2 ago. 2014

El arte de trabajar con las tripas

De la serie Bosque seco (2014), José García Cordero. 
(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

Contra todo pronóstico, venciendo al sentido de la lógica y a la ley de gravedad, Casa de Teatro sigue en pie. La institución que con más constancia ha promovido la creatividad de los dominicanos acaba de cumplir 40 años. No es un milagro, es una hazaña.
Semejante proeza ha sido posible gracias a dos factores. Primero, a que Freddy Ginebra es indomable y jamás se da por vencido. Segundo, a que, afortunadamente, aún quedan locos capaces de seguirlo. Uno de ellos es José García Cordero, el reconocido maestro del arte caribeño, quien vino desde París para dar las gracias.
José conoció a Freddy a principios de la década del 70 del siglo pasado, una época que él define sin dar rodeos ni valerse de eufemismos: “eran los años de la dictadura de Joaquín Balaguer”, dice con firmeza, sin dejar el más mínimo espacio para que nadie se atreva a rebatir nada.
“Casa de Teatro se convirtió en el refugio seguro y productivo para una generación que tenía la esperanza de que su país podía ser mucho mejor de lo que era. Era un grupo amplio y diverso, con grandes convicciones y, sobre todo, con una gran creatividad”, recordó García Cordero en la Tertulia de Alejandro Aguilar.
El encuentro tuvo lugar en la víspera de la exposición “Concierto único”, organizada por Lyle O. Reitzel Arte Contemporáneo en el caserón colonial de la Arzobispo Meriño. Asistieron amigos entrañables, jóvenes artistas y los parroquianos de siempre, esos que siguen hallando en Casa de Teatro el refugio que tuvo José en 1974.
Antes de hablar de la experiencia del exilio, de lo que han significado para él París y el frío de Europa, José García Cordero describió con lujo de detalles la época en que Freddy Ginebra fundó a Casa de Teatro. “En los setenta y el país estaba por hacer”, dijo como si solo hablara con él mismo.
Luego se puso en el rostro una de sus sonrisas más amables y se fue a París del brazo de Julio Cortázar. Por un rato, el diálogo se concentró en su formación como artista; en el vital contacto que tuvo con esa enorme diversidad que fluye, como el Sena, por el corazón de la capital francesa.
“No sé quién hubiera sido yo de haberme quedado en República Dominicana, pero con toda seguridad no sería quién soy ahora. París no solo me permitió conocer a la vanguardia del arte contemporáneo y a un grupo de pensadores que fueron decisivos en mí, también me ensenó a descubrir quién soy realmente y de dónde vengo”, aseguro.
Esa última frase le permitió volver a Montecristi, el lugar de origen de su familia y uno de los escenarios fundamentales de su obra. El sol, el mar, la sal y el bosque seco han ido ganando protagonismo en el imaginario del artista, sin duda uno de los esenciales de República Dominicana.
“Al principio yo intenté expresarme de diferentes maneras y a través de diversos medios, pero al final descubrí que la pintura me permitía trabajar con las tripas, llegar hasta la esencia de lo que quiero decir. Eso creo que es visible en esta exposición, donde se ha logrado un conjunto muy personal, ligado a mi obra política, poética y animista”, aseguró.
Hay que darle las gracias a José García Cordero por ser un hombre agradecido. Su gesto con Casa de Teatro y con Freddy Ginebra ha dado como resultado una de las mejores exposiciones del año. Al final de la Tertulia, alguien le preguntó al artista por República Dominicana en tiempo presente.
“En los setenta el país estaba por hacer, ahora ya sabemos que no lo hicimos”, dijo. A los que no estuvieron allí esa frase puede parecerles pesimista. No lo era. El optimismo estaba en el tono, como en sus cuadros, donde el pintor llega a ser un hombre lleno de esperanza, de la más adolorida y rabiosa esperanza.

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