12 oct. 2011

Pie de foto I

De izquierda a derecha, la primera es Aracelia. No es posible contar la vida de nadie en el Paradero de Camarones sin que ella aparezca en algún momento. Desde tiempos inmemoriales es eso que hoy le llaman líder comunitario. Siempre se hizo cargo de todo, desde los sorteos para los juguetes hasta las campañas de vacunación.
Cuando un ciclón arrancó de raíz a la vieja iglesia, Aracelia corvirtió al comedor de su casa en un templo y a la cocina en un confesionario. En su portal siempre estuvo el único columpio que conocimos. Cada muchacha de mi generación se hizo una foto en él cuando cumplió quince. Algunas salieron fuera de foco, todo dependía de la velocidad que llevara el artefacto en ese momento.
El segundo es Alberto Píz, el hijo del hacendado más poderoso de la comarca y el mejor pelotero que tuvimos en cualquier época. Ya había firmado un contrato con los Piratas de Pittsburgh cuando Fidel rompió todos los vínculos con las Grandes Ligas. Eso frustró a Masacote por partida doble. Ni pudo viajar a los Estados Unidos, ni pudo integrarse al equipo Azucareros en la primera Serie Nacional.
El tercero es Juani, el hijo de Talín y Mercedita. Tenía un perro que se llamaba Nerón y una curva que ponchaba a cualquiera. De sus manos salieron los mejores papalotes que han volado en el cielo del pueblo. Sus coroneles, como los de Narciso el Mocho, eran unos pájaros perfectos, llenos de colores y lindos cantos.
El del fondo es Stuart. Él en verdad es de Cruces. Pero el haber sido jefe de estación en Camarones por más de 10 años, lo convirtió en uno de nosotros. Es un hermano de oro negro que busco para hablar de trenes. Siempre me acompañó en mis expediciones en motor de línea por los intrincados ramales que estaban a punto de desaparecer.
Luego está Yuyo, el alcalde del pueblo. Suya fue la idea de hacer un estanque de ladrillos y teñir su interior con azul de metileno. De no haber sido por eso, nunca se le habríamos podido echar flores a Camilo en el Paradero de Camarones, un pueblo sin acceso a ninguna corriente de agua. Yuyo habla como si diera un discurso y vive como si el tiempo no le incumbiera.
Por último estoy yo. Como pueden ver, allí soy un hombre demasiado feliz. Por eso quisiera que me perdonen, por ese día, los vivos y los muertos de mí felicidad.

3 comentarios:

Odette dijo...

No hago otra cosa que sonreír...

Anónimo dijo...

GRACIAS.
Ahora soy yo la que sonrio con lagrimas en los ojos al pies del anden.
Besos
JR

M. dijo...

No sera que Camilo Venegas es el producto de todas esa vivencias y experencias, pero eres un producto auténtico, sólo tu tienes esa facilidad y agilidad para escribir, ... y para desnudarte.