13 jul. 2013

Madiba


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Vivimos en una época donde los ídolos ascienden con la misma facilidad que se derrumban o se olvidan. Una muchacha totalmente desconocida, pudo llegar a convertirse en una celebridad por los votos que recibió a través de mini mensajes. En un abrir y cerrar de ojos, paso de un anonimato casi marginal a una celebridad que no tuvo tiempo de digerir.
Con una facilidad pasmosa ahora cualquiera se gana el título de héroe nacional. Para lograrlo, algunos hacen el esfuerzo de nadar kilómetros y kilómetros a lo largo de la costa. A otros, en cambio, les basta con dar una muestra de honradez. Se trata de algo tan poco común en estos días, que se valora como un acto sobrehumano.
Muchos líderes políticos han fabricado su caudillismo con acciones populistas y consignas huecas. Hace unos meses murió el presidente de un país. Nunca fue una guerra. El único combate que libró en su vida lo perdió a los pocos minutos de haber disparado el primer tiro (si es que tuvo tiempo de hacerlo).
Pero después de contar el número de mandatarios que asistieron a su funeral, alguien dijo que se trataba de un prócer. Conmovido, su sucesor aseguró que le había hablado a través de un pajarito. Hicieron el intento, incluso, de momificarle. Su nombre ahora se conjuga, como si fuera un verbo, con toda clase de rimbombancias.
¿Tan necesitados estamos de ídolos? ¿Tanta falta nos hace tener a gente a la que adorar y venerar? El Dalai Lama escribió una vez que no pasaba un día sin que le presentaran líderes espirituales, monarcas, premios Nobel, mandatarios y celebridades de toda clase. La mayoría de las veces, dijo, la reputación que les antecede es exagerada.
“Cada vez que me encuentro con ellos, descubro que las personas no son tan grandes como su reputación. Preparando mi encuentro con Nelson Mandela, descubrí que su reputación era, de hecho, la más grande del mundo. No hay nadie más grande que él vivo en el Planeta en este momento”, aseguró.
Su nombre verdadero es Rolihlahla Dalibhunga Mandela. Su profesora, una misionera británica, lo rebautizó como Nelson. Pero su gente le llama Madiba, que es el nombre del clan en el que nació, el 18 de julio de 1918. Durante más de 27 años su rostro permaneció inmutable, sin que envejeciera ninguno de sus rasgos.
El día que por fin salió de la prisión racista de Robben Island, el 11 de febrero de 1990, el ícono resultó irreconocible. El líder temerario, aquel joven iracundo que desafió a uno de los regímenes más abominables que ha engendrado la especie humana, se había convertido en un anciano que sonreía sabiamente.
En el momento en que fue liberado, en el mundo se estaban produciendo enormes cambios. Las dictaduras socialistas de Europa se derrumbaban. Algunos, ingenuamente, llegaron a pensar que se trataba del fin de la historia. Aunque era comprensible que Mandela tratara de vengarse de sus verdugos, no lo hizo. En lugar de mandar a buscar culpas, propuso encontrar soluciones.
Gracias a eso, en Sudáfrica comenzaron a cicatrizar las heridas del Apartheid y se empezó a construir una nueva sociedad, tolerante, incluyente, con oportunidades para todos. Cuando se convirtió en el presidente del país, muchos creyeron que trataría de perpetuarse en el poder. Algunos, incluso, justificaron esa posibilidad con su hoja de servicio a la patria.
Pero cuando se cumplió su período, Madiba, aquel muchacho que más de una vez tuvo miedo, que en una ocasión robó un rebaño y en otra mintió, pidió que le permitieran retirarse. Con el mismo énfasis que exigió una vez que no ocultaran los puntos negros de su vida, reclamó el derecho que tenían las nuevas generaciones de tomar las riendas del país.
“No me llamen, ya les llamo yo —dijo—. Quiero jubilarme de la jubilación”.
Ojalá que Nelson Mandela en el futuro sea algo más que el nombre de una calle, una estatua en un parque o un busto en una escuela. En una época donde los ídolos ascienden con la misma facilidad que se derrumban o se olvidan, sus lecciones serán siempre imperecederas.
En la era donde los ídolos se construyen con mini mensajes, él fue un héroe que nunca se creyó imprescindible, insustituible, inmortal. Justo eso hace eterno a Madiba.

3 comentarios:

Alejandro F. Aguilar (http://twitter.com/ alejo582003) dijo...

Estas letras son un monumento a la grandeza de Madiba; único héroe a quien reconozco y rindo honores en este mundo. Gracias mi hermano; has puesto en palabras lo que siento, pero con mas claridad de lo que habría podido expresar yo mismo!!!

Anónimo dijo...

me gusta como escribe. poesía pura.

Anónimo dijo...

Camilito: Estuve ayer comiendo con Folgueira: te mandamos amor y recuerdo. Lindo lo que escribes de Mandela Madiba: bello. Manchado, tal vez, por la otra figura lamentable: el gris verdeolivo de Chávez: "Nunca fue a una guerra. Él fue la GUERRA." Y todo por el poder. Vaya dinosaurios tenemos. Cariños. Lemis