10 oct. 2011

Santa Isabel de las Lajas querida

Hacía una mañana espléndida. Salimos de La Habana a la hora prevista. Lo supimos cuando una valla recién pintada nos dio la bienvenida a la provincia de Mayabeque. Diana no salía de su asombro. La autopista le parecía enorme, los campos increíbles, el verde inmenso y el azul indescriptible.
No estaba en condiciones de llevarle la contraria, de manera que asentí en todo. En el fondo me gustaba que así fuera. Y, en honor a la verdad, a Cuba ese día se le fue la mano. Todo estaba mucho más lindo que de costumbre. Ahora no podría decir si eran mis ganas de llegar a Las Villas o todo lo que provocó en mí el reencuentro con esos paisajes.
El itinerario que nos habíamos propuesto era ir directo hasta Santa Clara. Allí nos esperaban tío Aldo, Beba, Alahím y Lizandra. El primer viaje al Paradero de Camarones sería al día siguiente. Pero cuando llegamos al kilómetro 132 todo cambió. El ranchón Te Quedarás, una silueta lumínica de Benny Moré y un cartel de “Bienvenidos a Santa Isabel de las Lajas querida” me pararon en seco.
Estábamos a muy poca distancia de mi lugar en el mundo. Me era imposible esperar 24 horas más. Torcimos camino y nos perdimos por esa carreterita que avanza en paralelo a la línea que va de Cruces a Santo Domingo (la geografía, como el azar, sabe regalarnos ese tipo de coincidencias).
Entramos a Lajas guiados por la voz del Benny: Saludos para las Cuevas/ Guayabal y la Guinea/ Pueblo Nuevo se recrea,/ viendo que yo soy sincero/ que abro mi pecho entero,/ igual que mi corazón/ al gritar con emoción/ orgulloso, soy Lajero, tú ves…”
Traté de hacer tiempo en el andén de la estación. Justó allí le confesé a mi compañera de viaje que tenía miedo. De ahí en adelante todo sería mucho más lento. La lejanía también es un temor, pero solo se entiende una vez que se está a punto de acabar con ella.

4 comentarios:

Marcelino de Mata Garcia dijo...

Gracias Camilo por estar de regreso y traer contigo esos jirones de nuestra tierra que nos sirven para revivir. No puedes imaginarte cuanta felicidad-tristeza me trajo la foto del Floridita. Esa estampa la vivi yo con el original. Alli mismo, en esa esquina conocí a Hemingway. Yo era bastante joven , pero ya había leído El viejo y el Mar y a través de Selecciones que recibía mensualmente mi abuelo, conocía de las andanzas literarias del Viejo. Alli, no solo se rodeaba de su Daiquiri, sino ademas, de mujeres fáciles que le hacían difícil su búsqueda de la soledad. Por eso, cuando ya veía doble, regresaba a sus gatos y según cuentan , descargaba sus hormonas. Historias, que pudieran ser ciertas, pero que al menos, llenaron de mito y fábula su vida en Cuba. Me alegro de tu regreso, pues es muy triste levantarse con la sed de leerte y solo encontrar el ordenador con noticias de la bolsa y de la evolución del euro, como la del peso dominicano: En el cachumbambe de la especulacion. Benvenuto!

Freddy Ginebra dijo...

Esto es una saga memorable. Si hubiera sospechado esto te habría mandado para Cuba antes. Diana es la musa ideal, nunca la pierdas. Te quiere tu padre

Gino dijo...

Si tienes razón, cuando se está cerca de lo que añoramos es cuando comenzamos a entender la lejanía.
Hermosa forma de decirlo.

Briseida Suárez Milián dijo...

Camilito estoy ansiosa porque llegues con tus relatos al Paradero de Camarones.