25 nov. 2006

Los reyes desterrados

Yo nací en un país donde la Navidad estaba prohibida. En 1970 a Fidel Castro se le metió entre ceja y ceja que Cuba era capaz de producir diez millones de toneladas de azúcar. El capricho imposible, además de acabar con casi toda la infraestructura del país, les costó el destierro a Melchor, Gaspar y Baltasar.
Mujeres y hombres tuvieron que irse a cortar caña, dejando atrás las piras donde ardían bolas de cristal, camellos de yeso y pinos artificiales. Esa era la razón por la que mi abuela Atlántida pronunciaba la palabra “Nochebuena” en voz muy baja, para que nadie supiera que ella aún la recordaba.
No olvido que los 24 de diciembre, cuando servía a la mesa lo que hubiera, me contaba los olores y los sabores de las cenas de “antes”, que era la palabra que ella utilizaba para referirse al país que se acabó el 1 de enero de 1959. Todavía hoy no sé pronunciar la palabra Navidad en voz alta. Ayudo a mi hija en las conexiones eléctricas del arbolito y a colgar los adornos más altos. Pero nada más.
Si soy del todo honesto, esta época del año me aturde. No logro sobreponerme al recuerdo de mi abuela, reconstruyendo olores, sabores y canciones sobre una mesa vacía y en silencio.

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