1 ago. 2011

Eliseo Alberto: “Yo sin Cuba me muero”

La última vez que Lichi Diego y yo nos vimos en persona, yo le hice una entrevista para El Caribe, el periódico dominicano donde laboraba en aquel entonces (principios de la década pasada). Fui junto a Mabel Caballero, una española que trató de enseñarme, sin éxito,  la enorme diferencia que hay entre periodismo y literatura. Junto a Mabel hice una serie de entrevistas que aún me gusta mucho (ella se ponía tensa porque yo disfrutaba tanto de la conversación, que se me olvidaba que estábamos "trabajando". Recuerdo que delante de Antonio Skármeta me cayó a patadas por debajo de la mesa). Esta conversación con Lichi, como muchísimos otros textos, lo redactamos a cuatro manos. Ahora, mientras chateaba con ella, me recordó una frase. Mabel le preguntó por qué en Cuba había tantos escritores y Eliseo Alberto hundió sus dedos en un cubalibre para responderle: "Porque a pesar del calor infernal ,no despegamos el culo del asiento". 
Eliseo Alberto no puede ocultar su enorme parecido con Eliseo Diego, su padre y uno de los mejores poetas latinoamericanos del siglo pasado. Su lenta y pesada voz, su mirada a media asta (en la mitad exacta entre la ironía y la melancolía) o su manía incurable de entrecruzar los dedos antes de empezar cualquier conversación. Esa debe ser la razón por la que ya en sus libros ha desaparecido el apellido, aunque no la constante cita que precede a cada una de sus capitulares y que, en el lugar de la firma, se limita a una palabra estricta y candorosa: “Papá”. A pesar de que hace más de diez años que reside en el Desierto de los Leones, en México D.F., no ha perdido su acento de habanero recalcitrante. Aún omite todas las letras que los cubanos han suprimido del abecedario castellano y aún habla de El Vedado y de Arroyo Naranjo como si acabara de verlos.
¿Por qué decidiste a hacer una nueva edición de La eternidad por fin comienza un lunes?
En honor a la verdad no lo decidí yo, me lo pidió la editorial. Aunque yo siempre me había quedado con una duda. El primer editor de La eternidad... fue un muchacho muy joven que yo quería mucho y que un mal día lo lanzaron a las líneas del metro de México aún no se sabe por qué. José Manuel siempre me dijo que a la novela le sobraban treinta páginas y cuando me pidieron hacer la segunda edición, pensé en él y en su anhelo.
No le agregué ni una palabra más, lo único que hice fue quitar las páginas que José Manuel me pidió que suprimiera. Por eso es que digo que es una edición corregida y disminuida. Pero sólo eliminé puras palabras, no se perdieron ni episodios, ni personajes.
¿Cómo el autor de La fogata roja y de combativos poemas de la Cuba de los 70 se ve en la necesidad de escribir Informe contra mí mismo?
El que escribió La fogata roja también soy yo, pero a otro nivel de ilusión. Ese es uno de los grandes misterios que a mí me ha cautivado siempre. Hace unos días estaba viendo una foto de mi hija María José cuando tenía 4 años y me pregunté ¿dónde está esta niña? No está muerta, pero no está en ninguna parte. Existe otra María José que tiene 18 y no se parece en nada a la de 4, que es la que yo quiero ver. Lo mismo me pasa con aquel Eliseo Alberto y este.
En el fondo uno no es más que aquella muñeca rusa donde siempre hay una dentro del otra. Uno de esos Eliseos, que debió estar en la mitad más o menos, escribió aquellos libros que recuerdo con mucho cariño. Otro, menos soñador y menos buena gente, es el que escribe los de ahora.
En Informe contra mí mismo, reconoces que Varadero no es la mejor playa del mundo, ni los helados Coppelia los más deliciosos del globo terráqueo. ¿Sigues pregonando esa cura de humildad para los cubanos?
Sí, pero es como arar en el mar. Esa prepotencia insular que padecemos los cubanos es irremediable, nunca se hallará el remedio para curarla.
¿Cómo fuiste recibido en Cuba después de esa “bomba”? ¿Qué te pareció La Habana después de tantos años sin verla?
Cuando llegué a La Habana volví a escribir poesía. Hacía 30 años que no escribía, desde que una muchacha de la que yo estaba enamorado me dejó de querer. Porque uno sólo escribe poesía cuando está enamorado. Una vez Borges dijo: “ni mi ciudad ni yo somos los mismos”. La Habana y yo hemos cambiado demasiado, pero si escribí los sonetos es porque hay un extraño amor entre nosotros.
A los quince días de escribir Informe contra mí mismo, me comunicaron en la Embajada de Cuba en México que yo no podía volver a mi país. Yo me limité a manifestarles que yo sin Cuba me muero. Mi viaje a Cuba fue un viaje triste, pero estoy dispuesto a repetirlo. En esos viajes hay palabras que han perdido significado y otros que lo han recobrado. Yo no voy a mi patria, yo voy a mi isla. Yo no voy a mi país, voy a la casa de mi mamá. La patria para mí es un plato de comida, por eso yo digo que me como a Cuba todos los días. En una novela yo dije una frase que parece muy ingeniosa, pero que la pudo decir Cantinflas: “Nadie regresa, uno siempre se va”. Yo nunca regresaré a Cuba, yo siempre iré a Cuba y me iré de Cuba.
La Feria del Libro dominicana le va a dedicar la edición del próximo año a tu país, al igual que hará la más importante del continente, Guadalajara, ¿cree que se podrá dar allí y acá el esperado encuentro, hasta ahora imposible, entre las dos Cuba?
Por supuesto que no. Ya el director de la Feria del Libro de Guadalajara declaró que Cuba no quiere la participación de ningún escritor que viva fuera de la isla. Es lamentable, es absurdo, pero no tiene solución, no la tendrá nunca.
Es indudable que la literatura cubana, la buena y la mala, está de moda. ¿No crees que ese “boom” puede acabar convirtiéndose en un boomerang?
Sí, seguramente. Un ejemplo de eso es Europa Oriental. Durante los años del socialismo había allí una fuerte literatura disidente. Todo el mundo esperaba que con la caída del Muro de Berlín aquellos escritores iban a encontrar la celebridad que hasta ese momento se les había negado. Pero resultó que no, que nadie quería volver a oír aquellas historias y esa literatura quedó sepultada. Sólo quedaron los libros cuyo valor literario sobrepasaba la mera denuncia, el testimonio y la urgencia. Todo lo demás fue condenado al fuego del más absoluto olvido.
¿A qué se debe ese tremendo auge de la novela en Cuba?
Ni yo me lo explico, porque los escritores cubanos hemos sido siempre de todo menos novelistas. En Cuba, como aquí, hay demasiado calor pare escribir novelas. Los grandes novelistas cubanos siempre han escrito desde el invierno: Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas. Lo demás son grandes novelas escritas por poetas, no por novelistas.
El trópico no es aconsejable para el duro ejercicio de escribir cientos de páginas, este es un clima de sonetos y cuento breves.
Perteneces a una familia de intelectuales con una gran tradición de cubanidad. ¿Cómo se puede sostener esa herencia tan lejos de la isla?
De la misma manera que la mantuvo mi padre dentro de Cuba, a través de las palabras. Mi país es la literatura, en ella está todo lo que yo espero de una nación.

4 comentarios:

Carlos Alberto Montaner dijo...

Muy buen texto, Camilo. Lo leí ayer en Diario de Cuba. Traté poco a Lichi, pero lo suficiente como para estimarlo. Un abrazo

Miguel Grillo Morales dijo...

“Nadie regresa, uno siempre se va”. Yo nunca regresaré a Cuba, yo siempre iré a Cuba y me iré de Cuba.......
Que sencillo y que profundo. Gracias Camilo por compartir este texto con todos nosotros.

Soledad dijo...

Querido Camilo:
Muy bella tu introducción a la entrevista que le hiciste a Lichi, y que yo había olvidado. Desde ayer ando desolada, preguntándome por qué Lichi, por qué a Lichi la suerte le jugó esta mala pasada, a él que era el más alegre jodedor y entrañable de los jodedores, tanto que hasta era capaz de joder consigo mismo (ahí está el desgarrador "Informe"), y lo he recordado en El Vedado, en su casa con Bella, Fefe, Rapi, capaces junto a Eliseo de crear un paraíso de inteligencia y poesía en medio del desastre.
Un abrazo,

Anónimo dijo...

Camilo,
Qué pena este hombre. Me pareció encantador. Recuerdo que al día siguiente se puso triste porque murió un amigo suyo en Madrid y tú le diste la noticia.
Después qué jóvenes estábamos, los tres...
(lo de las patadas de Skármeta lo dejo para otro día menos luctuoso)