9 abr. 2012

Atando cabos

 
Hace una semana que no escribo nada, que no tengo nada que decir. La muerte de Heriberto Hernández me ha hundido en un raro silencio. Me acababa de tomar un café y miraba por la ventana del hotel, en dirección al nuevo estadio de los Marlins.
Por eso aún asocio el mensaje de Alfredo Zaldívar con aquella taza amarga, sin nada de azúcar: “Una pregunta urgente. La familia de Heriberto Hernández pregunta si es cierto que murió. Díganme si saben algo. No tengo a quien preguntarle. Arístides también me escribió por el mismo tema. Ojalá sea mentira. Qué horror. Disculpen”.
Estuve a punto de responderle que eso era falso, que hacía apenas unas horas habíamos compartido, junto a otros amigos entrañables, una noche espléndida. Pero le comenté a Diana y ella me sugirió que primero llamara al único teléfono que teníamos. Salió la voz de Heriberto, pidiendo que le dejara un mensaje.
Entonces se me ocurrió entrar a su Facebook. Encontré un muro lleno de velas encendidas. Poco después, los que celebramos junto a él su última noche, empezamos a compartir fotos, frases, ideas, cualquier cabo suelto que nos permitiera atar cada detalle, desde las 8 de la noche hasta las 6 de la mañana.
Hace una semana que no escribo nada, que no tengo nada que decir. Todo ese tiempo he permanecido dando vueltas en el mismo lugar. Recuerdo que llegó un momento en que nadie pudo más. Emilio tenía gripe; Gerardo se iba de viaje; Juan Carlos, Javier, Germán, Joaquín, Tinito y nosotros debíamos hacer cosas desde bien temprano.
Nadie sospechó nada en ningún momento. Ni siquiera Heriberto. Solo de eso estoy convencido.

6 comentarios:

Niurka Calero dijo...

Hay veces que estamos tan solos, lejos y distantes, que aunque muchos crean que estamos conectados y acompañados, el abismo que nos separa del resto es tan grande, que solo la muerte nos rescata. Me apena tanta confusión.

Freddy Ginebra dijo...

Tienes que animarte. La vida es un misterio.

Mario Crespo dijo...

Cuánto lo siento, amigo. Tú y los que estuvieron con él esas últimas horas deben sentirse desolados. Rabia y angustia. ¿Cuántas preguntas, cuántas conjeturas?

Antonio Gómez Sotolongo dijo...

Quién sabe, quizás alguien o algo lo suicidó, es difícil saber, aunque no imposible. Al único suicida que conocí llevaba la muerte en sus ojos, pero sólo me pude dar cuenta cuando me dieron la noticia, entonces su mirada fue evidente.

Anónimo dijo...

No hay consuelo, para aquellos que de verdad lo queriamos... El vacio inmenso, el dolor que cala, la impotencia que irrita, la culpabilidad de no haber creido en las senales, la no aceptacion de lo ocurrido. Esta arrazando conmigo:-(( Como decia el en uno de sus ultimos poemas, nada/ "Hornraras escribiendo sobre un papel en blanco la inmensidad del duelo"!
C.M

Anónimo dijo...

Es una gran pena su muerte para los que de verdad lo queríamos . De acuerdo con la amiga , me pasa igual, es un sentimiento de impotencia y culpabilidad por no haber creído en las señales que sí mostró. Por eso, casi suscribo las anteriores palabras .
Algunos de los que estaban esa noche cómo podrían adivinar señal alguna . Al autor del post no lo veía Heriberto hacía casi tres lustros ; Javier era apenas un recién conocido para él ;Tinito, un viejo conocido de eventos , no un amigo ; dos o tres rostros más ; Juan Carlos Valls, que sí era su amigo.
Desconcertados ante la noticia de la muerte de quien comparte con uno en una noche de fiesta , asombrados y hasta tristes , sí; pero ya devastados por el dolor , tiene otra dimensión .Y esa, solo la sienten aquellos que en verdad le querían , le eran muy cercanos y en cuyas vidas dejó un enorme vacío . Los mismos que nos preguntamos por qué no atendimos las señales que nos dió, si eran evidentes.
Particularmente , no creo que la idea lo haya tomado por sorpresa y E. P. D. Te extrañaremos