. Estaba tan acostumbrado a que las cosas eran inamovibles e insustituibles, que me costó mucho trabajo adaptarme al cambio constante, a la transformación permanente del paisaje.
15 años después, la capital de Cuba me luce tan irreconocible como la de República Dominicana. Parecería que cada vez que en la primera se derrumba un edificio, comienza la construcción de uno nuevo en la segunda. Entre esas dos realidades se ha tenido que debatir mi capacidad de asombro.
Mi primer guía en Santo Domingo fue Freddy Ginebra. Como es de suponer, más de la mitad de las cosas que me contó eran fabulaciones suyas. Por eso, al principio, me preocupé en consultar otras fuentes y apegarme a la verdad de los hechos. Luego comprendí que la ciudad inventada por Freddy era tan apasionante como la real.
Desde entonces data mi amor por estos espacios en los que ya he vivido más tiempo que en el Paradero de Camarones, el pueblo donde nací. Aunque casi nadie lo hace y la ciudad misma me ofrece mucha resistencia, trato de caminar por Santo Domingo cada vez que puedo.
El arquitecto frustrado que llevo dentro, disfruta andar por la Zona Colonial, por Gazcue y por los alrededores de los edificios que en Naco, Piantini y Evaristo Morales están inaugurando la arquitectura dominicana del siglo XXI. Esas obras de Yuyo Sánchez, Antonio Segundo Imbert y Alejandro Marranzini, entre otros, me ayudan a soñar con La Habana del futuro.
Andando por esos espacios también suelo tropezar con los chistes de mal gusto del Ayuntamiento. El alcalde de Santo Domingo desarrolló una exitosa carrera como comediante. Esa es la única explicación lógica que le encuentro al hecho de que se gestione la ciudad como si se tratara de una broma.
La época de Roberto Salcedo al frente del Distrito Nacional puede resumirse con el Zooberto, nombre popular del más horrible parque que se haya construido jamás en la región del Caribe. En ese espeluznante lugar, una araña, un gorila, un cocodrilo, un elefante y una tortuga fueron sembrados en un espacio idóneo para que crecieran grandes árboles.
A pesar del rechazo casi unánime a sus gigantes, horrendas y costosísimas bestias, Salcedo insistió en emplazarlas; como también impone sus piscinas gigantes cada vez que llega Semana Santa y su retrato en cada campaña que haga el Ayuntamiento, sin importar que sea a favor de la mujer o de los ciclistas.
Hace apenas una semana, el Ministro de Cultura, con toda razón, reclamó que el Auditorio construido (también caprichosamente) en el Parque del Conservatorio sirviera para presentaciones de los estudiantes de música y artes dramáticas. Pero el Alcalde lo encomendó a un empresario artístico. ¿Será que de verdad no entiende que una ciudad no es un programa de televisión?
 El más reciente absurdo protagonizado por el Ayuntamiento ocurrió en la Zona Colonial, donde la emprendió contra un grupo de jóvenes artistas que pintaron sus obras en los postes de la calle Padre Billini. Con el mismo énfasis que se le prohíbe a la Escuela de Bellas Artes exhibir los bajantes de sus exposiciones, se ordenó devolver todo al gris y al rosa (¿¿??) institucional.
Por eso prefiero vivir en la ciudad que me presentó Freddy Ginebra el día que llegué a Santo Domingo. Se trata de un espacio donde el pasado y el presente se conjugan para levantar un futuro promisorio. Se trata de un lugar del que todos están orgullosos y del que nadie se burla.
Santo Domingo no es cosa de bromas y es mucho más real que un ilusorio espectáculo de luces navideñas. Vivimos en la ciudad más grande y más importante de la región del Caribe; pero su verdadero valor depende de nosotros, de cuan en serio nos la tomemos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es increíble lo que llega usted a ser cuando escribe. Bendiciones.

Anónimo dijo...


ANTIGUAMENTE, LOS TRENES...

Antiguamente, los trenes
eran mucho más románticos:
el humo y sus grises cánticos,
los coches con sus vaivenes,
las novias en los andenes,
el lento adiós, el pitido...
Antiguamente, ni al ruido
se le guardaba rencilla.
Lento zoom back: ventanilla,
lágrimas, rostro perdido.

Ahora, en cada despedida
los relojes se atraviesan,
las parejas no se besan,
el humo es blanco y suicida.
Una voz semidormida
anuncia que el tren se va...
Pero todo el mundo está
leyendo, fumando, ido...
«Tren con destino al Olvido,
andén sin número: ¡ya!»

ADP