16 sept. 2011

Hasta luego

Al menos por dos semanas me será imposible volver a escribir en El Fogonero. Mañana en la madrugada viajo a Cuba y no regreso a Santo Domingo hasta el 2 de octubre. Eso convertirá a septiembre de 2011 en uno de los meses más improductivos de esta bitácora.
No me gusta prometer casi nada, pero con motivo de este viaje de ida y vuelta a mi país, he hecho dos compromisos. El primero lo voy a cumplir en el andén de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. El segundo, a lo largo de todo el trayecto por las rutas de la isla.
Como padezco de cierta adicción a los artefactos de la vida moderna, prometí  no conectarme a nada mientras permanezca en el territorio cubano. Como los antiguos, llevo una libreta. En ella haré todos los apuntes y pondré todas las cosas que se me ocurran. Sospecho que luego tendré deseos de compartir algo de eso aquí.
Nunca me pasó por la cabeza que este viaje sucedería tan pronto. Mucho menos me imaginé las circunstancias que lo hacen posible. Durante la última década han desaparecido tantos lugares y tantas cosas, que de un tiempo a esta parte pienso en Cuba como quien piensa en un lugar inasible y remoto.
Confieso que hay algo que me da mucho miedo. Sería terrible que, después de 10 años de ausencia, me sienta como uno que llega por primera vez. Siempre tengo a Calamaro cerca, por eso me despido con una canción suya que estoy oyendo ahora mismo: “Dicen los toreros: ‘buena suerte compañeros’. Y no es tan fácil como decir simplemente adiós”.

14 sept. 2011

Bob Dylan también lo sabe

Sospecho que esta historia solo podrá ser entendida por unos pocos. Aún así quiero contarla. Cuando salí de La Habana no sabía lo que era tener lo que se quería. Desconocía al deseo por cuenta propia. Me costaba entender que algunas de las necesidades que uno tiene sin previo aviso, pueden ser saciadas sin consulta alguna.
Mi primera noción de la libertad se reduce a dos nombres: Santo Domingo y Bod Bylan.  Cuando llegué a esta ciudad y comencé a ganar en una moneda que tenía el mismo valor en todo el país, me sentí tan eufórico que me detuve a pensar qué me regalaría a mí mismo.
Lo primero que me vino a la cabeza fue un tren de juguete. Luego se me ocurrieron cosas más prácticas (un par de zapatos, una camisa, ropa de interior…). Pero al final acabé debatiéndome entre un libro o un disco. Siempre que me he visto en esa situación, me he decidido por la música. No es nada en contra de la literatura, el problema es el silencio que ella implica.
Hoy, mientras compartía los preparativos de un programa de radio con Avín, Carmen Rita y Diana, recordé que con mi primer salario en Santo Domingo me compré un disco de Bob Dylan. Pocos días después esa acción se tradujo en el poema con el que empieza mi libro Itinerario.
Hace unos minutos, mientras regresaba a casa, recordé todo lo que le debo a Santo Domingo. Sé que en muy pocos días tendré deseos de volver a estar en ella. A esta ciudad le debo tantas cosas que ya es, sin duda alguna, uno de mis lugares más indispensables y queridos.
Bob Dylan también lo sabe, pero Bob es muy discreto y no dice nada.

13 sept. 2011

Gracias, Leila, por tu belleza

No me gustan los concursos de belleza. Siempre me ha parecido que promueven una cultura perversa y no pocos ideales equivocados. Amelia Vega, la única dominicana que ha logrado coronarse como Miss Universo, no se parece en nada a las dominicanas más bellas que conozco. Ni se mueve ni habla como las mujeres de este país.
Ser reina de belleza es algo todavía más inútil que ser reina de verdad. Por eso siempre rehúyo de esas falaces competencias donde se premia, en verdad, a un sinnúmero de falsedades que muchos acaban creyéndose. Aún así, ayer me vi arrastrado por una avalancha de tweets que narraban cómo se decidía quién sería Miss Universo 2011.
Cuando supe que entre las finalistas había una negra angolana, decidí apoyarla sin siquiera haber visto su rostro. En verdad no estaba defendiendo su belleza sino lo que ella entrañaba. Hace 10 años que vivo en República Dominicana y desde entonces soy testigo de una causa perdida: la lucha de tantas mujeres hermosísimas contra su propia naturaleza.
El domingo, en el cumpleaños de una amiga, tuve una amarga discusión con una odontóloga mulata que estaba convencida de que era rubia. Para ella, lo negro comienza incluso mucho más allá de su hermana, quien, según sus propias palabras, “tiene el cabello de haitiana”.
Estoy feliz por la corona de Leila López. Ojalá que muchas dominicanas, cuando se miren hoy al espejo, descubran que son tan o más bellas que ella. Ese podría ayudarlas a entender que nunca serán otra cosa que no sea lo que son. Eso podría  convencerlas también de su verdadera identidad.

4 sept. 2011

Los desamores tampoco son a primera vista

Yalién, mi prima de Sagua la Grande que vive en Nueva York, voló a Estados Unidos en el mismo avión que Pablo Milanés. Ella le contó a mi madre que le pidió permiso para sentarse a su lado y el trovador accedió gustoso. Ya en el aire, muchos buscaron algún pretexto para pasar a su lado y saludarle.
Al final, no sé si complaciendo alguna petición o como gesto de gratitud, Pablo entonó “Yolanda”. Un rotundo aplauso estremeció al aparato. En cuanto  el autor de “Llegaste a mi cuerpo abierto” aterrizó en territorio norteamericano, comenzaron a producirse múltiples reacciones, tanto en Estados Unidos como en Cuba.
Lo que más trascendencia ha tenido hasta ahora es el intercambio de cartas abiertas con Edmundo García (un infame personaje de la pseudocultura cubana, quien fue encarcelado en su país por tráfico de obras de arte y luego emigró a Miami, donde ha permanecido fiel al oportunismo patológico que le caracterizó en la Isla).
Pero cuando pasen los años, no hará falta que se recuerden los pormenores de esta gira de Pablo Milanés por Estados Unidos. Lo único que quedará de todo es la persistente voluntad del trovador de morirse como vivió. Aquel negrito con espejuelos y espendrú que se subía a cantar en el techo de los camiones del ICAIC, sigue diciendo lo que piensa y eso es cada vez más raro, ya casi nadie no lo hace.
Como conozco tanto a Pablo (a través de su obra, que es como mejor se conoce a un creador), me complace confirmar que para él los desamores tampoco son a primera vista. En eso pensé mientras oía “Como un campo de maíz”.

2 sept. 2011

Un café fuerte como réquiem por El Nuevo Herald

Hace un tiempo tuve una larga discusión con tres amigos. Fui a raíz de la renuncia de Antonio José Ponte y Pablo Díaz Espí del Consejo de Redacción de la revista Encuentro de la Cultura Cubana. Mis amigos defendían a capa y espada la permanencia de esa histórica publicación. Yo, en cambio, creía que su ciclo había terminado y que en ese momento lo más importante era promover diálogos entre cubanos a través de Internet.
El tiempo me dio la razón. En la actualidad, Diario de Cuba (que fue creada por Ponte y Díaz al abandonara Encuentro…) es una de las páginas más visitadas sobre nuestro país dentro y fuera de la Isla. Comunicadores, artistas, escritores, intelectuales, economistas, científicos y cubanos residentes en cualquier esquina del mundo, confluyen y dialogan en tiempo real en Diario de Cuba, sin necesidad de una imprenta, subscripciones o envíos por correo.
Algo semejante ha sucedido con El Nuevo Herald. Hace unos días advertí que ya no estaba en mi ritual de las mañanas. En cuanto me levanto, antes de que Lérida me haga el primer café con leche (son dos, en un lapsus de 30 minutos), suelo hacer una rutina informativa que incluye El País, El Mundo, ESPN Deportes, Diario de Cuba, Granma, Cubadebate, la prensa dominicana y un puñado de blogs que sigo.
Antes, sobre todo por el tema de Cuba, en esa lista figuraba El Nuevo Herald. Pero resulta que de un tiempo a esta parte la información que publican allí es cada vez menos relevante y, casi siempre, ha aparecido antes en otros medios. Café Fuerte, un foro que gestiona el periodista cubano Wilfredo Cancio Isla con un reducido grupo de colaboradores, desplazó al periódico de la Florida en mi lista de Favoritos.
Es curioso, mientras el volumen de información de Café Fuerte crece, Miami Herald Media no para de despedir empleados o de ponerlos en licencia sin suelo. Eso no se debe a la crisis económica sino al final de una era. Ya está probado que un blog personal, escrito en las condiciones más precarias e inimaginables, puede llegar a tener una audiencia mucho mayor que un medio con una nómina de decenas de periodistas.
Nada va a detener los cambios que se están produciendo y los que no se atrevan a cambiar, tendrán que hacerse un lado y dejarle su espacio a los que sí lo han hecho. Mientras tanto, podemos servirnos un café bien fuerte como réquiem por El Nuevo Herald.