19 de sept. de 2012

El plan de Potemkin


En su columna “Cuba o la fallida invención de la realidad”, Carlos Alberto Montaner recuerda la expresión “aldea Potemkin”. Se refiere a Gregori Potemkin, mariscal de campo y amante de Catalina II, a quien le encomendaron adecentar las insalubres aldeas que pululaban por la Rusia del siglo XVIII.
“El mariscal, que era una especie de Eusebio Leal ruso, como no disponía de muchos recursos, se dedicó a maquillar las aldeas, remozando algunas fachadas, para ocultar la verdadera miseria que aquejaba a los pobladores”, dice Montaner, basándose en una leyenda de la propaganda alemana.
Un plan parecido al de Potemkin se llevó a cabo en Cuba para encubrir la miseria y los sucesivos derrumbes del país. Durante toda mi infancia, al Paradero de Camarones le dieron dos manos de pintura. La primera fue en la semana previa al 28 de enero de 1976.
Ese día nos apostaron en el borde de la carretera para decirle adiós a Fidel y a Pierre Trudeau, Primer Ministro de Canadá. Mientras ellos pasaban, en dirección a la terminal de azúcar donde se celebraría un acto de la amistad entre Canadá y Cuba, nuestro pueblo resplandecía, entre la cal viva y las pencas de arecas.
Años después, para volver a decir adiós a Fidel, repintaron el pueblo. Esa vez pasaría acompañado de Erich Honecker, presidente de la RDA. Era mayo de 1980 y algunas casas ya se habían derrumbado, pero los adornos y los carteles encubrían el desastre. De cara al represor alemán, éramos una aldea pintoresca y jovial.
Aunque Fidel esa vez inauguraría una fábrica de cemento (la Karl Marx, de Guabairo), mi pueblo continuaría desplomándose por falta de materiales de la construcción. Tal como advierte Carlos Alberto: “La verdad y la realidad no tenían ninguna importancia. Lo fundamental era la percepción”.  
Aún hoy, cuando se acerca alguna razón para celebrar, se encubre la miseria con cal viva y pencas de arecas. El plan de Potemkin sigue en pie en la Cuba revolucionaria. Lo importante es que las fachadas se vean engalanadas al decir adiós, que la situación real pase desapercibida.

14 de sept. de 2012

La imaginación es un muro verde


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos) 

La capital de República Dominicana es una ciudad de contrastes avasalladores. La calle más rica puede estar a unos metros de la cañada más pobre. La esquina más hermosa a unos pasos del parque más feo. El bosque más silencioso al doblar del colmado más ruidoso.
La ciudad también está llena de contradicciones. Uno de los colegios más importantes hizo un enorme mural que convida a cuidar el entorno. Justo frente a él, dos veces al día, mientras llegan o se van los alumnos, una doble fila de mastodónticos vehículos hacen que la calle sea intransitable y sus alrededores inhabitables.
Santo Domingo es el único lugar de toda la geografía dominicana que no genera sentido de pertenencia. No tiene ni siquiera gentilicio. El capitaleño, en realidad, prefiere ser del sitio donde nacieron sus padres. Cualquier apartado rincón es más querido que esta incontenible extensión de múltiples caos.
El Malecón es quizás la prueba más convincente de que a muy pocos le importa la suerte de Santo Domingo. Lo que debería ser la joya de la corona de la ciudad, no es más que un muro en ruinas y cubierto por basura. Parecería que es el traspatio y no uno de los frentes de mar más impresionantes del Caribe.
Pero nada es absoluto. En la Zona Colonial queda un reducto de empecinados que defienden a su ciudad de la desidia y la indolencia. Freddy Ginebra y Oscar Hungría son los líderes de un movimiento que, a través del Clúster Turístico de Santo Domingo, rebuscan entre las ruinas de lo más antiguo las razones para darle sentido al futuro.
Una noche en la que Freddy organizó un paseo en tren por las calles más viejas del Nuevo Mundo, le pregunté qué se podía hacer para que Santo Domingo merezca el amor de los que la viven. El fundador de Casa de Teatro puso cara de circunstancia y respondió con tono grave, algo inusual en él.
“Las ciudades se hacen célebres por su cultura y por sus jóvenes. Londres es una de las capitales más antiguas del mundo y en las Olimpíadas parecía una muchachita de quince. Hay que entregarle Santo Domingo a los jóvenes, para que le canten, le escriban, la filmen y la llenen de los significados que necesitan para que sientan pertenencia de ella”, recalcó Freddy.
El Grupo Puntacana también tuvo un gesto de amor con la ciudad. En el mismo centro de Piantini, un sector que ha perdido casi toda su floresta en cuestión de tres o cuatro años, han revestido la fachada del edificio corporativo con un muro vivo.
El proyecto “Pared verde”, de la diseñadora urbana y paisajista Carla Quiñones, utilizó más de 10 tipos de plantas que le dan de comer a las aves y reducen hasta en 10º la temperatura del interior del edificio. El singular jardín vertical también mejora ostensiblemente la calidad ambiental del entorno.
Todos los días en la ciudad se talan varios árboles para seguir, con un ritmo frenético, llenándolo todo de concreto y cristales. Por eso hay que agradecer esa pared de cuatro pisos donde crecen lenguas de vaca, colas de caballo y magueyes morados, entre otras especies.
Se pueden hacer muchas cosas para que Santo Domingo sea la ciudad que todos nos merecemos. Casi ninguna es imposible. A veces la imaginación es un muro verde.

13 de sept. de 2012

Mi vida con Yohandry


Cuando supe que la Seguridad del Estado había abierto una cuenta en Twitter, decidí no seguirla. Cada vez que quería saber lo que ponía, entraba a su muro y revolvía en sus tweets pasados. Durante meses me mantuve así. Aunque no estaba entre las cosas que reviso a diario, al menos una vez a la semana pasaba por allí.
Muchos aseguran que Yohandry es la segunda piel de Eduardo Fontes Suárez, un tipo del que conocemos una foto y un video. La foto es de los 80, en la cocina de una Escuela Vocacional Lenin. Fontes entonces era Tato, uno de los 8 muchachos que suelta una carcajada feliz, ajena al futuro que le espera a cada uno de ellos.
En el video advertimos que Tato se ha quedado calvo, se hizo ingeniero cibernético y se dedica a perseguir cubanos (no sabemos si alguno de los que aparecen en la foto con él se cuenta entre sus víctimas). Durante todo el tiempo que habla con un micrófono en la mano, enseña cómo impedir que sus compatriotas tengan acceso a internet y se expresen libremente.
Un día, no recuerdo a raíz de qué, Yohandry (cuyo nombre juega, de una manera burda, chapucera, con el de Yoani), empezó a seguirme. Para corresponderle el gesto, yo también le seguí. Cruzamos unos pocos tweets. En uno trato de ser grosero y le advertí que yo intercambiaba ideas, no insultos.
El día que la prensa internacional se hizo eco de un tweet suyo, donde aseguraba que Fidel y Chávez escribían un libro a cuatro manos, alardeó en mi muro. Presumía de que él (¿o debo decirle ella?) si era una fuente de entero crédito y se  burlaba de El Fogonero.
Antes de ayer, cuando supe que a María José de Diego, la hija de Lichi, la habían amenazado en México para que no presentara el último libro de su padre, le escribí a Yohandry. Usé el término Gestapo en lugar de Seguridad del Estado, le pregunté qué podíamos hacer para que no molestaran a una bella cubana.
Anoche encontré que Chávez había desmentido lo del libro con Fidel y salí corriendo para su muro a buscar alguna reacción suya. Pero encontré que me había bloqueado. Se agotó demasiado rápido el espacio para el diálogo entre el represor y yo.
Entonces traté de imaginarme todos estos eventos fuera de Twitter. Digamos, por ejemplo, en el espacio reducido de una celda.

8 de sept. de 2012

El viernes 21, en Books & Books


El viernes 21, a las 8:30 de la noche, los espero en Books & Books, en Miami. Allí estaré junto a Javier Iglesias, Carlos Pintado y Lázaro Horta. En verdad yo quisiera reunirme con ustedes en el andén del Paradero de Camarones. Pero, por ahora, es más factible encontrarnos en Coral Gables.
Ese día estarán disponibles en la librería tres libros míos: Itinerario (poesía, 2002), Afuera (poesía, 2007) y ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes? (cuento, 2012). Hemos armado todo esto (sobre todo Javier Iglesias, cuyo cariño no descansa) con la única excusa de abrazarnos.
Hablar de literatura será lo de menos. Los libros estarán presentes, por supuesto, pero en el Paradero de Camarones no hubieran hecho falta, porque allí estarían los personajes reales y las circunstancias que han merecido todo. Por eso, insisto, lo que más valor tendrá ese día serán los reencuentros.

6 de sept. de 2012

La familia de don Jorge tiene otra vez un Jeep


Hay una foto donde Jorge Sarlabous y Elia Sosa, los padres de Diana, sonríen de cara al sol cubano. Es a finales de la década del 50 y están encaramados en el Jeep de su casa. Todo el fondo de la imagen permanece cubierto por la finca del padre de Elia.
Llega un punto en la sobremesa de los domingos en que Diana siempre saca los viejos retratos de familia. Muchas de ellos tienen apuntes en el reverso. Fueron hechos por su abuela Inés cuando supo que estaba a punto de perder la memoria.
Identifica a todos los que aparecen en la imagen, incluso a los que se ven borrosos en el fondo, esos que ya deberían ser irreconocibles. También describe con lujo de detalles la pertenencia de cada cosa: un caballo, un columpio, una mata de aguacates, un portal, una gasolinera, una mina…
Todas esas cosas se perdieron el día en que el Gobierno Revolucionario se las confiscó. Fueron por ellas los mismos que antes iban a buscar donaciones para la causa. Don Jorge cuenta, con rabia, apretando los puños, la mañana en que los recibieron a punta de escopetas en la entrada de la finca.
No lo dejaron sacar ni el Jeep, ese donde él y Elia sonríen felices, ajenos a la suerte que correrían todos en cuestión de meses: ellos, el vehículo y el país. Pocos días después de la confiscación, el interventor pasó diciéndoles adiós. Había decidido quedarse con el carro que siempre envidió.
La familia de don Jorge tiene otra vez un Jeep. Ya ha hecho largos paseos en él, está maravillado con tan increíble máquina. Solo lamenta que no le sirva para regresar a Alto Songo, pasar por El Cristo y subir hasta la finca donde le apuntaron al pecho para quitarle todo.
El Jeep está allá abajo, en el parqueo del edificio, pero para él no es más que el reverso de una foto de familia, lo que no alcanzó a escribir la abuela Inés antes de que perdiera la memoria.