2 abr. 2009

Una cuestión de taste

Tardé muchos años en entender algunos sabores y ya puedo identificar algún que otro olor, de una manera muy superficial, pero lo logro. El sabor corrugado del gofio con azúcar prieta, los efluvios del picadillo de soya y el tufo abrasivo del ron a granel, entre dos o tres sabores primarios más, devastaron mi paladar y aniquilaron mi olfato.
Poco a poco, y gracias al afán de algunos amigos (creo que Freddy, Soraya, Mayitín y Mario se llevan el mayor crédito), aprendí a distinguir cosas muy elementales. Así, el jamón dejó de ser jamón a secas y empezó a tener sabores y texturas muy diferentes. El queso dejó de ser una palabra escrita en singular y, una vez en plural, se convirtió en algo que podía señalarse en un mapa.
En 1993, cuando regresaba a La Habana de mi primer viaje al extranjero, me dio un ataque de pánico cuando descubrí que me quedaban algunas pesetas en el bolsillo (entonces aún estaba penada la tenencia de monedas foráneas). Llamé a la azafata de Iberia y le pedí una botella de whisky.
Ese fue mi primer single malt, aunque muchos años después fue que entendí en qué consistía esa nota aclaratoria. Hace unos días, en un mentor de Black Label, Luis González Ruisanchez y yo recordamos aquellos tiempos en que una botella de Johnnie Walker era para nosotros un anuncio insaboro en una revista del extranjero.
Hoy, por accidente, encontramos una presentación en Internet sobre la producción de ron en Cuba. El 35% es destinada al mercado internacional, el 1% es embotellada para el mercado nacional y el 64% es vendido a granel en toda la Isla.
­−¿Tú volverías a tomarte un trago de eso? −Le pregunté a Luis señalándole un tanque de plástico azul donde alguien hunde un jarro de aluminio.
−¡Coño, chico, no jodas, no me recuerdes eso! −respondió Luis, llevándose las dos manos a la garganta.

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