15 abr. 2009

Dos puertas de entrada y una de salida

Para volver a La Habana abres la hornilla de gas.
Una vez que ese olor se le impregna a las cosas
ya puedes decir que estás de regreso.
Eso era lo que respirabas en la calle Obispo
(con una pizza o una novela rusa entre las manos),
en el inmenso pasillo gris de tu casa
o en el túnel de laureles por el que pasa la calle 11.

Para quedarte en el Paradero de Camarones,
repites la canción que se acaba con un tren pasando
(no, no es esa que te imaginas sino otra,
hablo de un blues y de una noche cualquiera
en un pueblo cualquiera a orillas del Mississippi).
Lo demás se resuelve con todas las cosas
que a Lérida le vienen a la cabeza
si te quitas la camisa en una corriente de aire.

Para irte de Cuba cierras los ojos y te tapas la boca
(en este caso lo mejor es que no haya música,
es preferible evitar cualquier cosa
que te obligue a retroceder).
Eso te libera de lo que va a suceder en tu ausencia
y te excusa en el momento en que empiece a llover
o se extinga lo único por lo que de verdad
tenías deseos de quedarte.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

A veces pienso que eres buen poeta jajajajaja....este en particular me hizo llorar...la nostalgia, Dios mío que dura es.

Una habanera dijo...

Oye, eso me mató. Mis amigos extranjeros dicen lo mismo de La Habana. que huele a gas. Yo les explico que es la refinería del puerto, pero ellos, tan paranoicos como siempre, hablan de escapes y tonterías. Nueve años es mucho tiempo, mijito, por eso Pondré música y vamos a ver qué pasa.