3 ene. 2014

El último adiós a Perla Negra

Perla Negra, en el momento de la despedida.
Escribí un réquiem el mismo día en que le entregué sus llaves a Alejandro Aguilar. Pero entonces lo hice con la certeza de que volvería a verle. Aunque nunca más tomé su timón, navegué en ella muchas veces más por las calles de Gazcue, ayudando a mi hermano en sus mudanzas.
Hace una semana Alejandro anda en su nuevo Chevrolet. Tuvo la delicadeza de pedir mi consentimiento para deshacerse de Perla Negra, quien acabó siendo parte de la transacción. Como yo aún era su propietario legal, me tocó ocuparme del último trámite. Tuve que ir hasta el dealer a entregar la matrícula original y la carta de liberación.
Quiso el azar que tuviera que parquear a Marcello (el Fiat 500 de Diana) justo al lado de mi antigua embarcación. Un mecánico acababa de retirarle la placa de la Florida que Alejandro le había puesto. Ahí estaba la nave que siempre me llevó a salvo por las peores tempestades que he pasado en República Dominicana.
Recogí la placa de Alejandro para devolvérsela (debió olvidarla en medio de la euforia) y di una última vuelta alrededor de mi nave filibustera. Repasé todas sus heridas en combate y cada una de las marcas por las que le reconocía. Ahora sí creo que no le veré nunca más.
Alejandro y yo bautizamos a los nuevos jeeps con el nombre de nuestros padres: Nano y Serafín. Me despedí de Perla Negra pensando en ese hermoso homenaje a los respectivos viejos. Puse un tango de Paquito D’Rivera y no la volví a mirar. Ahí la dejé, fondeada en el recuerdo de tantas batallas.
Ojalá que le queden muchos años de vida útil. Sea quien sea su próximo capitán, le deseo la misma suerte que yo tuve junto a ella.

4 comentarios:

Alejandro Aguilar dijo...

Lindo homenaje, Camilo. Quien no conozca de cerca la historia, podría pensar en la frivolidad de la adoración a los objetos. Obviamente,estos metales están muy atados a historias personales, y jugaron o juegan su rol en ellas. el nombrarlos como nuestros padres, devela algo de eso. Gracias siempre, mi hermanito. Que Serafín y Nano, nuestros respectivos Rocinantes, nos sigan llevando por nuevas travesías vitales.

Anónimo dijo...

Eres un maestro de la crónica, chapó!!!!

Ana Tania dijo...

Para muchos, las cosas sólo tienen valor material; pero algunos, nos apegamos a determinadas cosas más allá de su valor. Son los vínculos que establecen con nuestra historia.
Con mi Chiqui -un Chevrolet Spark color naranja metálico, que fue mi primer auto en Chile- me pasó lo mismo..... Entró en mi vida como un galardón al esfuerzo del trabajo intenso, yendo a pie, en bus o metro, con lluvia o frío; y pese a su modestia, fue para mí un tesoro inigualable, que me acompañó en largos recorridos de una universidad a otra, para cubrir horitas de clases repartidas, con las que edifiqué mi presente, más estable económicamente. Con el Chiqui, conocí muchos lugares de este país; y siempre confiable, nunca me dejó botada en caminos o poblaciones desconocidas. Lo enchulé con aros de aleación, nuevos parlantes, aire acondicionado..Cinco años me acompañó. Cuando más lindo estaba, me lo robaron.
Quizás ya había cumplido su ciclo conmigo. Pude comprarme otro auto mucho más caro y también muy bonito:pero cuando veo un Spark parecido que me pasa al lado o se detiene junto a mi en el semáforo, no puedo dejar de recordar aquellos primeros años en Chile, manejando a mi Chiqui.
Felicidades en este nuevo año, amigo.

Marco A Martinez dijo...

Muy bueno. Es de esos relatos que se topan con uno y se saborean. No le falta nada, ni le sobra.