13 feb. 2011

Casos y cosas de casas… viejas

Aún no he visto la película Casa vieja (2010) de Lester Hamlet. Apenas he alcanzado retazos en YouTube y algunas críticas. Una de ellas, la de Orlando Luis Pardo publicada en Diario de Cuba, me movió a escribir este post. Lamento que no llegue a Lester, pero él mismo pidió ser suprimido de la lista de El Fogonero. Según me advirtió en un email, no lee “gusanerías”.
Al comienzo de su crítica a Casa vieja, Pardo señala que el hecho de que el director trate de “ubicarnos en una suerte de pueblito fantasma, mitad alegórico y mitad ilegible, es ya un tic nervioso que arrastra nuestra institución del arte e industria cinematográficos. Tal vez es un complejo de culpa, tal vez sea sólo un toque poético para paliar el peso de lo político”.
Eso me llevó a un recorrido por las escenografías de las películas del ICAIC desde los ochenta hasta hoy. Los paisajes de Los pájaros tirándole a la escopeta, Se permuta y, sobre todo, Habanera, insuflaban optimismo. Las partes viejas aparecían maquilladas y lo nuevo resplandecía. El guagüero de Reinaldo Miravalles conducía un reluciente autobús Ikarus (mitad yugoeslavo, mitad cubano). Los extras sonreían y vestían con decencia.
En las películas cubanas que aún son producidas por el ICAIC, como advierte Orlando Luis, uno adivina con demasiada facilidad “qué se quiso decir y qué no se supo o no pudo decir”. Cuando los personajes de Lista de espera se despiertan del sueño colectivo, uno también abre los ojos y entiende que en una pantalla gigante no se puede ser tan valiente como en un cuento (publicado en una revista de escasa circulación).
La osadía o el nivel de honestidad que le falta a los textos y las soluciones dramáticas de las películas oficiales cubanas, a veces queda resuelto con las escenografías. En ellas sí se retrata a esa Cuba que retrocede en el tiempo de manera acelerada, como si quisiera alcanzar a Haití (la revolución que le antecedió) en los índices de miseria y desesperanza.
Pueblos espectrales, casas destruidas, carromatos tirados por caballos o, cuando más, un viejo ómnibus Robur que ya es incapaz de moverse. Si uno oye a los personajes es probable que no entienda. Pero si se fija bien en la escenografía, comprenderá que la historia de verdad sucede allí, en esa casa tan vieja donde (después de tantos casos y cosas) se dio por vencido el hombre nuevo.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

otro mas con el mismo discurso de Voces de Villamarista perdón de Voces Cubanas desalentando el levantamiento,señal de que se puede !!!!! estan cagaos caballero !!!!!!!

http://www.yucatan.com.mx/20110212/nota-11/76462-en-cuba–no-ocurrira -lo-que-en-egipto-opositor-.htm

Pedro Ramón López dijo...

Poeta muy bueno, muy bien pensado. Gracias.

Mike Grillo dijo...

Muy buen post Camilo. Así que Lester no lee “gusanearías”. Esperemos que el estruendo del inevitable derrumbe de la casa vieja, que el insiste en apuntalar, lo despierte de su sueño. Apuesto a que si lee El Fogonero, solo que, a hurtadillas. Porque concesiones y actitudes hay que hacer y aparentar. Con el vergonzoso propósito de que su película sea aprobada por la lánguida condesa del ICAIC.

Anónimo dijo...

Te quedaste corto, Camilito. Cuba es un bajareque que arrastra el agua del Almendares. Lleno de muertos con gusanos...

Dj in Miami dijo...

Con afecto a "Casa vieja"

La vida y las cosas todas se hacen viejas por el natural transcurso del tiempo y nada ni nadie está exento de este proceso de envejecimiento; pero paralelamente a este deterioro natural, nacen nuevos hijos, creamos nuevas cosas, inauguramos y renovamos lazos, remodelamos viejos edificios, perfeccionamos nuestras sociedades, concebimos nuevos diseños, derrocamos viejos regimenes, etc.; porque es innato en el ser humano el negarse a envejecer, renovarse y crecerse en el mundo en el que vive.

Partiendo de esta base que conciente o inconscientemente llevamos intrínseca todos los seres humanos, es que, al ver el filme “Casa vieja” del director cubano Lester Hamlet, me surgen muchas preguntas. ¿Para que querría un "nuevo realizador" subvencionado por un estado viejo y empobrecido pretender ser uno más, cuando no ataca pero tampoco defiende políticamente a la mano que le da de comer? Y no soy de los que piensa que el cine necesariamente tiene que ser un arma política; pero si tampoco genera nuevos valores artísticos, ¿Dónde radicaría entonces su razón de ser? Si desde el principio prima el espíritu de "no buscar hacer nada nuevo" (argumento que muchos usan cuando no encuentran qué decir) o “pretender hacer llorar en los casi últimos cinco minutos” como personalmente me dijo su director, entonces desde ese mismo principio ya las cosas no funcionan bien.

“Casa vieja” parece ser una de estas expresiones que aspiran a ser artísticas, pero que no van muy lejos ni proponen a donde ir. Hasta pasada más de la primera mitad, solo se explota el nivel verbal imponiéndole monotonía a la historia por el exceso del decir, por la carencia de argumentos enriquecedores a la trama principal y por la ausencia de sucesos visuales que violenten la acción y le impriman una dinámica propia del lenguaje cinematográfico. Tanto el argumento como la realización no llegan a descubrirnos algo nuevo o diferente, y si no aporta algo nuevo, ¿A quien le interesaría ver lo mismo de siempre entonces? ¿Qué sentido tendría concentrar recursos y esfuerzos en las artes para dar un resultado donde no hay novedad? No importa que construyamos millones de “casas nuevas” idénticas, pues aún así cumplirían el objetivo para el cual son construidas, pero en el cine y en el arte en general, este no es el caso.

Continua...

Dj in Miami dijo...

Continuacion...

Otros argumentos que defienden a capa y espada a “Casa vieja”, alegan que se trata un drama familiar y que en ningún momento se pretendió darle un matiz político. Acaso el conflicto del “otorgamiento de la beca", por Ej., ¿Se mantiene en el argumento solo “porque si”?, ¿Está para intentar impregnar matices disímiles a la historia gratuitamente?, ¿O ha sido dejado como endeble alfiler para quedar bien con Dios y con el Diablo? En cualquier lugar del mundo moderno del cual nuestro país debería formar parte en el siglo XXI, se pertenece al partido que uno desee o no se pertenece a ninguno a elección personal, pero en la Cuba que aquí se nos muestra, la casa es vieja, el patio es viejo, la familia se rompe y se separa, y hasta se logra hacer cine, etc., porque el carácter "revolucionario" tiene que estar implícito en todo cuanto allí sobrevive. Nadie se va de Cuba por ser homosexual y esto es otra de las tantas justificantes agarradas con pinza que le proporcionan descrédito y empobrecen el argumento. Se abandona Cuba porque HAY QUE SER REVOLUCIONARIO, y esto implica demasiado para ser suplantado.

Sin excesivos logros intervienen de forma decorosa los grandes actores Albertico Pujol y Adria Santana, que desaprovechan esta oportunidad al concebir sus personajes con más oficio que creatividad. No así es el caso de Isabel Santos, quien con cortas y pocas intervenciones, cincela a gusto un nuevo ser para saborear, haciéndonos recordar a los profesionales del gremio que “no hay pequeños personajes, sino grandes actores”. La fotografía, por momentos hermosa pero a la vez por momentos bastante estática, no logra hacer brillar los encantos de una “Casa vieja” que tampoco ha tenido mucha suerte en cuanto a la elección de su rostro interior.

No creo que el filme haya provocado debate, porque los que hemos opinado somos una cantidad minúscula comparada con las grandes masas que mueve esta industria. Sería pobre y limitado verlo así. Si varias personas hemos dedicado tiempo a opinar sobre “Casa vieja”, ha sido más bien porque tenemos, unos más y otros menos, algo que ver con su director y con su escenario y porque nos unen lazos profundamente indisolubles con todo lo que sucede en nuestra tierra. Pero además, no se puede ignorar, que la obra se mostró en Miami donde radican la mayoría de estos "opinantes", porque generosos amigos la trajeron al patio, no la arrastró el viento por casualidad para su suerte. Ya las salas de proyecciones hablarán y nos dirán si sus propios méritos la habrían hecho viajar las cortísimas 90 millas, que resultan tan largas en nuestra realidad pero que representan nada cuando se trata de cine.

No es mi interés, en lo absoluto, atacar el filme. Serle franco a su director me costó su amistad de más de 30 años y ese carácter perecedero que le otorgó a tantos años de su vida, dicen mucho del carácter que le puede imprimir a muchos de sus actos y de las obras que pueda concebir; pero después de ver “Casa vieja” imagino que estas sutilezas él no sabe comprenderlas.

Mario Lorenzo
Miami, mayo 7 - 2011

Dj in Miami dijo...

Continuacion...

Otros argumentos que defienden a capa y espada a “Casa vieja”, alegan que se trata un drama familiar y que en ningún momento se pretendió darle un matiz político. Acaso el conflicto del “otorgamiento de la beca", por Ej., ¿Se mantiene en el argumento solo “porque si”?, ¿Está para intentar impregnar matices disímiles a la historia gratuitamente?, ¿O ha sido dejado como endeble alfiler para quedar bien con Dios y con el Diablo? En cualquier lugar del mundo moderno del cual nuestro país debería formar parte en el siglo XXI, se pertenece al partido que uno desee o no se pertenece a ninguno a elección personal, pero en la Cuba que aquí se nos muestra, la casa es vieja, el patio es viejo, la familia se rompe y se separa, y hasta se logra hacer cine, etc., porque el carácter "revolucionario" tiene que estar implícito en todo cuanto allí sobrevive. Nadie se va de Cuba por ser homosexual y esto es otra de las tantas justificantes agarradas con pinza que le proporcionan descrédito y empobrecen el argumento. Se abandona Cuba porque HAY QUE SER REVOLUCIONARIO, y esto implica demasiado para ser suplantado.

Sin excesivos logros intervienen de forma decorosa los grandes actores Albertico Pujol y Adria Santana, que desaprovechan esta oportunidad al concebir sus personajes con más oficio que creatividad. No así es el caso de Isabel Santos, quien con cortas y pocas intervenciones, cincela a gusto un nuevo ser para saborear, haciéndonos recordar a los profesionales del gremio que “no hay pequeños personajes, sino grandes actores”. La fotografía, por momentos hermosa pero a la vez por momentos bastante estática, no logra hacer brillar los encantos de una “Casa vieja” que tampoco ha tenido mucha suerte en cuanto a la elección de su rostro interior.

No creo que el filme haya provocado debate, porque los que hemos opinado somos una cantidad minúscula comparada con las grandes masas que mueve esta industria. Sería pobre y limitado verlo así. Si varias personas hemos dedicado tiempo a opinar sobre “Casa vieja”, ha sido más bien porque tenemos, unos más y otros menos, algo que ver con su director y con su escenario y porque nos unen lazos profundamente indisolubles con todo lo que sucede en nuestra tierra. Pero además, no se puede ignorar, que la obra se mostró en Miami donde radican la mayoría de estos "opinantes", porque generosos amigos la trajeron al patio, no la arrastró el viento por casualidad para su suerte. Ya las salas de proyecciones hablarán y nos dirán si sus propios méritos la habrían hecho viajar las cortísimas 90 millas, que resultan tan largas en nuestra realidad pero que representan nada cuando se trata de cine.

No es mi interés, en lo absoluto, atacar el filme. Serle franco a su director me costó su amistad de más de 30 años y ese carácter perecedero que le otorgó a tantos años de su vida, dicen mucho del carácter que le puede imprimir a muchos de sus actos y de las obras que pueda concebir; pero después de ver “Casa vieja” imagino que estas sutilezas él no sabe comprenderlas.

Mario Lorenzo
Miami, mayo 7 - 2011