31 oct. 2014

Cuando Inés Tolentino dibuja a la insignificancia

(Escrito para el catálogo de la exposición Con los ojos abiertos, de Inés Tolentino, inaugurada ayer en Lyle O. Reitzel Gallery. Publicado en la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos) 

Al principio de La fiesta de la insignificancia, la más reciente novela de Milan Kundera, se reflexiona sobre el ombligo. Mientras camina por París, Alain —el primer personaje en presentarse— repara en que todas las jovencitas llevan el abdomen descubierto.
Según Kundera, la seducción femenina se ha ejercido a lo largo de las épocas a través de los muslos, las nalgas, los pechos y... el ombligo. Cuando leí eso recordé esos dibujos de Inés Tolentino donde sus personajes enseñan el ‘hoyito redondo’.
“¿Cómo definir el erotismo de un hombre (o de una época) que ve la seducción femenina concentrada en mitad del cuerpo, en el ombligo?”, se pregunta el escritor checo que vive en París. Algunas de las obras de la artista dominicana que también vive en París están en condiciones de responderle.
Con los ojos abiertos es una exposición, pero también podría ser una novela, una obra de teatro o una película; bastaría con trasladar lo que sucede en las paredes de Lyle O. Reitzel Gallery a las palabras, a un escenario o a una pantalla.
Según Inés Tolentino, ella está obsesionada. Le preocupan sobremanera “los estragos de la historia en un tiempo y en un espacio dados”. Es comprensible. Ha pasado su vida entre dos ciudades muy diferentes: París y Santo Domingo. La primera vive de la memoria, la segunda sobrevive del olvido.
Es muy difícil lidiar con dos mundos tan diferentes. Mientras en el primero tratan de conservar todo, convirtiendo en patrimonio hasta lo más insignificante; en el segundo (¿o debo decir tercero?) hasta el más importante patrimonio es tratado como una insignificancia.
Debe ser por eso que, para su ‘puesta en escena’, Inés pasa por alto los juicios de valor. Antes de señalar dónde está el bien y dónde el mal, a la artista le preocupa más —según sus propias palabras— el “gozo en la reproducción de una cara, de una pose, del pliegue de un vestido, de las manos, de la carne…”.
Aunque todos los personajes de Con los ojos abiertos llevan antifaz, ninguno tiene nada que esconder. Como la propia artista lo reconoce, más bien lo hacen por vanidad, para llamar la atención. Vivimos en una época (esto sí que lo comparten París y Santo Domingo) donde la falta de pudor se ha convertido en uno de los caminos más cortos hacia el éxito.
Esto no quiere decir que estemos ante personajes exitosos. De ellos lo único que llegaremos a saber es que tratan de escapar. No lo digo yo, lo dice la propia Inés: “van huyendo, disfrazados, alegres e inocentes, al tiempo, a la era, a las evidencias de un mundo trastornado y, finalmente, a sí mismos”.
Por primera vez en muchos años, el arte contemporáneo dominicano es obra de un amplio colectivo y no de dos o tres figuras aisladas (y a veces hasta marginadas). Por primera vez en muchos, muchísimos años, el arte contemporáneo dominicano es absolutamente contemporáneo.
De un tiempo a esta parte, un significativo grupo de artistas ha decidido hacerle caso omiso a la tradición, a las buenas costumbres y a los lugares comunes. Gracias a eso, se ha podido romper un círculo vicioso que habían trazado los llamados ‘maestros’. Inés Tolentino está entre ellos.
Una prueba de ello es esta muestra, que la artista define como una colección de “retratos tiernos, burlescos y dramáticos donde la máscara o antifaz subraya la frontera entre el artificio y la realidad”. Sin salirse del dibujo, la artista se salta la tradición para así también poder pasar por alto los prejuicios y ofrecer una “visión sincera y naturalmente crítica”, cualidades que, según Inés, son propiedad de los niños.
Debe ser por eso que aun las obras más dramáticas no pueden esconder un cierto candor y hasta un poco de ingenuidad. Inés Tolentino es madura e infantil, clásica y moderna, dramática y lúdica, aguda y simple. Pero todo eso está delimitado por una línea muy frágil que le toca al espectador trazar.
Cuando escribía este texto, llamé a Lyle O. Reitzel para consultarle algo. Casualmente, él conversaba con Inés Tolentino. Me la puso al teléfono y le adelanté que había comenzado con una referencia a Milan Kundera. Entonces ella me confesó que era uno de sus escritores preferidos. “Esta exposición, de alguna manera, es una fiesta de la insignificancia”, me dijo.
Terminamos la conversación con una broma. Antes, yo le recordé que la última vez que nos encontramos fue en Bonyé, en uno de esos domingos de son que organizan frente a unas ruinas del Santo Domingo Colonial.
Aunque Inés estaba vestida como una parisina, bailaba como una dominicana. Llevaba el ombligo afuera.

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