8 abr. 2013

La roña


Fidel Sendagorta, un diplomático español que estuvo destacado en La Habana a principios de los años 90, me regaló mi primer ejemplar de Mea Cuba, el libro donde Guillermo Cabrera Infante reunió gran parte de lo que había dicho sobre su país en innumerables publicaciones periódicas.
—El libro es muy bueno —me dijo un día Cintio Vitier—, pero está escrito con demasiada roña.
En el momento en que oí la frase, yo solo había visto a Cuba desde adentro. Mi primer viaje al mundo exterior se produjo en el verano de 1993. El propio Cintio y su esposa, Fina García Marruz, fueron mis compañeros de viaje. Volví a La Habana dos semanas después, no tuve tiempo para entender nada.
Fue en República Dominicana, donde vivo desde el año 2000, que por fin pude tener una idea mucho más exacta de la tragedia cubana, de ese medio siglo donde mi país abandonó la órbita del mundo y se aisló de una manera criminal (y no me refiero al embargo norteamericano, que tiene mucho menos culpa en eso que la revolución).
Eso también me explicó la conducta de Guillermo Cabrera Infante. Cuando los años empiezan a caerte encima, cuando la vejez amenaza con darte alcance y las ausencias se postergan, una y otra vez, la mayoría de los sentimientos comienzan a ser reemplazados por una dolorosa impotencia.
Cada día que pasa Mea Cuba cobra más vigencia, lástima que ya no pueda hablar con Cintio de eso. Me gustaría hacerlo, aunque le diera mucha roña.

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