29 ago. 2013

Los zapatos de Estrada Palma, las botas del Che


En los primeros meses de 1959, cuando la revolución encabezada por Fidel Castro trataba de tomar el control absolutoen Cuba, se destruyeron los símbolos más visibles que había dejado la República. Comenzaron por las máquinas tragamonedas y siguieron por las estatuas.
La Avenida de los Presidentes, una rambla que desciende por todo El Vedado hasta desembocar en el mar, fue una de las principales víctimas de esa euforia revolucionaria. Todas y cada una de las estatuas que se habían sembrado allí a lo largo de 50 años fueron derribadas.
La de Tomás Estrada Palma (quien sustituyó a José Martí como Delegado del Partido Revolucionario Cubano y luego se convirtió en el primer Presidente de la República) tuvo un final tragicómico. Cuando lograron tumbar al hombrecito de bronce, sus zapatos se quedaron asidos al mármol.
Durante medio siglo, los zapatos de Estrada Palma han permanecido allí. Si la estatua entera encarnaba un símbolo, su calzado es aún hoy una metáfora. Mientras las hordas derribaban los símbolos del pasado cubano; en la fortaleza de la Cabaña, un argentino se hacía cargo de los que lo habían defendido.
Según se ha podido documentar, Ernesto Guevara fusiló a 167 cubanos en apenas 3 años. 15 en la Sierra Maestra (entre 1957 y 1958), 17 en Santa Clara (del 1 al 3 de enero de 1959) y 135 en la fortaleza de la Cabaña. Sin embargo, varias estatuas le rinden homenaje por toda la isla, sobre todo en la ciudad que posee la isla en el centro. Allí, es un inmenso mausoleo, dicen que descansan sus restos.
En Venezuela, donde tratan de replicar un régimen similar al de Cuba, acaban de derribar una estatua de Che. Esta vez no fue una horda enardecida sino algún contrabandista de metales. Ya deben haber fundido el cuerpo del Comandante, pero sus botas, como los zapatos de Estrada Palma, se quedaron firmes sobre el pedestal.
Ambos actos se parecen mucho. Además del hecho tragicómico que encierran, representan la lucha del presente contra el pasado. Tanto en Venezuela como en Cuba, el primero derribó al segundo. 

20 ago. 2013

Somos de la generación que hacía silencio para oír las canciones


Conocí a Corojo Valdivia en los primeros años de la década del 80. Cuando llegué a la Escuela de Arte de Cubanacán, él ya estaba allí. Aunque los dos estudiábamos dirección teatral, nos unió más el béisbol, sobre todo cuando su Sancti Spíritus y mi Cienfuegos se vestían con el uniforme de Las Villas.
Teníamos otros dos puntos en común: la literatura y la música. Más de una vez nos fuimos juntos por las librerías de uso de La Habana en busca de tesoros escondidos. Pirandello, Brecht, Piscator, Beckett, Sartre y, de Cuba, Piñera. Centavo a centavo reuníamos para seguir consiguiendo aquellos raros ejemplares, aun cuando estuvieran deshechos por la humedad y las polillas.
Respecto a la música, todo era mucho más complicado. En el país del que hablo era un verdadero lujo tener un tocadiscos propio. La mayoría de las veces las canciones sonaban en silencio, sobre las hojas de las libretas donde copiábamos las letras de Silvio, Pablo y Serrat, entre muchos otros.
Cuando teníamos la inmensa suerte de encontrar un cassette y el modo de reproducirlo, hacíamos un silencio absoluto. Así fue que, sentados en círculo alrededor de las bocinas, descubrimos a Charly García, Juan Carlos Baglietto y Fito Páez. Nadie se movía de su sitio mientras sonaban aquellos rocanroles de Rosario y el Río de la Plata.
Después de muchos años sin saber el uno del otro, nos reencontramos en Facebook. Como si aún nos habláramos desde nuestras respectivas literas, en el albergue de la ENA, Corojo me envió un link con el último disco de Santiago Feliú. “Oye eso, asere”, fue todo lo que dijo.
Seguimos siendo los mismos. Ya viejos, canosos, cansados, pero siempre listos para compartir lecturas o sentarnos en un círculo imaginario alrededor de una bocina improbable. Aún somos aquellos, los de la generación que hacía silencio para oír las canciones.

10 ago. 2013

El Bohío y nosotros


A los pocos días de haber conocido a Diana Sarlabous, acabamos caminando por la calle Obispo, en La Habana. Fue ella quien me convenció de volver a mi país, con 10 años de más. Un viejo telescopio nos convidó a entrar en un raro bazar de cosas inservibles.
Había muchos libros deshechos por las polillas, fotografías de los últimos días triunfales (aquellos donde la revolución aún era revolucionaria), un batiscafo y hasta un viejo refrigerador soviético. Entre todo aquello, que Eliseo Diego habría descrito como un muestrario de maravillas, encontramos carteles de cine cubano.
Compramos varios. Uno de ellos, el que hizo Eduardo Muñoz Bachs para el dibujo animado El bohío (Mario Rivas, 1984), acabó por darle nombre al hogar donde nos mudamos cuando nos casamos. Nuestra casa en Santo Domingo es, después de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, el lugar donde mejor he estado.
El Bohío es un apartamento diseñado por Yuyo Sánchez, uno de los más admirables arquitectos dominicanos. Hace unos días, conversando con él, descubrimos que era un admirador casi fundamentalista de La Habana y de algunos de los arquitectos que construyeron la cara moderna de la capital cubana (es decir, la de los 50s y los 60s).
Más de una vez me había preguntado por qué Diana y yo disfrutábamos tanto el espacio donde vivimos (al punto que en ocasiones nos cuesta mucho trabajo salir de él). La respuesta está en La Habana. Una serie de eventos afortunados hizo que El Bohío resuma lo que somos o, mejor aún, lo que queremos ser.
Los cuadros, los muebles, los cubiertos, las vasijas para beber el café, los olores, la música, la luz, el silencio… Gracias a Yuyo Sánchez, a un cartel encontrado por azar en la calle Obispo y los amigos que comparten este lugar con nosotros, El Bohío es nuestra patria. No tiene bandera ni himno, pero resume nuestra nacionalidad mejor que una declaración jurada.
No somos ni de aquí ni de allá, somos de El Bohío.

Mírala como si no la conocieras


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Eid Hirsh es un consultor peruano que trabajó durante unas semanas en Santo Domingo. Antes de que regresara a su país, la agencia de comunicaciones donde labora le hizo una entrevista. Querían conocer su experiencia dominicana, tanto laboral como cultural.
La pregunta final fue sobre la gente, las comidas y la ciudad. Comunicador al fin, hasta ese momento sus respuestas habían sido muy precisas y estaban hechas de ideas, datos, cifras y mensajes clave. Pero, llegado a ese punto, se aflojó la corbata. Es como si hablar de Santo Domingo le diera calor.
“Esta es una ciudad increíble —dijo Eid—, porque en ella conviven las tendencias más actuales de la arquitectura y la tecnología con el sabor popular. Gracias a eso, uno puede bajar de una torre corporativa ultramoderna y comprar un coco para beberse su agua, en plena calle. Voy a extrañar mucho eso cuando llegue a Lima”.
Mientras Eid hablaba de Santo Domingo, comenzó a enumerar muchas cosas que yo ya no veo. Por eso, cuando salí a la calle, traté de ver a la ciudad como si acabara de llegar a ella y tuviera que marcharme mañana. Me salí de esa estéril zona de confort que establece la vida cotidiana.
Entonces me di cuenta que, solo en la Abraham Lincoln, una avenida que recorro a diario, había muchísimas cosas que desconocía. También reparé en lo que ya no estaba en su lugar y en lo nuevo. Por un momento me olvidé del ruido, me abstraje del caos en el tránsito y comencé a andar por un ciudad nueva para mí.
“Voy a extrañar el ‘¡Saludos!’ del ascensor y el ‘¿Cómo tú ta’?’ de la oficina —aseguró Eid—. También le echaré de menos a las habichuelas con dulce y a la amabilidad de la gente, una de las cosas que más he disfrutado de Santo domingo es la amabilidad de su gente”.
La Orquesta Sinfónica Juan Pablo Duarte, integrada por alumnos del Conservatorio Nacional de Música, tocó la “Marcha de la Turga”, de Ludwig van Bethoven, en los jardines de esa escuela de arte. No fue un concierto, sino una protesta por las intenciones del Ayuntamiento del Distrito Nacional de destruir un área verde para construir parqueos.
Como se sabe, el alcalde de Santo Domingo es Roberto Salcedo, un comediante que le ha hecho más de una broma de mal gusto a la ciudad. En algún momento de su gestión, Salcedo comenzó a confundir a la Capital con un set de televisión y, en lugar de urbanismo, se dedicó a desarrollar escenografías.
Producto de ese afán son los parques de las “canquiñas” y el que la gente bautizó como el “Zooberto”, probablemente el más feo y ridículo espacio público que se haya acometido jamás en la región del Caribe. Violines, trompetas, flautas y chelos fueron las armas escogidas por los estudiantes del Conservatorio para defender a su ciudad de una nueva agresión.
Gracias a gente como ellos, Santo Domingo sigue siendo una urbe dispuesta a sorprender a los que a miran por primera vez. Ahora mismo en ella deben haber muchos como Eid, que la están mirando con ojos de recién llegado y pueden advertir lo que nosotros ya no vemos.
Ese es un buen remedio para promover el sentido de pertenencia. Aunque llevemos 5, 10, 15 ó 20 años en ella, tenemos que empezar a mirarla como si aún estuviéramos descubriéndola. Obviar los ruidos, el caos del tránsito, el exceso de publicidad y los chistes de mal gusto del Alcalde.
Rompe tu vieja relación con Santo Domingo y comienza de cero. Mírale a la cara y enamórate de ella a primera vista. Bárrela como una escobita nueva. Disfrútala como en esa etapa en que ninguno de los dos novios se encuentra defectos y todo lo que hace el otro es riquísimo.
Mírala como si no la conocieras, solo intenta eso.

1 ago. 2013

El paraíso inhabitable


En República Dominicana, por muchas razones, aún existe una percepción bastante generalizada de que la revolución cubana convirtió a Cuba en un paraíso. Casi a diario tengo que explicarle a alguien por qué abandoné a los míos y me vine al infierno.
Cuando era niño, mi familia era una de las más unidas que he conocido. Los cuatro hijos, los sietes nietos y los dos biznietos que tenían en ese entonces mis abuelos Aurelio y Atlántida, se reunían a menudo alrededor de la mesa del comedor de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones.
Puedo asegurar que en aquel momento, mientras disfrutábamos los frijoles negros, la ropa vieja y los flanes de mi abuela, todos, absolutamente todos, incluso Harold y Yanelis, los biznietos, estaban convencidos de que envejecerían alrededor del universo de los Yero Mosteiro.
Hoy estamos desperdigados por España, Italia, República Dominicana y Estados Unidos. Hace dos años, cuando volví a mi pueblo, en el patio donde sucedieron los más entrañables recuerdos de mi familia, me encontré con un hierbazal impenetrable.
Según datos del régimen, en 2012 se marcharon de su país 46.662 cubanos; apenas 338 menos que en la Crisis de los Balseros de 1994. Esta foto es de 1992. Ese es el momento en que más pobres fuimos. A partir de ahí comenzó a desbaratarse mi familia. Justo en ese punto, el paraíso comenzó a parecernos inhabitable.
A 46.662 familias les pasó eso mismo el año pasado. 13 años después, aún no me acostumbro a todo lo que les espera a ellos de ahora en adelante.