8 dic. 2006

Toilette

Es el sitio donde más leo. Lo aprendí de un tío mío, Aldo Yero, que se encerraba con una caja de antiguos comics y tardaba horas en salir. Luego, supe que no era una cuestión de familia, que muchas celebridades –a las cuales, en su mayoría, veneraba– también se deleitaban en esa costumbre.
José Lezama Lima se sentaba con un ejemplar de la Divina comedia sobre las piernas. Ese libro aún se conserva y está lleno de anotaciones, las que presuntamente se hicieron allí. Siempre que pienso en el obeso Lezama sentado sobre el mueble de loza, escribiendo sobre los versos de Dante, lo imagino con el rostro Oliver Hardy; debe ser por la situación, grotesca como las de aquel otro gordo, divinamente cómica.
James Joyce, Marcel Prouts, William Faulkner, Tennessee Williams y Ernest Hemingway en algún lugar de sus obras o en sus correspondencias dejaron constancia de su rara ‘adicción’ por disfrutar de la lectura a esa hora. Joyce leía itinerarios de trenes y enumeraciones de destinos, Prouts anuncios clasificados, Faulkner listados de muertos de la Guerra Civil, Williams los sonetos de Shakespeare y Hemingway los resultados de las carreras de caballos de la jornada anterior.
Probablemente la imagen que más conceptos cambió en la historia del arte fue precisamente un orinal. Dispuesto en el centro de una galería, aquel objeto sin duda fue la vanguardia más radical, lo que más perplejidad creó, lo más destructivo, lo más subversivo. En un cuadro de Brueguel hay un señor muy viejo en cuclillas que es uno de los pocos retratados en ese menester fisiológico. Su rostro es casi imperceptible, pero aún en sus facciones en miniatura es evidente el placer.
Yo, antes que nada, reviso atlas. Es la manera más cómoda de cargar esos inmensos libros que en una mesa siempre quedan demasiado altos y muy incómodos para tener una idea real de las distancias. Pude aprenderme todas las islas del Caribe gracias a esas puntuales ‘lecciones’ de geografía. También los ríos más largos, las montañas más altas y las fosas marinas más hondas. Con el mundo al alcance de mis manos repito los nombres y corrijo sus latitudes: Mississippi, Orizaba, canal de Suez, cabo Esperanza, lago Baikal...
Hay libros que sólo leo allí y algunos de ellos han sido hasta releídos. Regularmente son textos que soportan ser abandonados por 24 horas. Ahora leo, por ejemplo, Creí que mi padre era Dios, de Paul Auster. Como las historias son muy breves, las leo de una en una, de mañana en mañana. Luego dejo el libro en la repisa y no lo vuelvo a tocar hasta el día siguiente.
Al principio mi madre creyó que era un defecto terrible aquello de permanecer tanto tiempo allí y consultó a un siquiatra tratando de hallar una cura. Pero por fortuna el galeno fue honesto y me salvó de lo que seguramente hubiera sido un horrendo castigo: “Perdone señora –le dijo en voz muy baja, como si se confesara–, pero no puedo hacer nada al respecto... es que yo tengo la misma costumbre”.

2 comentarios:

J. E. Aneiros dijo...

Pues a mi me encanta ir allí a leer libros de programación. No hay nada como un buen código fuente en el silencio y la soledad del inodoro!

Tertulia dijo...

Creo que este es un problema universal. Casi todo libro que cae en mis manos, comienza a ser husmeado en ese sitial al que llamo "mi biblioteca privada". Palpo las hojas, leo las notas de la solapa o la contracubierta... Cuando me emociono, me adentro en el primer capitulo, si es breve. La urgencia y la brevedad (ya saben que a veces no hay tiempo ni para... eso) me ha ido decantando ultimamente por la poesia. Todos los poemarios que me han regalado ultimamente, pasan por esa criba. Pero mis amig@s poetas no deben sentirse ofendid@s por ello; deben saber que sus obras son disfrutadas en el ambito mas privado de mi existencia, ali al cual no entra nadie mas que yo, y sus libros; en los únicos momentos en que puedo dedicarles absolutamente toda mi atención...