Creo que la química (esa palabra la aprendí de
Luego empecé a disfrutar verlo comer. Cualquier cosa que Sigifredo se llevara a la boca le merecía un hermoso ritual que siempre acababa con la misma frase: “¡Hummm, genial, hermano!”. La poesía y la comida eran sus dos grandes placeres, por eso cuando hablaba de una, procuraba por todos los medios referirle a la otra. Una noche, debajo de una insoportable nube de mosquitos, en la costa de Caibarién, le oí decir una de sus frases perfectas: “¡Qué sabrosa es la poesía, compadre!”.
Durante el tiempo que trabajamos juntos, Luis Lorente y él me cuidaron y me salvaron de unas interminables jornadas de abulia y descontento. En ese tiempo, Luis me enseñó una Habana que yo desconocía y Sigifredo me inculcó el difícil arte de saber tener fe, aun sabiendo que nada llegaría. Por eso, aunque nosotros los ateos no tenemos ni siquiera sobrevida, no te preocupes, Sigi, que todos los que te quisimos te cuidaremos del olvido hasta donde esté a nuestro alcance.
Luisito, que sí cree en fantasmas, pasará cada vez que María lo deje por el portal de 21 y 8, para ver si te encuentra con el paraguas en la mano o meciéndote en uno de los sillones. Y el resto, los que nunca pudimos explicarnos por qué te queríamos tanto, velaremos por que ningún ciclón le vuelva a pasar por encima a la casa de madera azul y porque el piano náufrago reaparezca.

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