14 jul. 2009

El trono de sillas plásticas del emperador de Corea

Corea del Norte es la mezcla perfecta entre lo peor del socialismo y lo más malos recuerdos de la era medieval. En la Cuba de los ochenta, cuando todos coreábamos las canciones más felices de Silvio y Pablo, convencidos de que realmente éramos felices allí, los coreanos nos producían una rara mezcla de lástima y compasión.

Se les veía deambular por La Habana embutidos en una indumentaria incolora (el gris podría resultar un color alegre comparado con el de aquella funda de caqui), con la efigie de Kim Il-sung prendida del pecho y con la mirada clavada en el piso, tratando de impedir por todos los medios cualquier contacto con los ojos siempre provocativos de los cubanos.

Veinte años después, ambos países se han ido a la ruina. Pero me gustaría creer que en Cuba, a pesar de los pesares, tenemos un porvenir un poco más prometedor que en Corea del Norte. Nuestra dinastía luce corta y su incapacidad se hace cada vez más evidente; la de ellos, en cambio, es un misterio infinito que no sufrirá ninguna mella si Kim Jong-il por fin sucumbe al presunto cáncer de páncreas que lo aqueja.

El trono de sillas plásticas del “querido líder” con toda seguridad será ocupado por el hijo del hijo y así sucesivamente. Parece una fábula macabra, de aquellas que contaban a su regreso los primeros viajeros que llegaron hasta el lejano oriente, pero es el fruto más perfecto del culto a la personalidad, el saldo final que tiene que pagar un pueblo que deposita toda su esperanza en las manos de un ególatra insaciable.

5 comentarios:

CA dijo...

Buen textículo, Camilo. Un abrazo,

Rodrigo Kuang dijo...

No nos hizo falta una cultura milenaria para que nuestros gobernantes actuales se creyeran una dinastía puesta por la providencia. Por un lado, el caso de Raúl siguiendo a Fidel en el mando quizás sea un poco menos descarado que el de los Kim, pues habiendo quitando del medio a Camilo y saltando a los otros comandantes, al menos Raúl estaba ahí, entre los cabecillas, cuando se hizo la revolución, y siempre estuvo latente esa sustitución como posibilidad, luego de un eventual magnicidio o muerte intestinal. Lo que más me recordó el tratamiento de sucesión, sin méritos (cuestionables o no), fue aquella caravana que, recordando la entrada de Fidel a La Habana en el 59, puso en su lugar a Castro Díaz-Balart. Acompañado por insólitos Rubiera y Regla Torres, establecía un signo de clonación ideológica que quizás fuese más fuerte y pretencioso, filosóficamente hablando, que la dinastía de Corea.
¿Posibilidad de sucesión principesca luego de la muerte de Raúl?... ¿Quién más puede seguir los pasos al ya cincuentón Fidelito? ¿Su prima Mariela Castro? ¿Su hermanito, el benjamín Tony? ¿Zenaida Castro Romeu? ¿Vicente González Castro?
Esperemos que nuestra identidad caribeña nos libre alguna vez de semejante tradición.

Anónimo dijo...

Saludos Camilo, una grata alegria saber de la existencia de tu blog.
A ver si recuerdas: Biblioteca de Cienfuegos. Alguien que publico una nota aun poema tuyo publicado en Cienfuegos.

Mandame una direccion electronica para escribirte personalmete.

La mia es: arvelitera@yahoo.fr

Vivo en Paris desde 1996. Después te cuento mas;

Un abrazo

Armando Valdés Zamora

Dagmar dijo...

Ojalá tu boca sea santa con eso de que la dinastía nuestra parece corta, pero desgraciadamente yo no estoy tan segura....

Napo dijo...

Santa Barbara bendita
tú que eres la deidad del rayo
Mándale uno al caballo
que Cuba lo necesita!