1 jun. 2009

Réquiem tardío por Sigifredo Álvarez Conesa

Todavía no me explico por qué Sigifredo Álvarez Conesa y yo fuimos amigos. No le gustaba la pelota, detestaba a Paquito D’Rivera y cuando oía un chiste de política, se hacía el sordo o cambiaba de conversación. Tenía una manía insoportable: se rascaba las dos rodillas a la vez y sin cesar, haciendo unas muecas extrañísimas.
Creo que la química (esa palabra la aprendí de Sigfredo Ariel, de quien me burlaba diciéndole Sigifredo) empezó por la décima campesina, sobre todo por aquella del guajiro en tiempos del Batistato. Cada vez que Luis Lorente la vociferaba, él se reía a carcajadas hasta que el asma se lo permitía.
Luego empecé a disfrutar verlo comer. Cualquier cosa que Sigifredo se llevara a la boca le merecía un hermoso ritual que siempre acababa con la misma frase: “¡Hummm, genial, hermano!”. La poesía y la comida eran sus dos grandes placeres, por eso cuando hablaba de una, procuraba por todos los medios referirle a la otra. Una noche, debajo de una insoportable nube de mosquitos, en la costa de Caibarién, le oí decir una de sus frases perfectas: “¡Qué sabrosa es la poesía, compadre!”.
Durante el tiempo que trabajamos juntos, Luis Lorente y él me cuidaron y me salvaron de unas interminables jornadas de abulia y descontento. En ese tiempo, Luis me enseñó una Habana que yo desconocía y Sigifredo me inculcó el difícil arte de saber tener fe, aun sabiendo que nada llegaría. Por eso, aunque nosotros los ateos no tenemos ni siquiera sobrevida, no te preocupes, Sigi, que todos los que te quisimos te cuidaremos del olvido hasta donde esté a nuestro alcance.
Luisito, que sí cree en fantasmas, pasará cada vez que María lo deje por el portal de 21 y 8, para ver si te encuentra con el paraguas en la mano o meciéndote en uno de los sillones. Y el resto, los que nunca pudimos explicarnos por qué te queríamos tanto, velaremos por que ningún ciclón le vuelva a pasar por encima a la casa de madera azul y porque el piano náufrago reaparezca.
Ahora, Sigi, ya vez que no había que tener tantas esperanzas... la vida es eso, compadre, nada más eso.

3 comentarios:

Javier dijo...

Hola me llamo javier Alvarez me he emocionado leyendo su requiem sobre mi padre, muchas gracias, y gracias por seguir siendo su amigo y recordarlo aunque el ya no este fisicamente.

Camilo Venegas dijo...

Javier, sigo siendo un gran amigo de tu padre. Fue un poeta inmenso y un hombre inexplicablemente bueno. Te doy a ti uno de los tantos abrazos que dejé de darle.

Javier dijo...

muchas gracias por sus palabras es orgullo para mi, un abrazo