16 may. 2014

Una docena de croquetas

En 1997, un día como hoy, alrededor de las 10 de la mañana, subí hasta casa de Cintio Vitier y Fina García Marruz. Vivíamos muy cerca, en El Vedado, y ambos le encargábamos croquetas a Oraida, una vecina que lograba hacer magia con los chicharros, el único tipo de pescado que aparecía en la Cuba de entonces.
—Cintio y Fina también me encargaron una docena —me dijo Oraida con las manos llenas de pan rallado— ¿se las puedes llevar?
Fue Cintio quien me abrió la puerta. Siempre que llegaba a su casa me recibía con un chiste o una frase burlona. Ese día fue la excepción. Había tanta tristeza en el interior de aquella casa que se podía respirar. Desde la cocina, Fina preguntó quién era.
Como Cintio no respondió, ella salió para averiguar. Como casi siempre, venía secándose las manos en el delantal. Solo que esta vez no traía su sonrisa llena de dientes, en su lugar había una expresión de mucho dolor y los ojos muy rojos, como evidencia del llanto.
—Caramba, Camilo —me dijo Fina— ¿Ya supiste, no?
—No, no sé —respondí confundido—. ¿Qué pasó?
—Murió Gastón —dijo Cintio, mientras quitaba el estuche de su violín de una butaca para que Fina se sentara.
Siempre que iba a esa casa conversábamos sin parar. Los temas iban pasando, uno detrás de otro, como un largo tren de carga. Esa vez, en cambio, permanecimos un largo rato sin decir nada. Cintio y yo de pie, junto a la réplica del machete de Máximo Gómez; Fina, sentada, hundió la cara en sus manos y no la volvió a sacar.
Ese es mi recuerdo del día en que murió Gastón Baquero. Cuando volví a mi casa, todavía llevaba en las manos la docena de croquetas.
(Santo Domingo, 15 de mayo de 2014)

4 comentarios:

Freddy Ginebra dijo...

BRAVOOOOO MAESTRO!!!

Anónimo dijo...

Esta crónica, man, es una jodida joya.

Ileana Medina dijo...

Sí señor, vaya joya de crónica, lo tiene todo, hasta la brevedad.

Anónimo dijo...

cojones Camilo..... que grande eres escribiendo