31 dic. 2006

Una pequeña pregunta

La imagen sólo permanece dos o tres segundos en pantalla, pero es suficientemente. Delante de una gran fotografía, Al Gore señala las dos caras del borde. “Esta es la frontera entre Haití y República Dominicana. Una serie de políticas aquí. Otras políticas acá”, dice el ex vicepresidente de Estados Unidos.
Se trata de un instante en las casi dos horas que dura el documental An Inconvenient Truth (2006), donde Al Gore denuncia el peligro del calentamiento global. De forma clara, a veces entretenida y a veces dramática, el político norteamericano explica qué es el efecto invernadero, cuáles son sus consecuencias más serias y qué podemos hacer para que no lleguen a ser irreversibles.
Después de perder unas confusas elecciones en 2000, donde George W. Bush acabó arrebatándole la presidencia de Estados Unidos, Al Gore se ha dedicado a impartir esta conferencia por todo el mundo. Más de mil veces y ante los espectadores más disímiles ha repetido la misma frase: "La cuestión no debería ser de tipo político. La gravedad es tal que para mí se ha convertido en una cuestión moral y por eso estoy haciendo esto", explica Gore.
Cuando acabé de oír a Al Gore, volví al minuto 64 del documental. Justo ahí está la imagen de la frontera. ¿Estamos dispuestos a salvar al menos la mitad de una isla única? ¿Qué hacemos día a día para que eso sea posible? A veces una gran pregunta empieza por otra mucho más pequeña.

15 dic. 2006

La caída de Buzz Lightyear

Ana Rosario y yo nos aprendimos Toy history de memoria en un sillón que se quedó en la Habana, justo en el medio del aquel espacio donde sobrevivimos los avatares de una época que ahora también se parece a una película, pero en blanco y negro, casi muda. Ese mueble aún debe tener el hoyo que le hicimos mientras compartíamos las risas y las angustias de Woody y Buzz Lightyear.
Más allá de todos los hallazgos tecnológicos de Pixar (que hicieron envejecer a los clásicos de Disney de un día para otro), la clave del éxito de cada una de sus películas es esa ilimitada capacidad que tienen sus realizadores para hacer que lo inconcebible se parezca demasiado a la vida misma.
Fundada por George Lucas y propulsada por Steve Jobs, Pixar ha logrado, fábula tras fábula, un espacio donde padres e hijos pueden sentarse a participar de una misma historia sin que ninguno de los dos se sienta timado. A Pixar yo le debo no sé cuántas horas de complicidad con mi hija. Creo que ella se muerde el índice de la mano izquierda cuando está en aprietos, porque antes me vio a mí hacerlo mientras Buzz Lightyear caía al vacío.
Parecerá tonto, pero nunca puedo evitar las lágrimas cuando veo esa escena. Es una de mis preferidas en toda la historia del cine. Cada vez que Buzz descubre que no es un guardián espacial sino un juguete incapaz de volar, yo caigo con él por esa interminable cámara lenta. Es algo muy breve, pero que puede durar todo lo que nosotros queramos si la volvemos a ver con ellos y nos dejamos convencer por su inocencia.

12 dic. 2006

La botella del pataleo

Cuando llegué a República Dominicana, en noviembre de 2000, muchos de los amigos que me tendieron su mano al pasar guardaban una botella. Algunas eran de ron y otras de un ya antiguo vino, pero todas tenía un mismo fin: “Esa es para tomármela el día en que se muera Balaguer”, me decían.
La madrugada en que amanecimos con la noticia de que el Doctor se había ido de este mundo, Vianco Martínez me invitó a su casa. No creo que celebráramos, más bien lavamos con alcohol la memoria de Amaury, Sagrario, Orlando y de toda aquella generación que fue sacrificada con la intención de que el país mantuviera ese letargo atroz que lo consumió por doce años.
Cada uno de los chilenos que salió a la calle con un litro de pisco o una jarra de vino en la mano, sus razones tenía. El 11 de septiembre ya era un día inolvidable cuando las Torres Gemelas se vinieron abajo. Antes de hacerlo en Nueva York, ese mismo día, pero de 1973, había demolido los sueños de Chile.
Para nadie en este mundo es un secreto que Augusto Pinochet fue ese criminal que nunca le pudieron probar que era. Es una pena que, aún en la decrepitud, el General siguiera contando con las herramientas suficientes para acallar a la democracia. Yo también tengo mi botella guardada. Es de oporto. No es una bebida que a mí me guste especialmente, pero sé que a él sí.

8 dic. 2006

Toilette

Es el sitio donde más leo. Lo aprendí de un tío mío, Aldo Yero, que se encerraba con una caja de antiguos comics y tardaba horas en salir. Luego, supe que no era una cuestión de familia, que muchas celebridades –a las cuales, en su mayoría, veneraba– también se deleitaban en esa costumbre.
José Lezama Lima se sentaba con un ejemplar de la Divina comedia sobre las piernas. Ese libro aún se conserva y está lleno de anotaciones, las que presuntamente se hicieron allí. Siempre que pienso en el obeso Lezama sentado sobre el mueble de loza, escribiendo sobre los versos de Dante, lo imagino con el rostro Oliver Hardy; debe ser por la situación, grotesca como las de aquel otro gordo, divinamente cómica.
James Joyce, Marcel Prouts, William Faulkner, Tennessee Williams y Ernest Hemingway en algún lugar de sus obras o en sus correspondencias dejaron constancia de su rara ‘adicción’ por disfrutar de la lectura a esa hora. Joyce leía itinerarios de trenes y enumeraciones de destinos, Prouts anuncios clasificados, Faulkner listados de muertos de la Guerra Civil, Williams los sonetos de Shakespeare y Hemingway los resultados de las carreras de caballos de la jornada anterior.
Probablemente la imagen que más conceptos cambió en la historia del arte fue precisamente un orinal. Dispuesto en el centro de una galería, aquel objeto sin duda fue la vanguardia más radical, lo que más perplejidad creó, lo más destructivo, lo más subversivo. En un cuadro de Brueguel hay un señor muy viejo en cuclillas que es uno de los pocos retratados en ese menester fisiológico. Su rostro es casi imperceptible, pero aún en sus facciones en miniatura es evidente el placer.
Yo, antes que nada, reviso atlas. Es la manera más cómoda de cargar esos inmensos libros que en una mesa siempre quedan demasiado altos y muy incómodos para tener una idea real de las distancias. Pude aprenderme todas las islas del Caribe gracias a esas puntuales ‘lecciones’ de geografía. También los ríos más largos, las montañas más altas y las fosas marinas más hondas. Con el mundo al alcance de mis manos repito los nombres y corrijo sus latitudes: Mississippi, Orizaba, canal de Suez, cabo Esperanza, lago Baikal...
Hay libros que sólo leo allí y algunos de ellos han sido hasta releídos. Regularmente son textos que soportan ser abandonados por 24 horas. Ahora leo, por ejemplo, Creí que mi padre era Dios, de Paul Auster. Como las historias son muy breves, las leo de una en una, de mañana en mañana. Luego dejo el libro en la repisa y no lo vuelvo a tocar hasta el día siguiente.
Al principio mi madre creyó que era un defecto terrible aquello de permanecer tanto tiempo allí y consultó a un siquiatra tratando de hallar una cura. Pero por fortuna el galeno fue honesto y me salvó de lo que seguramente hubiera sido un horrendo castigo: “Perdone señora –le dijo en voz muy baja, como si se confesara–, pero no puedo hacer nada al respecto... es que yo tengo la misma costumbre”.

4 dic. 2006

Mi deuda interna

Siempre que nos pasaba un avión por encima, le decíamos adiós a Él. El cielo del Paradero de Camarones no es tan grande que digamos. Unas pocas nubes son suficientes para que se cierre como la noche más oscura. Esa pueda ser la razón por la que casi nunca los aviones lo sobrevuelan.
Por eso, cada vez que escuchábamos el ruido de uno, todos los niños dejábamos lo que estábamos haciendo y salíamos al descubierto para tratar de que Él nos viera. Le decíamos adiós hasta que el aparato se hundía en las nubes y el rumor de su motor dejaba de escucharse. Hace unas semanas un lector me pidió que reconociera lo que yo le debía a la Revolución Cubana.
Entonces pensé en aquel extraño ritual en que todos vociferábamos, tratando de esquivar el sol para poder divisar el aparato. Yo solía pasarme gran parte de los veranos con mi padre en su casa de Manicaragua. Un día de agosto de 1980 ese pueblo del Escambray amaneció lleno de banderitas de papel.
Por un lado tenían impresa la insignia cubana; por el otro, el dibujo de un águila comiéndose a una serpiente. “¡Viva la inquebrantable amistad de Cuba y México!”, decían cientos de carteles que colgaban por todas partes. En algún momento del día, el entonces presidente mexicano atravesaría el pueblo en una caravana que se dirigiría al lago Hanabanilla. Nos apostaron en una interminable fila en ambos flancos de la carretera.
Mi padre me subió sobre sus hombros y yo, de vez en cuando, le golpeaba la cabeza con el palo que sostenía mi banderita. Ya eran pasadas las nueve de la noche cuando empezaron a pasar las motocicletas que le abrían paso a la caravana. A cada vehículo que pasaba le gritábamos su nombre. De pronto un tajante silencio se fue imponiendo hasta que logró acallarnos a todos.
No había luz, pero se vio claramente la llegada de un jeep verde olivo. Los vehículos que le habían antecedido, pasaron a gran velocidad, sin que nos dieran tiempo a distinguir a los que viajaban en su interior. Este, en cambio, se detuvo. Las puertas se abrieron y los ocupantes del jeep se desmontaron. Durante todo el día nos habían enseñado las consignas que había que corear, pero el pueblo hizo caso omiso de lo ensayado. Un gran coro vociferó su nombre y
Él empezó a caminar en medio de la oscuridad. Pasó a unos pocos metros de donde yo estaba aún subido en el cuello de mi padre. Hubo un momento en que le vi mirar hacía mí y quise gritar, pero se me hizo un nudo en la garganta y perdí todo el aire que tenía dentro.
En Manicaragua no se recuerda cómo era José López Portillo, nadie tuvo tiempo de mirar al estadista mexicano; durante los segundos que caminó por la calle principal del pueblo, sólo hubo ojos para su acompañante. –¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel! –gritó la multitud hasta que los hombres se perdieron de vista, tal como lo hacían los aviones sobre el cielo de mi pueblo.
Si alguna deuda tengo con la Revolución Cubana es la inocencia, el candor que me hacía gritar de cara a las nubes. Todo lo demás lo pagué con altos intereses.

28 nov. 2006

Silvio ya cumplió 60

Nunca he logrado aprenderme nada de memoria. A pesar de que el himno nacional cubano es sumamente breve, a veces descubro con horror que se me ha extraviado algún que otro verso. Creo que padezco de una incurable amnesia literaria. Sin embargo, tengo una habilidad inimaginable para aprenderme las canciones de Silvio.
Una vez que las oigo, no logro olvidarlas. Cuando era un adolescente, procuré imitarlo en todo. Devoré a sus escritores preferidos, profesé su estética como si se tratara de una secta religiosa y logré que mi abuela le arrancara el cuello a todas mis camisas para vestirme como él. Mis primeros poemas (que afortunadamente desaparecieron en las manos de mis primeras novias) eran horrendas imitaciones de sus canciones.
Por suerte, mi oído es de una desafinación casi perfecta y nunca pude aprender a tocar guitarra. De manera que llegó el momento en que tuve que aceptar un oficio que no fuera el de trovador. Silvio Rodríguez es, probablemente, la expresión más universal de la cultura que se gestó en mi país a partir del 1 enero de 1959.
Más allá de lo que es hoy la Revolución o el propio Silvio, sus canciones son un puntual resumen de noticia de cuanto se ha vivido allá dentro por más de cuatro décadas, una precisa metáfora de todo lo que se fue y se es entre la ternura y el espanto. Recuerdo que cuando era aquel adolescente radical, casi fundamentalista, me pregunté muchas veces si Silvio seguiría siendo Silvio en la vejez.
Entonces, no había entendido bien aquella canción suya donde asegura que un hombre nunca es lo más importante. Ya no quiero ser como Silvio, pero reconozco que no hubiera podido ser yo sin él.

27 nov. 2006

Los fantasmas de Milos Forman

Milos Forman acaba de realizar Los fantasmas de Goya y, a propósito de la película, ha tenido que volver una y otra vez a los fantasmas de su propio pasado. Forman huyó de Checoslovaquia en mayo de 1968, en medio de una primavera donde los tanque soviéticos llegaron antes que el primer aguacero.
Escondido en un tren nocturno, Forman llegó a París, buscando un sitio donde darle continuidad a su obra cinematográfica con entera libertad. En una reciente entrevista, el cineasta recordó aquellos días en que París le recibió con los brazos cruzados. Muchos intelectuales no lograron comprender su actitud y se manifestaron públicamente en su contra.
“Los entendía perfectamente, porque ellos nunca habían vivido en una sociedad totalitaria. No tenían ni idea de cómo la justa revolución socialista había desembocado en esos aterradores regímenes totalitarios cuyo sistema se basa en un único partido”, recordó el director de Amadeus.
Después de una carcajada, Forman revivió con tristeza aquellas escenas donde siempre acababa preguntándose lo mismo: “¿Cómo toda esta gente tan creativa, tan inteligente, está intentando imponer banderas que la gente joven de mi país está luchando por arrancar?”. Casi cincuenta años después los fantasmas de Milos siguen siendo los mismos que Goya y tuvo siglos atrás.
Por fortuna, el cineasta ha sabido convivir con ellos y ya no lo espantan. Sólo recuerda aquel horror cuando le preguntan. “Al fin y al cabo ya yo he vuelto a ser ciudadano checo y mi país está decidido a olvidar todo aquello”, dijo antes de prender fuego a su cigarro y envolverse en humo.

25 nov. 2006

Los reyes desterrados

Yo nací en un país donde la Navidad estaba prohibida. En 1970 a Fidel Castro se le metió entre ceja y ceja que Cuba era capaz de producir diez millones de toneladas de azúcar. El capricho imposible, además de acabar con casi toda la infraestructura del país, les costó el destierro a Melchor, Gaspar y Baltasar.
Mujeres y hombres tuvieron que irse a cortar caña, dejando atrás las piras donde ardían bolas de cristal, camellos de yeso y pinos artificiales. Esa era la razón por la que mi abuela Atlántida pronunciaba la palabra “Nochebuena” en voz muy baja, para que nadie supiera que ella aún la recordaba.
No olvido que los 24 de diciembre, cuando servía a la mesa lo que hubiera, me contaba los olores y los sabores de las cenas de “antes”, que era la palabra que ella utilizaba para referirse al país que se acabó el 1 de enero de 1959. Todavía hoy no sé pronunciar la palabra Navidad en voz alta. Ayudo a mi hija en las conexiones eléctricas del arbolito y a colgar los adornos más altos. Pero nada más.
Si soy del todo honesto, esta época del año me aturde. No logro sobreponerme al recuerdo de mi abuela, reconstruyendo olores, sabores y canciones sobre una mesa vacía y en silencio.

19 nov. 2006

Identidades

Casi nadie es como los demás lo pintan. Por lo regular, no hay nada que se aleje más de un individuo que esa idea preconcebida que nos hacemos de él. Las identidades no son algo que se puedan definir con al precisión matemática de los solsticios o los eclipses. Las identidades se van conformando a través de las vivencias comunes y corrientes, esas que luego, con el paso de los siglos, empieza a llamarse tradición, historia, cultura...
Tratar de descifrar a uno, a cien, a miles o a millones de individuos a través de una identidad determinada, puede ser tan erróneo como ignorar esas señales casi indescifrables que siempre nos distinguen del resto. Recuerdo una larga conversación que tuve con Silvio Torres Saillant sobre eso. “El hecho de que ahora me guste más el Shiraz australiano que el mabí seibano, no quiere decir que esté dejando de ser yo. Todo lo contrario. Cada nueva experiencia me reafirma más como lo que soy”, dijo Silvio con su peculiar manera de enfatizar.
No a todos los dominicanos les gusta el mangú, ni todos los cubanos saben bailar, ni todos los franceses son petulantes, ni todos los ingleses tiene un fino sentido del humor, ni todos los argentinos son egocéntricos, ni todos los irlandeses beben cerveza, ni todos los turcos son negociantes. En cambio tú eres demasiado fiel a lo que me imaginé el primer día, por eso insisto en permanecer a tu lado.

16 nov. 2006

Los cultos del "paradiso"

Los escritos de José Martí se han parafraseado demasiado. De uno de esos juegos de palabras salió “Ser cultos para ser libres”, una consigna que cuelga por toda Cuba. Recientemente, Fidel Castro afirmó que el pueblo que ha gobernado por más de cuarenta años es uno de los más cultos del mundo.
A pesar de que Fidel no se ha cansado de pregonar su convicción marxista a los cuatro vientos, prefiere evaluar el nivel cultural de los suyos con una unidad de medida burguesa; la cual le permite dejar por sentado que si un campesino cubano sabe quién es Shakespeare, es mucho más culto que un dominicano que sólo conoce la poesía del Ciego de Nagua.
Ahora, si de verdad se quiere promover la gran "cultura” cubana, bien se pudieran enviar artistas y creadores como agregados culturales, en lugar de policías encubiertos que cuando se les habla de Paradiso, creen que se trata de un hotel en Varadero y no de la novela de José Lezama Lima.

5 nov. 2006

Sadam y la soga

Sadam Husein ha sido sentenciado a morir en la horca por apenas uno de sus incontables actos criminales. El anuncio de la condena ha desunido aún más al pueblo iraquí: Mientras los chiítas y los curdos celebran, los suníes lloran y juran venganza.
El hecho de que Sadam ya tenga la soga al cuello, no significa el fin del horror en Irak. La creciente violencia sectaria y la cada vez más confusa realidad, han empantanado al ejército invasor y tienen al país a un paso de la guerra civil.
La muerte de un dictador nunca significa el fin de los pavores que provocó su dictadura. Un tirón del cuello, un disparo a la cabeza o una enfermedad incurable le ponen fin al individuo, pero no le devuelven a los pueblos todo lo perdido.
Las divisiones, los rencores, el dolor, el odio y la miseria perduran mucho más que el hombre que las infligió, sin pudor alguno, en la memoria colectiva de los suyos.

1 nov. 2006

En el medio del centro

“Es que sólo ahí se puede estar, en el medio del centro”, me escribió un amigo desde su lejana casa, en unos de los peñascos canarios. Saco esa línea de la conversación que sostuvimos por el Messenger, a propósito de una entrevista a Anthony Giddens que apareció hace dos semanas en EP[S].
Giddens es considerado el sociólogo más importante de su generación en el Reino Unido y recibió el Premio Príncipe de Asturias, en 2002, por sus aportes “al debate y renovación de las ideas políticas, planteando una armonización entre las exigencias del mercado internacional y los problemas sociales, a partir de nuevas vías de reflexión y actuación democrática”.
Pero el gran mérito de Giddens es el de haber propuesto una de las “salida de emergencia” más coherentes para los que rehúyen de la fosilización y las incoherencias que padece la izquierda. “La tercera vía es para mí algo más amplio: es un intento constante de llevar la izquierda hacia el centro, adaptándola a los cambios que vive el mundo”, repite Giddens.
De isla a isla, con el Atlántico de por medio, mi amigo y yo comentamos la entrevista punto por punto. “Como te dije, es que sólo ahí se puede estar, en el medio del centro”, escribió antes de que se interrumpiera la conversación y cada uno volviera a lo suyo.

20 oct. 2006

La conocen los que la perdieron

Raquel Paiewonsky, una de las artistas dominicanas que más ha trabajado con la palabra libertad en sus obras, acaba de ganar la XXI edición del Concurso de Arte Eduardo León Jimenes. Raquel es producto de una sociedad que se sacude el polvo de dos dictaduras (una a la franca y otra solapada).
El Concurso de Arte Eduardo León Jimenes ha sido, durante sus cuatro décadas de trayectoria, uno de los más constantes impulsores de la creatividad y de la libertad de expresión en República Dominicana. Sin poner otra condición que no sea el talento, este certamen no ha dejado de apoyar a los artistas del país aún en los momentos más graves.
Carlos Palacios, miembro del Jurado de Premiación del XXI Concurso, también se refirió a la libertad de expresión en su conferencia magistral. Con ejemplos en la mano, Palacios reveló las maniobras que los gobiernos de Cuba y Venezuela llevan a cabo en contubernio, por tal de amordazar a sus creadores, sumiéndolos en un discurso unicorde y empobrecedor.
Las palabras de Palacios fueron, además de un enorme aliento para todos los artistas que tienen la posibilidad de participar en espacios abiertos e incluyentes, como lo son el Centro León y el Concurso de Arte, un grito solidario a favor de los que carecen de esos privilegios. Es que a la libertad, como dice Andrés Calamaro, “la conocen los que la perdieron”.

2 oct. 2006

La noche de la iguana


En estos momentos en la Tierra se está produciendo la mayor pérdida de biodiversidad después de la que hubo con la desaparición de los dinosaurios. Más de 16,000 especies se encuentran seriamente amenazadas en todo el planeta. Desde cualquier latitud, día tras día, llegan noticias que corroboran el desastre.
El destino del último ejemplar de cada especie extinta es casi siempre el mismo: una vitrina impoluta en uno de los tantos museos de ciencias naturales. Allí, disecados y maquillados, los animales ofrecen una penosa invocación de lo que fueron en vida. Continuamente vemos incontables documentales sobre la tragedia ecológica en el mundo entero. Pero muchas veces se tiene la idea de que eso sucede lejos de uno: en los casquetes glaciares, en las selvas, en los desiertos o en los océanos que están del otro lado.
Casi siempre actuamos como si nosotros no fuéramos parte del problema y como si fueran otros los que deben resolverlo. Esa puede ser la razón por la que miramos para otra parte cuando un vendedor de pericos nos sale al paso, jaula en mano, a la salida de Santiago. Quizás por eso no decimos nada cuando nos ofrecen el “fresco palmito” en la Mejía Ricart con Lincoln.
De ahí que simulemos no oír cuando nos cuentan que allá, en el Sur, las iguanas que nadie compró duermen a un lado del camino, amarradas a un palo.

29 sept. 2006

El espanto

En 1987 le di un abrazo a un hombre que acababa de ser torturado. Aún hoy puedo ver delante de mí el espanto que había en el fondo de sus ojos. Rodolfo era recién graduado de la Escuela Nacional de Arte y trataba de hacer una obra de teatro con un grupo de obreros de la central termonuclear que los soviéticos construían en Cienfuegos.
Por las noches leían a Brecht, Piscator, Ionesco, Beckett o Kantor. Por el día, compartía interminables jornadas de soldaduras, encofrados, fundiciones y sol irresistible. Pero aquel proceso de “creación colectiva” fue suspendido de golpe por una patrulla de la Seguridad del Estado, que los condujo hasta unas mazmorras secretas en Pueblo Griffo.
Mientras le pegaban, Rodolfo no dejó de cantar una canción de Silvio Rodríguez: “En el borde del camino hay una silla, la rapiña merodea aquel lugar…” Muchos de los hombres y mujeres que han sido torturados en mi país durante casi medio siglo de dictadura, viven ahora como refugiados políticos en Estados Unidos. El Senado de esa nación se plegó a las exigencias de George Bush y legalizó la privación del sueño o el sometimiento a temperaturas irresistibles, entre otras vejaciones, a cualquier sospechoso de terrorismo que llegue a ser interrogado.
Esa aprobación es, sin dudas, un terrible retroceso en materia de derechos humanos y garantías individuales. Estados Unidos ha borrado de un plumazo décadas y décadas de avances democráticos y acaba de legitimar algo que, con el fin de la Sudáfrica racista y de las dictaduras latinoamericanas, sólo se practica en los estados totalitarios y policiales que aún perduran.
Hace ya 19 años que vi por primera vez a un hombre que acababa de ser torturado. Cuando leí la noticia de la legalización de la tortura en Estados Unidos, el espanto que había en el fondo de sus ojos volvió a pararse delante de mí.

21 sept. 2006

Iconofilia

En la escuela rural del Paradero de Camarones no alcanzaban las paredes para tantas efigies. Los rostros de Marx, Engels, Lenin, Céspedes, Martí, Gómez, Maceo, Dimitrov, el Tío Ho, Brezhnev, Guevara, Fidel y Raúl, entre muchos otros que mi memoria no alcanza, no dejaban ni un espacio en blanco en las tablas y la mampostería. Vivos y muertos nos vigilaban a todas horas entre barbas, ceños fruncidos y rostros descoloridos.
En materia de idolatría, los gobiernos comunistas han estado siempre más cerca de los antiguos egipcios que de sus próceres laicos. De ahí que hayan dejado, donde quiera que se han instaurado, un rastro infinito de bustos, estatuas, monumentos, obeliscos y hasta momias. Al caer el Muro de Berlín, la mayoría de los países socialistas de Europa del Este y Asia estaban sembrados con descomunales panteones donde se salvaguardaban los cuerpos embalsamados de sus líderes históricos.
Algunos de esos célebres difuntos han recibido sepultura, pero otros aún permanecen a la vista de todos. Hace algunos años en Moscú se produjo un enconado debate alrededor del cadáver embalsamado de Lenin. Algunos querían enterrarle y otros preferían que permaneciera en su urna de cristal. Con el tiempo, el camarada Vladimir Ilich se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos de una ciudad que ha vuelto a creer en las lágrimas.
Pienso en esto, porque es probable que, más temprano que tarde, se erija un mausoleo para una nueva momia. Ya el conjunto escultórico debe de estar planificado hasta la última piedra. Mientras tanto (como un homenaje al comienzo de El otoño del patriarca), el círculo de auras tiñosas que siempre sobrevuela la Plaza de la Revolución sigue ahí. Nada logra espantar su imperturbable constancia.

5 sept. 2006

El cortesano

Joaquín Balaguer acaba de cumplir cien años y con esa excusa se celebraron actos donde se alabó su talento como político y como escritor. No cabe duda alguna de que el Doctor fue el político dominicano más influyente del siglo XX. Primero como cortesano de Trujillo, después como dictador él mismo (en unos interminables doce años), luego como Presidente legitimado en las urnas (algo a lo que, por cierto, no se han atrevido otros caudillos de la región) y al final como un ente ineludible en la vida nacional.
Pero se ha exagerado a la hora de evaluar la obra literaria de Balaguer. Hace unos días un orador rimbombante llegó a considerarlo “una de las grandes plumas del continente”. Por lo regular, figuras como él suelen tener inclinaciones literarias; ejemplos de ello hay de sobra. Pero eso no quiere decir que se le pueda tomar en cuenta a la hora de establecer el más estricto panorama de la literatura dominicana del siglo XX.
No es posible situarlo junto a Pedro Henríquez Ureña, Juan Bosch, Virgilio Díaz Grullón, Marcio Veloz Maggiolo o Pedro Peix (para citar a varias generaciones). Su talento era otro y pruebas de ello dio hasta con los ojos cerrados.

25 ago. 2006

Grass pela la cebolla

Por estos días, a raíz de la publicación de su autobiografía, Günter Grass ha estado en la punta de la lengua de mucha gente. El escritor chileno Ariel Dorfman no escapó a la tentación de aprovechar la coyuntura y contar algunas de las experiencias que ha tenido durante su relación “amistosa” con el autor de Pelando la cebolla.
“La primera vez que conocí a Günter Grass −recuerda Dorfman−, nos peleamos furiosamente”. Corría 1975 y, de la mano de un amigo, el chileno se acercó al alemán para pedirle su adhesión a una carta gestada por varios intelectuales latinoamericanos (entre los que se encontraban Aberti, Cortázar, García Márquez y Matta) en “defensa de una cultura chilena amenazada por Pinochet”.
Antes de dar una repuesta, Grass hizo una pregunta: "¿Por qué no quieren asistir los compañeros socialistas chilenos a la reunión en defensa de los patriotas checos que se hará en Francia este verano?". Dorfman trató en vano de explicarle a Grass que para que su país se sacara a Pinochet de encima no se podía “perjudicar el indispensable apoyo de la Unión Soviética”.
Durante el resto de la conversación Grass se dedicó a cocinar una sopa y no dijo ni una palabra más. Sólo abrió la boca para despedirse: "Cuando algo es moralmente correcto −dijo−, hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar". Desde los tiempos de Esopo, frases como esa reciben el nombre de moraleja.

19 ago. 2006

Pancho y Martí se despiden

En Dajabón, el 1 de marzo de 1895, Pancho y José Martí se despidieron. “A Pancho, sujetándome el corazón –escribió el Apóstol a Máximo Gómez–, se lo devuelvo”. Acto seguido los dos hombres se abrazaron por última vez. El joven volvió a Montecristi y Martí navegó hasta la guerra.
Ochenta días después, José Martí cayó abatido en una absurda escaramuza. Vestido de negro, como si fuera a dar un discurso y no la vida, galopó directo a las balas enemigas. De nada valió todo lo que se hizo para protegerlo. Aún hoy parece inexplicable aquel incidente que privó a Cuba del hombre que más necesitaría una vez que fuera libre.
De Pancho haber continuado el viaje con Martí, es probable que hubiera caído a su lado, en Dos Ríos. “Llegó Pancho ayer –respondió Gómez desde Montecristi el 4 de marzo–, al que usted no debió devolver sino llevarlo”. Pero el muchacho estaba predestinado y finalmente se alistó. Pancho desembarcó en Cuba en el vapor Three Friends y El 7 de diciembre de 1896, ya con el grado de capitán, fue alcanzado por las ráfagas mientras trataba de rescatar el cuerpo sin vida de Antonio Maceo.
A partir de entonces se llamó Panchito Gómez Toro y se convirtió en un héroe, como su padre, Máximo Gómez, y como José Martí, aquel poeta que le dijo adiós sujetándose el corazón.

Los niños se despiden

El cielo del Paradero de Camarones es demasiado grande. Una calle principal y dos callejones que se entrecruzan entre sí no dan abasto para tantas nubes. De manera que cuando un avión atraviesa por encima de mi pueblo se ve desde todas partes, no hay manera de que pueda pasar inadvertido.
Mi generación, es decir, los que fuimos niños en la década del setenta del siglo pasado, tenía una costumbre. Cada vez que un aparato sobrevolaba el espacio aéreo del Paradero de Camarones, mirábamos hacia arriba y gritábamos: “¡Adiós Fidel!”, con las dos manos en alto repetíamos una y otra vez “¡Adiós Fidel!”.
El pasado domingo, cuando le vi ataviado con una indumentaria Adidas (¿será un descuido o un tardío patrocinio?), sin el disfraz de guerrero y con demasiado tinte en la barba (supongo que el nerviosismo o la prisa de los maquillistas), recordé aquella cándida e inconcebible manía que llegó a interrumpir hasta los más reñidos juegos de pelota en el potrero de Felo López.
En voz muy baja repetí aquel grito. Lo hice por los que entonces nos jugábamos nuestra inocencia sin camisa y al resisterio del sol, lo hice porque estoy convencido de que pase lo que pase, dentro de una semana o de un año, allí nada volverá a ser lo mismo.

El que ya no tiene que echarle leña al fuego

En un viejo Reglamento, publicado por los Ferrocarriles Consolidados de Cuba, se advierte que el fogonero es quien auxilia al maquinista en todo lo que se refiere a sus obligaciones y en la economía del combustible, además de prestarle atención a la vía en caso de señales y obstrucciones.
Cuando desaparecieron las locomotoras de vapor, las funciones del fogonero se redujeron aún más. Desde entonces, apenas se cerciora de que el tren permanezca completo al salir de las curvas y de tirar del silbato si el maquinista no puede hacerlo.
De niño me fascinaba la idea de ser maquinista, pero poco a poco descubrí los privilegios de viajar en el lugar del fogonero. Con la vista fija en el horizonte de la vía, su oficio le permite concentrarse en el entorno que se le viene encima a toda velocidad. Como ya no tiene que estar pendiente de la caldera, el fogonero puede ponerle más atención a la tumultuosa cotidianidad del viaje.
Por eso, además de las señales y obstrucciones, advierte las cosas que le deslumbran, soliviantan o preocupan. Se trata de un individuo que ya no tiene que echarle leña al fuego, que sólo se cuida de mirar hacia atrás al final de cada curva y de tirar del silbato cuando el maquinista no puede hacerlo bajo ninguna circunstancia.