2 ene. 2015

Uno de los últimos poemas de 2014

Una vez le oí decir a Dulce María Loynaz que se era poeta hasta los 40 años. "Uno puede seguir escribiendo poemas a partir de esa edad —recuerdo que advirtió—, pero ya sin el estado de gracia que se tiene cuando se es joven". A mis 47, aún tengo la recurrente necesidad de escribir versos.
Cuando cuelgo un post en El Fogonero o me siento a contar una historia, mi principal objetivo es compartirlo con los lectores que pasan por el blog o los que luego alcanzarán a tener el libro. Los poemas, en cambio, se me ocurren y punto. No es algo que me propongo  o planeo.
Ese es el caso de este poemita, uno de los últimos que escribí en 2014. Estábamos haciendo las maletas, ya era hora de irnos, y el tipo insistió tanto que me tuve que sentar a escribirlo. No me preocupa si es bueno o malo. Lo que disfruto es la constancia, el hecho de que quede por escrito un acto tan efímero e indescriptible.
Dulce María Loynaz fue una mujer muy lúcida hasta el fin de sus días. Sus frases eran acertadas y tajantes, como los machetazo de su padre. Sin embargo, creo que respecto a la fecha de vencimiento del poeta estaba equivocada.


ESTA NOCHE SUBIREMOS A LA MONTAÑA

Esta noche subiremos a la montaña.
La idea es llegar
antes de que las aves
hagan caer los restos de la tarde.
Allí nos espera el final de diciembre,
los días y las noches
que el año sirve a la mesa
antes de marcharse.
Estaremos allá arriba lo suficiente.
No queremos volver
hasta asegurarnos
de que todo aquí abajo haya acabado.

Ya le pusimos punto final a las dolencias
y al inexplicable desasosiego
que nos produce,
al final de diciembre,
el recuerdo
de aquella vez
—hace ya medio siglo—
en que enero
salió de la neblina
y destruyó todo
lo que habían servido a la mesa.

1 comentario:

Mariposa dijo...

La montaña es mi refugio. Creo que por ello soy una isleña rara, pero igual abrazo la altura desde cualquier orilla en que esté. Tù debes ser poeta siempre...por favor